Especial
Alí ChumaceroLecturas, influencias, poética y amistades literarias

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MAC: ¿Cuáles fueron sus lecturas —sus gustos— iniciales?

ACH: Yo me inicié en la poesía por el camino correcto: la lectura de Amado Nervo. Un poeta sencillo, sentimental, profundo. Aún parece que Nervo hubiera escrito para que los jóvenes cultivaran el amor al verso. La amada inmóvil, su libro cumbre, era mi libro mayor, el más leído de mi biblioteca. Fue la vía acertada para tener contacto con la palabra debida y las sílabas contadas.

MAC: ¿Cuál sería su primer contacto con el verso libre y la poesía moderna?

ACH: Quizá la primera poesía de Federico García Lorca. Empecé leyéndolo por el camino fácil, es decir, a través de El romancero gitano. Era el libro apropiado para un joven: gracioso, sencillo, bonito. Después leí su gran poesía. Leí Poeta en Nueva York en la edición que hizo José Bergamín en México. Me sorprendió; me pareció un libro extraordinario pero muy extraño. Contiene la huella de los surrealistas franceses. Siendo un libro soberbio, me gustan más sus odas (“Oda a Salvador Dalí”, “Oda al Santísimo Sacramento”), que están muy bien estructuradas, pero sobre todo su “Llanto por la muerte de Ignacio Sánchez Mejías”, el torero amigo de él y de los poetas del sur de España. No es de ninguna manera un poema taurino; en la elegía Federico canta o llora o reza por él. En los versos se siente un dolor sincero y profundo. Sánchez Mejías era un hombre de libros, incluso escritor, y profesaba un genuino cariño a poetas y escritores.

Más tarde leí simultáneamente a Juan Ramón Jiménez, Enrique González Martínez, Luis Cernuda y a los poetas de la revista Contemporáneos. Con González Martínez, además, pese a la gran diferencia de edades, fui muy amigo. Era un hombre muy encantador que sabía recibir a los jóvenes y tratarlos de tú a tú.

MAC: Pero en su poesía, más que de Lorca, hay las trazas de Luis Cernuda.

ACH: Me gustaba de Cernuda la forma sencilla y sentimental de evocar las cosas, con una melancolía muy agradable, sobre todo las amorosas. La manera de lograr que permanezca no sólo lo que quedó en su memoria, sino su gusto y su contemplación. Era un poeta que sabía amar y dibujar los contornos de aquello que apreció tanto: la figura humana. Tuve la fortuna de hacer con él en el Fondo de Cultura Económica por primera vez la edición de sus obras completas (La realidad y el deseo). Cernuda preparó asimismo para el FCE la edición de las obras completas de Manuel Altolaguirre.

MAC: ¿No lo marcaron de Cernuda los poemas duros a España, colmados de su tragedia personal y la de su país, o poemas de minuciosa intensidad como los dedicados a otros poetas (Góngora, Larrea, Rimbaud, Lorca)?

ACH: No, aprecié ante todo los poemas sencillos de ternura y amor, es decir, los que levantan menos la voz.

MAC: Muy joven hizo usted una antología de los románticos mexicanos. ¿Le gustaron algunos?

ACH: La hice con José Luis Martínez. Éramos muy incipientes pero ambos teníamos algo en común: nos atraía principalmente la poesía de Manuel M. Flores. Nos parecía un poeta vital, lleno de maleza y follajes, pero hoy nadie lo recuerda ni sabe quién es, salvo que fue compañero de Rosario de la Peña, la que no fue de Acuña. Por cierto: estuvo de moda acusar a Manuel Acuña de cursi; no lo es; hoy empieza a vérsele como lo que es: un poeta excepcional.

En general el romanticismo mexicano no me interesa; creo que el error de los románticos, sobre todo de los primeros, fue su enemistad con lo español o su separación con él, cuando ése era el idioma en que escribían. Estoy de acuerdo con la tesis de Antonio Castro Leal de que la poesía mexicana empieza con el modernismo.

MAC: ¿Y a quiénes apreció de los modernistas mexicanos?

