Especial • El discurso de Vargas Llosa
Mario Vargas LlosaMario Vargas Llosa y su discurso de recepción del Premio Nobel de Literatura 2010

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Con la frase “pasión, vicio y maravilla que es escribir”, resume su propia vida el escritor peruano Mario Vargas Llosa (1936), al pronunciar su discurso de aceptación del Premio Nobel de Literatura, en la ciudad de Estocolmo, Suecia, el 7 de diciembre de 2010, el cual lleva por título “Elogio de la lectura y la ficción”. El premio le fue otorgado el viernes 10 de diciembre y por ello al final del texto impreso aparece esta última fecha.

En el discurso cita 15 novelas, personajes y textos de autores en los campos de la literatura, cine, teatro, periodismo y política, tales como Veinte mil leguas de viaje submarino (Julio Verne), Los tres mosqueteros (Alejandro Dumas, padre), Los miserables (Víctor Hugo), La Ilíada y La Odisea (Homero), Jasón y los argonautas (Apolonio de Rodas), Pedro Páramo (Juan Rulfo), Moby-Dick (Herman Melville), “El Sur” —cuento— y El Aleph (Jorge Luis Borges), y Tarzán (Edgar Rice Burroughs); adicionalmente, indica directamente los nombres de 43 autores de quienes más gustó y parcialmente influyeron en su propia producción literaria; para algunos anota el título de la respectiva obra, como por ejemplo: Amado Nervo, Pablo Neruda, Gustave Flaubert (Madame Bovary), William Faulkner, Joanot Martorell, Miguel de Cervantes, Charles Dickens, Honorato de Balzac, León Tolstoi (Ana Karenina), Joseph Conrad, Thomas Mann, Jean-Paul Sartre, André Malraux, Stendhal (Rojo y negro), Albert Camus, George Orwell, Raymond Aron, Jean-François Revel, Isaiah Berlin, Karl Popper, Charles Baudelaire, Joseph-Louis Proust, Eugène Ionesco, Samuel Beckett, Georges Bataille, Emil Cioran, Bertolt Brecht, Ingmar Bergman, Jean Vilar, Jean-Louis Barrault, Octavio Paz, Julio Cortázar, Gabriel García Márquez, Carlos Fuentes, Guillermo Cabrera Infante, Juan Carlos Onetti, Alejo Carpentier, Jorge Edwards, José Donoso, César Vallejo, José María Arguedas, Jorge Luis Borges (El Aleph), Emilio Salgari, y Arthur Miller (La muerte de un viajante).

Expresó que está en deuda con los mismos y muchos otros, pues le enseñaron que “vale la pena vivir, aunque fuera sólo porque sin la vida no podríamos leer ni fantasear historias”, agregando que en varias oportunidades se hizo la pregunta referente a “si en países como el mío, con escasos lectores y tantos pobres, analfabetos e injusticias, donde la cultura era privilegio de tan pocos, escribir no era un lujo solipsista”. Y resulta que entre tales países se encuentra Guatemala, la que no sólo se refleja en dicha afirmación por su situación actual, sino también por su pasado donde dictadores como Jorge Ubico (1878-1946), un verdadero solipsista pues siempre dio la impresión de creer que él era el único que realmente existía, ese a quien en su honor dieron el nombre a un paso a desnivel en junio de 2010, el cual tenía su propia inquisición y censura de libros y autores, y por ende es un claro ejemplo de la invitación a pensar y recordar la historia que plantea Vargas Llosa: “Pregúntense por qué todos los regímenes empeñados en controlar la conducta de los ciudadanos de la cuna a la tumba, la temen tanto que establecen sistemas de censura para reprimirla y vigilan con tanta suspicacia a los escritores independientes”.

En su discurso, Vargas Llosa deja —entre otras— las siguientes sentencias:

  • La literatura crea una fraternidad dentro de la diversidad humana y eclipsa las fronteras que erigen entre hombres y mujeres la ignorancia, las ideologías, las religiones, los idiomas y la estupidez.
  • La literatura es tanto una vocación como una disciplina, un trabajo y una terquedad.
  • Detesto toda forma de nacionalismo, ideología —o, más bien, religión— provinciana, de corto vuelo, excluyente, que recorta el horizonte intelectual y disimula en su seno prejuicios étnicos y racistas, pues convierte en valor supremo, en privilegio moral y ontológico, la circunstancia fortuita del lugar de nacimiento. Junto con la religión, el nacionalismo ha sido la causa de las peores carnicerías de la historia, como las de las dos guerras mundiales y la sangría actual del Medio Oriente.
  • La patria no son las banderas ni los himnos, ni los discursos apodícticos sobre los héroes emblemáticos, sino un puñado de lugares y personas que pueblan nuestros recuerdos y los tiñen de melancolía, la sensación cálida de que, no importa dónde estemos, existe un hogar al que podemos volver.
  • La literatura es una representación falaz de la vida que, sin embargo, nos ayuda a entenderla mejor, a orientarnos por el laberinto en el que nacimos, transcurrimos y morimos.
  • La ficción es más que un entretenimiento, más que un ejercicio intelectual que aguza la sensibilidad y despierta el espíritu crítico. Es una necesidad imprescindible para que la civilización siga existiendo, renovándose y conservando en nosotros lo mejor de lo humano.

