Especial • El discurso de Vargas Llosa
Mario Vargas LlosaEl Vargas Llosa

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Al sentarme a escribir no es tan claro que valga la pena hacer una crítica sobre el discurso de Vargas Llosa en la ceremonia del 7 de diciembre. Por una parte se trata de una pieza sin sutileza, humor o un brillo intelectual particular donde el escribir sirve —en una discreta presentación— un fin subalterno en su uso personal de la tribuna para airar su radicalismo secular y converso. Pero. Se trata de nuestro más reciente premio Nobel, lúcido escritor de relatos urbanos, impregnados por el paso de personajes que laboran sus deseos sexuales en medio del conflicto político y social. También se trata de El discurso (Nobel), momento típicamente transcendental en el que el reconocido ser humano intenta ilustrar su verdad ante un mundo. A esas dos razones, que ya resaltan la posible importancia de la crítica, se puede sumar el que Vargas Llosa provoca con sus palabras, demandando una respuesta, asumo que de muchos sectores.

Empieza, por ejemplo, a ser evidente el universalismo radical y secular, racista y a la vez etnocéntrico por el que camina lo que llamamos Occidente. Multitudes de jóvenes alienados pueblan ciudades en las que consumen consenso prefabricado, adaptan su vida de desposeídos a la ficción del pop, y eventualmente entregan sus vidas apasionadamente por cualquier causa. Para ellos, y sus familias televidentes, Vargas Llosa sólo tiene elogios, su sentida convicción de que hay algo que está bien, se trata de “la libertad que hemos ido conquistando”. Naturalmente se trata de una declaración con sus bases en el contraste frente al otro, el fanático, “terroristas suicidas”. Sólo basta retomar sus frases y adaptarlas a la retórica —siempre imperial, siempre a la moda— de la expansión de la democracia y la libertad para caer en la desproporción de la ceguera de Vargas Llosa.

...matando se gana el paraíso, que la sangre de los inocentes lava las afrentas colectivas, corrige las injusticias e impone la verdad sobre las falsas creencias. Innumerables víctimas son inmoladas cada día en diversos lugares del mundo por quienes se sienten poseedores de verdades absolutas.

“La volamos en pedazos”, dice un soldado de Iraq. Se trataba de una mujer que llevaba comida a los soldados. “¿Discúlpeme? ¿Escuché bien? ¿Disparar a todos los taxis?”, responde un soldado a la orden. La confirmación, así como la masacre de once civiles en un publicitado video en el que “ex Ipod users” conversan casualmente, confirman la realidad de nuestro mundo secular. Para nuestra comprensión, puestos en el lado objetivo, tolerante y plural, no es del todo cierto que la acción sea virtual, aunque sí tiene mucho de ficción. En efecto, la gente no se tira al suelo ante la lluvia de balas, salta, no corre enérgicamente, se deja matar. Y aquí radica la distinción principal, mejor explicada por Talal Asad, nuestra ejecución de esos seres grabados es racional, es decir, tiene un sentido secular, es una violencia explicada desde un discurso que aceptamos y aplaudimos (algunos sin religión adoramos el Estado), una radical —radical— denuncia de la radicalidad, universalizante desprecio por “la ignorancia, las ideologías, las religiones, los idiomas y la estupidez”, fronteras todas que se erigen entre hombres y mujeres (más abajo volveré sobre el machismo). Más desconcertante aun, incapaces de entender el efecto devorador de nuestro mecanismo cultural, somos incapaces de sentir asco por nuestro modo —entre modos— de ser, entonces surge mágicamente desde la ficción el discurso que le sirve a nuestro Nobel para mostrar su insatisfacción con la realidad, porque no puede ser que seamos bárbaros, hay que denunciar al otro, cambiar el punto de vista, literariamente, desde lo que somos y más cómodos, despotricar de lo que no queremos ser.

Por eso para Vargas Llosa es posible construir la ficción de que “la paz, el pluralismo, los derechos humanos, se impondrían”. Postrado ante su idea, cuidadosamente construida como secularismo ilustrado por varios enclaustrados y universalistas pensadores, Vargas Llosa pobremente concibe esos procesos como ideas, y luego, las vuelve verdades, más allá emblemas, finalmente armas que se “imponen”. No por otra razón se entiende la siguiente construcción sintáctica que indica emotivamente como a ese “grupúsculo de enloquecidos redentores... Hay que salirles al paso, enfrentarlos y derrotarlos”. Sin espacio para el humor, el maestro no nos permite dudar si se refiere al grupúsculo de jefes de estados cristianos, redentores. Entonces termina declamando el sueño americano (¿para quién?, ¿cual profesor extranjero mira este nervioso joven prometedor?). “Enfrentándonos a los fanáticos homicidas defendemos nuestro derecho a soñar y a hacer nuestros sueños realidad”.

