
Según sus defensores más conspicuos, esta flamante literatura presentaría como rasgo distintivo una marcada tendencia al realismo social; entendido éste, por supuesto, como descripción objetiva y "desinteresada" de una sociedad. En otras palabras: por una parte, el realismo a secas de Balzac es excesivamente comprometido y patético; por otra, el realismo mágico de García Márquez —además de estar desgastado por el uso— resulta muy "utópico" para el gusto posmodernista que impera en la actualidad.
Teniendo en cuenta estos hechos, y como etapa previa a cualquier intento de conceptuar el "post-boom", conviene que nos detengamos a analizar con alguna atención ese fenómeno tan publicitado, que editores europeos difundieron con el nombre de "boom" de la literatura latinoamericana.
La versión oficial
Para sus panegiristas, el "boom" representa la época dorada de las letras latinoamericanas; edad feliz en la que "por raro designio de la fortuna", se conjugaron disímiles factores artísticos, sociales, políticos y económicos para ofrecer al mundo una literatura de excelsa calidad, como jamás antes se había conocido. La misma estaba conformada por elementos barrocos, americanistas y de denuncia social que la determinaban estética e ideológicamente como revolucionaria. Y aun cuando en varios aspectos relativos a esta cuestión las opiniones difieren bastante entre sí, la mayoría de sus defensores coincide en afirmar que el "boom" floreció en la segunda mitad de los '60 y que sus figuras iniciales fueron Mario Vargas Llosa ("La ciudad y los perros", 1962), Carlos Fuentes ("La muerte de Artemio Cruz", 1962), Julio Cortázar ("Rayuela", 1963) y Gabriel García Márquez ("Cien años de soledad", 1967). Por último, y siempre según el parecer de sus apologistas, el "boom" se expandió rápidamente, formó nuevos discípulos y, ya en plena década del '70, originó el "post-boom". Antonio Skármeta, Isabel Allende y Severo Sarduy son algunos de los exponentes internacionales más caracterizados del mismo.
En Argentina, los máximos representantes del "boom" serían Jorge Luis Borges, Ernesto Sábato, Manuel Mujica Láinez, Manuel Puig y el ya mencionado Julio Cortázar. Incentivados por la presencia de estos popes de las letras nacionales, comienza a surgir por aquel tiempo una novísima generación de escritores que en los años siguientes producirán obras de un elevado valor estético. Ellos son algunos de los integrantes argentinos de lo que se ha dado en llamar "post-boom". Entre otros, se destacan de modo especial Héctor Lastra, Liliana Heker, Eduardo Belgrano Rawson, Juan Carlos Martini, Jorge Asís y Mempo Giardinelli. Todos ellos son autores de primer nivel, cuyos trabajos exceden con creces la escueta definición de "post-boom" pergeñada por sus teóricos más entusiastas. Tan estrecho es este criterio clasificatorio que Ricardo Piglia, por ejemplo, llega a ser un disidente intelectual. ¡No encaja en ningún lugar de este universo escolástico!
Un negocio muy lucrativo
Sin embargo, en cuanto hecho estrictamente literario, el mentado "boom" es una patraña. Sólo basta echar una ligera mirada a nuestra historia literaria para convencerse de que Argentina ha dado al mundo, en lo que va del siglo, numerosos escritores y poetas de la misma talla que la de los promocionados por el "boom". Figuras de la magnitud de Macedonio Fernández, Leopoldo Lugones, Ricardo Güiraldes, Enrique Banchs, Oliverio Girondo, Alfonsina Storni, Ricardo Molinari, Leopoldo Marechal, Roberto Arlt, Raúl González Tuñón, Adolfo Bioy Casares o Alberto Girri son pruebas más que suficientes para refutar los argumentos de quienes proponen como cumbre insuperable de las letras latinoamericanas a los autores que alcanzaron renombre literario en los años '60. Y si a las personalidades mencionadas se suman los apellidos ilustres de las otras literaturas nacionales de nuestro subcontinente, querer hablar con sinceridad del "boom" es una ingenuidad incalificable.
El "boom" fue una ingeniosa propuesta editorial que debido a circunstancias históricas propicias, logró imponer en el mundo de la cultura occidental un nuevo gusto literario. La rica literatura que desde fines del siglo XIX venía elaborando Latinoamérica, fue "descubierta" por hábiles editores que vieron en ella la posibilidad de un gran éxito comercial. Aunque —cabe repetirlo— de nada habrían servido los esfuerzos publicitarios si no hubiese existido un contexto histórico que la acogiera favorablemente. En ese entonces Europa necesitaba de una literatura como la que nosotros podíamos ofrecerle, pues en América Latina había tenido lugar el triunfo de una revolución socialista, la cultura europea se hallaba en crisis y los intelectuales de los países centrales se sentían fascinados por los productos exóticos provenientes de las distantes "colonias" americanas. Todo, en síntesis, contribuía a despertar en los europeos un vivo interés por la literatura de los pueblos latinoamericanos. Todo, incluso las obras literarias.