Políticamente, Vargas Llosa no oculta que en su juventud fue marxista y creyó “que el socialismo sería el remedio para la explotación y las injusticias sociales”. Decepcionado, cambió su pensamiento y hoy se considera demócrata y liberal, y por ende califica de dictadura el régimen cubano, advirtiendo que el de Venezuela lleva ese camino, valorando a Nicaragua y Bolivia como “seudo democracias populistas y payasas”.

Al igual que ocurrió con los guatemaltecos Miguel Ángel Asturias (1899-1974) y Luis Cardoza y Aragón (1901-1992), que en su juventud soñaron con residir en París y extrañamente —durante la segunda década del siglo XX— ahí descubrieron sus raíces, con Mario Vargas Llosa sucedió igual, como él mismo reconoce al expresar: “Pero, acaso, lo que más le agradezco a Francia sea el descubrimiento de América Latina” y aunque ha estado domiciliado durante varios años o meses en por lo menos nueve ciudades de Europa y América, no se han debilitado sus propias raíces, “las experiencias peruanas no seguirían alimentándome como escritor y no asomarían siempre en mis historias, aun cuando éstas parezcan ocurrir muy lejos del Perú”, que es lo mismo que a veces el lector siente cuando lee las ficciones y estudios académicos publicados por los dos guatemaltecos aquí mencionados, los que no son citados por el nuevo Premio Nobel, a pesar de que Asturias también alcanzó dicho galardón en 1967 y Vargas Llosa examinó críticamente la novela Hombres de maíz (1949) en el ensayo que publicó acerca de la misma en 1981, intitulado “Una nueva lectura de Hombres de maíz” y que apareció incluido en página 649 y siguientes de Miguel Ángel Asturias, Hombres de maíz, edición crítica de Gerald Martin, serie ALLCA XX, 1996.

En el caso de Asturias, sus Leyendas de Guatemala (1930) y El señor Presidente (1946), que principió a escribirlo como un cuento en 1922 y terminaría en novela, son producto de sus propios recuerdos, de cuando su abuela le contaba cuentos y leyendas antes de dormir, de sus vivencias durante la dictadura de los 22 años de Manuel Estrada Cabrera (1857-1924); similar sentido tiene el relato de Vargas Llosa al recordar, durante su discurso, que “al Perú yo lo llevo en las entrañas porque en él nací, crecí, me formé, y viví aquellas experiencias de niñez y juventud que modelaron mi personalidad, fraguaron mi vocación, y porque allí amé, odié, gocé, sufrí y soñé”, ese Perú es el que “mi madre, mis abuelos y mis tíos me enseñaron a conocer a través de sus recuerdos y añoranzas”.

Los cuentos y leyendas que recuerda el autor peruano (¿estaría pensando en su propia novela autobiográfica La tía Julia y el escribidor, 1977?), al explicar que su afición por las letras principió desde que tenía once años de edad, lo llevan a decir ante el auditorio en Estocolmo: “Siempre me ha fascinado imaginar aquella incierta circunstancia en que nuestros antepasados, apenas diferentes todavía del animal, recién nacido el lenguaje que les permitía comunicarse, empezaron, en las cavernas, en torno a las hogueras, en noches hirvientes de amenazas —rayos, truenos, gruñidos de las fieras—, a inventar historias y a contárselas”. Si el lector desea ampliar lo explicado por Vargas Llosa, además de leer el discurso del 7 de diciembre convendría que tuviese a la mano la obra de éste intitulada El viaje a la ficción (2008), el cual constituye un ensayo acerca del escritor uruguayo Juan Carlos Onetti (1909-1994), en cuyos primeros capítulos trata respecto a que fue en las cavernas y en la tradición oral donde tuvieron su origen todas las ficciones, cuentos y leyendas. “En la palabra, todo. Sin la palabra, nada”, diría Miguel Ángel Asturias en el prólogo a la segunda edición en 1970 de Las lanzas coloradas (1931), del venezolano Arturo Uslar Pietri (1906-2001).

El oficio de escribidor lo trae el autor peruano desde niño, porque evadirse de la realidad “se volvió una manera de resistir la adversidad, de protestar, de rebelarme, de escapar a lo intolerable, mi razón de vivir. Desde entonces y hasta ahora”. Algo similar dijo el poeta y novelista guatemalteco Rafael Arévalo Martínez (1884-1975), al comentar que para él escribir era una manía y una pasión que abandonaría hasta el día de su muerte, lo cual demostró con escritos publicados en 1975, o como Asturias, cuyo último libro (El árbol de la cruz) lo redactó en 1973, un año antes de fallecer, siendo impreso póstumamente en 1996.

Y como es difícil resistir la tentación de efectuar comparaciones, cabe mencionar que si Vargas Llosa rememora que “velé mis primeras armas de periodista, oficio que, con la literatura, ha ocupado casi toda mi vida”, agregando más adelante que “habría sido dramaturgo antes que novelista”, igual ocurrió con Miguel Ángel Asturias, el cual desempeñó iguales papeles durante su vida.

Habrá que leer y releer el texto completo del discurso, pues cada cual obtendrá sus propias conclusiones y aprovechará lo que a su juicio más le interese.