ACH: A Gutiérrez Nájera no; me parece un poeta mediocre pero es el que da las bases para que todo cambie. El gran poeta es Ramón López Velarde. A lo que hicieron los modernistas mayores americanos (Darío, Lugones, Herrera y Reissig), López Velarde añadió nuevos elementos que de hecho lo convierten en puente que medió entre el modernismo y la poesía mexicana contemporánea. Admiro de él sobre todo el uso del adjetivo, que un contemporáneo suyo, Julio Torri, lo utiliza magistralmente en sus brevedades en prosa. Es una manera de transformar la palabra para dar aspectos no fácilmente evidentes de lo que se escribe.

MAC: ¿Le interesó la prosa de López Velarde?

ACH: Muchísimo. No se le ha hecho la debida justicia todavía. Xavier Villaurrutia, Paz y José Luis Martínez han escrito sobre ella páginas espléndidas, pero los jóvenes aún no han comprendido la importancia de El minutero, Don de febrero y las páginas de su crítica literaria. Es un poeta y un prosista del que se aprende siempre mucho.

MAC: ¿Y lo influyó a usted?

ACH: Absolutamente no. Mi primer acercamiento a él fue a través de la antología de Xavier Villaurrutia, que publicó Ediciones Cultura en 1940, y que volvió a editar años más tarde la Biblioteca del Estudiante Universitario. Después se investigó mucho y varios hicieron importantes descubrimientos: Elena Molina Ortega, Emmanuel Carballo, Luis Mario Schneider, Elisa García Barragán, José Luis Martínez. En 1971, en el cincuentenario de su fallecimiento, el FCE publicó las Obras, preparadas por José Luis Martínez; tuve la oportunidad de corregirlas con Martínez. En 1988, en la edición del centenario del nacimiento de RLV, Martínez añadió un buen número de nuevos textos.

MAC: Usted leyó y trató mucho a los poetas de la revista Contemporáneos, y su poesía tiene el sello profundo de algunos, sobre todo de Villaurrutia.

ACH: Tengo una deuda especial, como usted dice, con Xavier Villaurrutia, y luego con José Gorostiza. Pero también fue muy importante entonces el descubrimiento de Paul Valéry, quien me influyó de una manera crucial en la manera cómo se estructura un poema: el mecanismo de cómo se va desarrollando y cómo se resuelve. Fue una lección de entrada: el poema no sólo como una emisión de las emociones, sino de una obra bien levantada y hecha, que no se incline ni se caiga. Yo he querido que mis poemas sean iguales a una estatua o a una casa armónica y equilibrada, es decir, he buscado la euritmia, el equilibrio de las partes. Cuando termino el poema, modelo su estructura para que esté bien hecho y redondeado.

MAC: ¿Y de los poetas latinoamericanos?

ACH: Sobre todo Pablo Neruda y César Vallejo. Cuando nadie leía a Vallejo yo leí Trilce (la segunda edición) en 1937; noté que era una poesía distinta, que había allí no sólo una poesía lírica sino casi antipoética: muy cortada y fuerte, penetraba en lo escrito con cierta violencia. Al lado de Neruda, Vallejo resultaba un poeta muy seco, duro, y a veces difícil de entender por el uso de localismos. Puedo decir que de inmediato percibí que me hallaba ante un gran poeta. Poemas humanos lo leí en ciudad de México en 1939 o 1940, prácticamente a la salida de su edición. Después leí la poesía completa en las ediciones de Losada, y muchos años después la que se preparó muy bien en Casa de las Américas.

De Neruda leí primero los Veinte poemas, un libro más o menos fácil, que escribió entre los 19 y 20 años de su edad, y luego (el préstamo fue de Jorge González Durán), las Residencias en la tierra, uno de los libros esenciales de la poesía del siglo XX en nuestra lengua. Su lectura fue una revelación. En él hay tantos poemas mal hechos como en tantos libros suyos, pero, pese a ser un libro de juventud, de juventud final, es notable por las experiencias que el poeta ha vivido: del hombre que ha viajado y conocido el mundo, que ha descendido a los infiernos del alma, que ha entrado a la realidad con furor y pasión. Ya en los años treinta Neruda era considerado el poeta más grande latinoamericano.

MAC: Su generación leyó mucho a Rilke.