Consecuencias del "boom"
Esta exitosa invención de la industria del libro causó en Argentina, lo mismo que en el resto de Latinoamérica, efectos diversos. Al establecer una nueva escala de valores literarios y cimentar el prestigio de un selecto grupo de autores, el "boom" postergó la consagración definitiva de figuras tan relevantes como Roberto Arlt, Adolfo Bioy Casares, David Viñas, Pedro Orgambide, Antonio di Benedetto, Daniel Moyano, Héctor Tizón, Haroldo Conti, Rodolfo Walsh, Abelardo Castillo y Juan José Saer. Por más que a nuestros intelectuales posmodernistas esto les parezca un despropósito, ellos son algunas de las víctimas del "boom".
No obstante, aun ante los ojos del observador precavido el "boom" muestra una faceta positiva. Nuestra literatura, hasta ese momento poco conocida en el Viejo Mundo, fue justipreciada por los lectores de las naciones más importantes. Gracias a su acción propagandística, la producción literaria de algunos de nuestros mejores escritores desmintió, en los círculos mismos donde se ejercía el poder cultural de Occidente, la penosa fama de subcontinente intelectualmente atrasado que desde siempre le habían atribuido a América Latina. En este sentido, mutatis mutandis, el "boom" resultó ser una suerte de movimiento modernista del siglo XX. Con todo, no hay motivos para pensar que semejante acontecimiento haya tenido consecuencias duraderas. El esnobismo exacerbado es un mal de los imperios declinantes. Ahítos de objetos culturales, los europeos adoptan modas con la misma rapidez con que las abandonan, en una permanente búsqueda de alguna novedad que consiga sustraerlos de su embotamiento intelectual. En verdad, los latinoamericanos no les inspiramos respeto, sino curiosidad o indiferencia.
Un epígono decadente
Después de cuanto se dijo acerca del "boom", corresponde preguntarse si la aparición de algunos adalides de un presunto "post-boom" obedece o no al propósito de reiterar el pingüe negocio de los años '60. Considerando los múltiples factores que confluyen en la génesis de este suceso, creemos que la respuesta a tal pregunta es afirmativa. Todo nos señala que el "post-boom" es un descendiente directo de aquel proyecto editorial que se llamó "boom". Pero, al menos en sus postulados literarios, este hijo no posee la vitalidad ni la brillantez del padre; por el contrario, éste es un vástago raquítico, que sólo aspira a "reflejar la existencia del hombre común". El enjuto realismo social que desde comienzos de la pasada década está haciendo las delicias de algunos intelectuales burgueses del Norte hiperdesarrollado, ha llegado hasta nosotros de las manos de las poderosas multinacionales del libro. (Por ahí anda el norteamericano Tom Wolfe, uno de los precursores de la nonfiction, abogando por el retorno a una tradición realista, cuyos modelos serían el folletín decimonónico y el reportaje periodístico más que el robusto legado de Balzac y Zolá.) Mas ahora la época es esencialmente otra y los rostros de la crisis contemporánea son numerosos. El "post-boom" denota una realidad que trasciende los meros intereses mercantiles.
Este fenómeno económico-literario significa algo mucho más profundo y preocupante. Dejando de lado el intento más o menos solapado de hacer un buen negocio, el "post-boom" es la manifestación en las letras latinoamericanas del gigantesco marasmo que padece la civilización occidental. Esta parálisis ha sido racionalizada y convertida en filosofía de moda por el francés Jean Baudrillard, quien —como un mistagogo del quietismo— proclama la muerte de las utopías. A raíz del triunfo irreversible del sistema capitalista, la Historia se detuvo (si se soslaya el mentís dado por el conflicto del Golfo Pérsico, los movimientos ecologistas, la guerrilla centroamericana o la tumultuosa Europa del este). El cambio, por lo tanto, es imposible. La resignación es la actitud que más conviene a este peculiar estado de cosas. Con su desiderátum de realismo social, descriptivo y aséptico, el "post-boom" expresa acabadamente la nueva filosofía de la decadencia de Occidente. La literatura sería, en tal caso, una forma de onanismo mental. Lo que nos indica que los seguidores de esta escuela literaria olvidan una verdad elemental: un libro que no pretenda cambiar el mundo no es un libro, es una trampa.
Frente a esta situación es pertinente reaccionar enunciando un deseo sincero: que la vida se apiade de ellos. Los intelectuales que trabajan, sueñan y sufren al sur del Río Grande no se pueden permitir el lujo de ser pesimistas. Tienen muy pocas cosas para perder.
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