ACH: Leí todo Rilke, hasta en italiano. Todo lo que pueda haber de Rilke lo tengo yo. Lo descubrí a los quince años. No recuerdo ni cómo. En los años treinta y cuarenta se le leía mucho. Lo leyeron los Contemporáneos, sobre todo Villaurrutia; lo leyó Luis Cernuda en España. Mucho tiempo dejó de leérsele; yo nunca dejé de leerlo; sólo ahora los jóvenes lo están recobrando. En cierta línea, Rilke me parece el poeta supremo. A poetas como Hölderlin y Novalis los leí, pero no tanto.

MAC: ¿Pero hasta qué punto se recobra la poesía leyéndola en traducción?

ACH: Cuando se sabe leer, uno encuentra escarbando las bellezas que guarda. Aprende uno a buscar el trasfondo. ¿Cuántas veces hemos oído que la traducción es traición? Pero yo creo que el traductor que hace una buena tarea conserva mucho de la lengua fuente. El traductor altera el texto original para dar, creando variaciones, realce al idioma.

MAC: A menudo se le ha visto como un poeta intelectual y aun como un poeta frío. Usted ha admirado y seguido a poetas reflexivos como Paul Valéry, Rainer Maria Rilke y T. S. Eliot.

ACH: Yo he buscado una poesía que diga algo, que no sólo emita la emoción, el gusto por la vida y por la muerte, sino que tenga un sentido. Yo me he formado mucho en las páginas de la Biblia, en particular en las del Antiguo Testamento. O más concretamente, todos los libros del Antiguo y momentos del Nuevo. Ha sido esencial como afición de lectura y como oficio de escritura. He aprovechado —me he fusilado— muchas frases de la Biblia, y las he disfrazado de tal manera, que parecen y aparecen en mis poemas como mías. Esas frases reflejan mucho de lo que pienso de la estancia del hombre en la tierra y del destino del hombre, de la significación del mundo, del paso del tiempo y del más allá. Temas no de lo diario sino de lo imperecedero.

MAC: ¿Pese a ser ateo?

ACH: Pese a serlo. Yo leo la Biblia de manera constante; la leo ahora para temas que me interesan mucho. En la Biblia siempre encuentro algo vigente y actual. Es un libro ineludible para cristianos y occidentales, pero muy pocos la leen. Por ejemplo, un tema que me interesa es el infierno; el Concilio de Trento decidió cómo es, pero en la Biblia no está muy claro. Como nadie ignora, la creación del purgatorio no es de Dios: la hizo la iglesia ya en los siglos cristianos.

MAC: ¿De cuáles de los clásicos españoles de los siglos de oro se sintió próximo?

ACH: Leí mucho a Quevedo de joven. En esa pléyade de poetas notables, la poesía de Quevedo me parece la mejor escrita. Es un poeta frío pero de una extraordinaria precisión verbal. El verso final del célebre soneto: “Polvo será, mas polvo enamorado”, me parece uno de los más gloriosos del idioma. Sin embargo confieso que luego de los años de juventud no he vuelto a leerlo.

Leí también mucho a Góngora (no es mi poeta predilecto) y leí mucho sobre él, incluyendo las espléndidas páginas de Dámaso Alonso y Alfonso Reyes.

MAC: Usted parece haber estado más cerca de la tradición que de las vanguardias.

ACH: Lo equilibré: siempre busqué no irme de boca, ni decir disparates, ni tampoco parecer un retrógrado. Yo era un lector atento de la tradición pero también de las novedades que salían.

MAC: Cuando usted empieza a escribir son también los años de la decadencia de las vanguardias.

ACH: El futurismo, el creacionismo y el dadaísmo, por ejemplo, ya eran un recuerdo. El surrealismo empezaba a interesar menos. En México, el estridentismo a fines de los treinta, era ya algo lejano y borroso. Los jóvenes de ahora, pese a los notables estudios de Luis Mario Schneider y de Evodio Escalante, ven al estridentismo casi como una pieza arqueológica. Han leído apenas, o no han leído, a Manuel Maples Arce, a Germán List Arzubide, a Salvador Gallardo, a Arqueles Vela, a Quintanilla. Menos que en la poesía, los estridentistas están en la historia de la poesía.

MAC: Hablemos de su poesía. Se le ha llamado a usted poeta intelectual.

ACH: Pese a que mi poesía es intelectual, los sentidos están siempre presentes. No nace sólo de la imaginación, sino de la experiencia. No invento, describo lo que ha pasado. O mejor: no describo lo que está pasando, sino lo que pasó. Eso diferencia a la prosa de la poesía: aquélla cuenta lo que sucede, ésta lo que sucedió: en ella se halla la añoranza, el recuerdo, la huella que dejó un paisaje, una calle, una noche, una mirada. En mi poesía hay un gusto por lo sensorial y lo sensual. La mirada es primordial pero también entran el oído y el tacto.

MAC: ¿Qué distinción halla entre la poesía y la prosa?

ACH: Yo soy de los que creen que la poesía tiene poco que ver con la prosa y nada con la literatura. La poesía es un arte que tiene sus propias reglas y sus propias formas de expresión. La poesía se crea, se realiza y muere en sí misma.

MAC: En su poesía, más en su último libro (Palabras en reposo) es clave el encabalgamiento para dar vida y música a los versos. ¿Cómo lo descubrió o por qué lo aplicó?

ACH: Lo empleé porque considero el poema como un orbe musical. El encabalgamiento es fundamental (se ha hecho poco) para el buen sonido del poema. No hay por qué pensar que cada verso, como en el caso de numerosos poemas de los surrealistas, es un contenido en sí mismo y está separado de los demás. No. El encabalgamiento sugiere o dice que un verso no termina al final de la última sílaba, sino continúa y entra en el verso siguiente. Busco que el final del verso sea un conjunto eufónico con el verso siguiente para que sean o parezcan una sola línea. Tengo cuidado de que el encabalgamiento sea lógico, es decir, que no haya trampas y complemente la idea o el sentimiento. Busco que el sonido sea halagador y armónico, que tenga gusto y no sea violento. Creo un lazo musical, un juego de sonidos, donde las palabras van, vienen, van, y no entorpecen lo contado: puede decirse en voz alta sin que se sienta el tropiezo del cambio de un verso al otro. Pero atención: para no hacer monótono el poema, a menudo lo quiebro sorpresivamente: lo corto y sigo por otro lado o invento un nuevo encabalgamiento para crear variedad.

MAC: En algunos poemas usted eliminó los que.

ACH: Hay algunos poetas que abusan de los que. Por ejemplo, en algunos “Nocturnos” de Villaurrutia hallamos un auténtico hervidero. Es poco agradable leer poetas que utilizan un que en cada línea. Una buena prueba que enfrenta el escritor es eludir los que y los gerundios. El abuso de ambos denota pobreza de expresión. Tengo poemas donde no hay un solo que y alguno donde no hay un solo gerundio.

MAC: Pero no debemos olvidar que en dos de los libros centrales de la poesía hispanoamericana del siglo XX (las Residencias y Poemas humanos) hay una sobrecarga intencionada de gerundios y de adverbios terminados en mente.

ACH: Son grandes excepciones. En un poema de Gabriela Mistral al novio muerto hay rimas en mente. Yo no me atrevería a hacer uno, a menos que jugara con decente y clemente.

MAC: El que sirve mucho para el encabalgamiento.

ACH: Claro, pero si se logra eludirlo, muestra del poeta su habilidad técnica y da al poema una mayor riqueza expresiva.

MAC: Dígame tres poemas que aprecie de su propia obra.

ACH: “Responso del peregrino”, “Cuerpo entre sombras” y “Salón de baile”.

MAC: Hablemos de los poetas que trató. ¿Qué opina de Octavio Paz?

ACH: Fue excepcional como poeta y ensayista. Por desgracia, los jóvenes de ahora parecen leerlo a la carrera y no darle la atención que merece. Desde Raíz del hombre era ya un poeta riguroso, vigoroso, fresco; al corregir el libro, lo maltrató. De sus poemas me quedaría con “Piedra de sol”, admirablemente construido. Para variar: yo cuidé la primera edición en el FCE. Paz trajo muchísimo de otras literaturas a México y nos enseñó a leer de otra manera.

Yo coincidía con él en gran número de cosas, menos en su pensamiento político. Pero eso no tiene que ver con la literatura. Su saber era enciclopédico; escribía muy bien sobre una gran variedad de temas.

Fue un hombre admirable, a quien le debo afecto. Me trató con cordialidad y simpatía. Digámoslo en suma: fue amigo mío. Después de los años de juventud nos vimos poco: primero, porque estuvo mucho tiempo fuera del país, y después, porque rodeado de un grupo de gentes que lo enaltecían, hizo una política literaria muy parcial, en la que no se admitía o se hacía a un lado por diversas razones a escritores brillantes.

MAC: ¿Y Efraín Huerta?

ACH: De Efraín, quien es un poeta muy bueno, fui amigo hasta el final. Paz y él son los dos poetas mayores de esa generación. Otro poeta de ese grupo generacional, que por desgracia no llegó a realizarse, fue Neftalí Beltrán. Cuando éramos jóvenes, Paz tenía gran fe en el talento de Neftalí; se quedó a la mitad del camino; tuvo que ganarse con dificultades el pan diario, primero en el cine, luego en la diplomacia; quizá eso limitó sus dotes naturales y su desarrollo como poeta. Murió relativamente joven.

MAC: Usted tuvo una gran amistad con dos autores que, como usted, nacieron en 1918: José Luis Martínez y Jorge González Durán. Tengo entendido que compartían gustos y lecturas.

ACH: Totalmente. Hay incluso versos del primer libro de Jorge (Entre el polvo y la muerte) que se parecen a los míos y al revés. De los tres, yo era el que tenía biblioteca. Desde joven huroneaba en las librerías de viejo. José Luis y Jorge se viciaron (no del todo) en mi biblioteca. José Luis ahora puede sonreír porque nadie puede comparársele: tiene la biblioteca más grande de México.

MAC: González Durán y Martínez empezaron como poetas. ¿Por qué se alejaron de la escritura de la poesía?

ACH: Jorge, que había escrito un primer libro de poemas bellísimo, creyó que había cosas más importantes que hacer, como era construir un mejor país, y pensó que en la diplomacia y en la política podía ayudar. Tuvo muy buenos puestos en la administración pública. Fue un hombre honorable. En cambio José Luis tuvo una tenacidad a toda prueba y ha sido y es un gran escritor. Aunque tuvo muy buenos puestos (embajador en Grecia, director del INBA, director del Fondo de Cultura Económica), nunca quitó la mira de los libros. Es una autoridad inevitable cuando queremos saber algo de poesía, literatura o historia de México.

MAC: En sus inicios, ¿qué tan importantes fueron las revistas en su formación?

ACH: La creación de revistas desde Azul hasta nuestros días es indispensable para que los jóvenes se den a conocer y para difundir las nuevas literaturas. En los años treinta y cuarenta fui un lector asiduo de Taller Poético, de Taller, de Letras de México, de Ruta, de Rueca, de Tierra Nueva y de El Hijo Pródigo. En algunas participé como colaborador y en otras en el comité directivo. Gracias a Tierra Nueva (el título nos lo sugirió Alfonso Reyes), la cual fundamos José Luis Martínez, Jorge González Durán, Leopoldo Zea y yo, amistamos con un gran número de poetas y escritores mexicanos, quienes nos recibieron admirablemente: desde Enrique González Martínez y Alfonso Reyes hasta Octavio Paz y Efraín Huerta. Entramos por la puerta grande. Tuvimos mucha suerte. Claro, influyó mucho que en aquel entonces los poetas y escritores éramos un puñado; ahora los hay por calle. Por eso suelo parafrasear el verso de Gustavo Adolfo Bécquer: “Podrá no haber poesía pero siempre habrá poetas”.

MAC: Usted merodeó desde muy joven las librerías de viejo. ¿Le gusta —prefiere— leer los libros en primeras ediciones o no importa en qué edición?

ACH: Es muy sabroso leer una primera edición. Es un gusto oler un papel ya viejo. He tratado de comprar el mayor número de primeras ediciones, pero debo confesarle que no tengo ninguna extraordinariamente valiosa, una de ésas que pelean los bibliófilos. Además de poeta y crítico, yo soy un hombre de la imprenta. He sido un hombre metido entre los libros y en eso me quedaré hasta el final.