Pero más local, más latinoamericana, la de Vargas Llosa es una narrativa con marcado espacio para la subalternada que imita, hace eco —incluso a pesar de la probable vergüenza del que ha pronunciado y viene de vuelta en su reflexión. No hay temor, ni autocensura, digo yo, incluso recato político, en calificar de “seudodemocracias populistas y payasas” la boliviana, y la nicaragüense; de “dictaduras” la venezolana. Siempre militante, de temperamento fanático, Vargas Llosa representa ese poco sutil proceso en el que camuflamos nuestro carácter irreflexivo (dispuesto a morir por la idea, que es una sola) alternando entre ideologías monolíticas con su respectiva cadena de mando. Marxista radical reportando a la verdad socialista en su juventud, ahora explica su ilustración como neoliberal radical reportando a la verdad del mercado. Sin titubeos elogia a Colombia, desprecia a Venezuela, se burla de Bolivia.

Educado en una clase media altamente racista como la peruana (“¡Qué extraordinario privilegio el de un país que no tiene una identidad porque las tiene todas!” y ser blanco), el niño Vargas Llosa reza y besa la foto de “un señor alto y buen mozo, de uniforme de marino”, en su casa de tres patios ocioso con primas y compañeros de colegio reproduce las historias de “Tarzán y de Salgari”. El joven Vargas Llosa siente miedo de no poder realizarse sin “respirar el aire” de París. En su colegio militar descubre que Perú es “desigual y sacudido por toda clase de tormentas sociales”. El joven periodista vela sus armas. En verdad Vargas Llosa revela ser todo un radical. Tal vez por eso su predilección por extraer lecciones fundacionales de sus lecturas. Sartre le enseña que puede cambiar el mundo, Camus y Orwell que tiene derecho a distribuir su moral, y Malraux que el “heroísmo y la épica cabían en la actualidad”. No sorprende que Dostoievski, con su escepticismo y su existencial autosospecha, esté ausente de la mente de un convencido como Vargas Llosa.

El denso análisis político, siempre lleno de ambigüedad y contradicción, ha de generar cierta repulsión a un ex candidato presidencial. Lo político es confrontación, en él, no hay espacio para la ambigüedad. Por eso en vez de revisar las minucias de la historia o el sistema político, se denuncia o se elogia, mal por Venezuela y Bolivia, bien por Colombia (¿y el paramilitarismo en Colombia?: “una derecha que... respeta[n] la legalidad”). La conversión de Vargas Llosa, por su carácter siempre entusiasta y radical, como por su impacto, quizá merezca ser comparada con la de Christopher Hitchens, sentado en el Departamento de Estado decidiendo asuntos políticos durante la —última— invasión a Iraq contra el “fascismo con cara islámica” de Medio Oriente, antiguo activista trotskista ochentero denunciando la voracidad del anticomunismo en Centro y Suramérica.

Más contundente su conversión en sus silencios, Vargas Llosa confiesa ninguna pena por la destrucción física del socialismo en América Latina, la tragedia en Medio Oriente, la debacle africana o la carnicería en Afganistán (todos obsequios del secularismo americano). Apartes de su discurso hubieran sido apreciados por tanques de pensamiento neoconservadores en los Estados Unidos si aún tuvieran fondos para invadir otro país. “Soy un contra”, decía Reagan en el mismo período en el que lanzó —sí, él mismo- la Jihad contra la Unión Soviética en Afganistán. Contado mejor por Mamdani en su libro, Buen musulmán, mal musulmán, Reagan presentaba en los ochentas a sus amigos de turbante en la Casa Blanca; entre dulces sonrisas eran sus luchadores de la libertad (freedom fighters), representantes para Afganistán de lo que Washington y Jefferson habían sido para los Estados Unidos. Para el siempre joven Vargas Llosa, sin embargo, los fanáticos, enemigos, son “antiguos”. A la vieja usanza del Orientalismo denunciado por Said, el puesto de Vargas Llosa está anclado de la mano de la civilización que le rescató de la tribu, y le permitió observar la totalidad de la humanidad incivilizada, ese grupo con una historia estática, antigua como sus tierras. La suya es, por lo tanto, una narrativa de vida dinámica, que le salva de la caverna y naturalmente lo pone en su cosmopolitismo liberal en la cúspide de rascacielos. Libre de todo prejuicio, de izquierda, de derecha, clama —declama— por la derrota de los terroristas, de la dictadura y la payasería [de nuevo, sin asomo de humor o ironía].

El mundo, como la mujer, trata bien a Vargas Llosa, por eso, y en realidad no por mucho más que emerja real y con volumen humano en el discurso, “la civilización es ahora menos cruel que cuando los contadores de cuentos comenzaron a humanizar la vida con sus fábulas”. Si nuestro peruano Vargas Llosa ha podido vivir en paz en “París, en Londres, en Barcelona, en Madrid, en Berlín, en Washington, Nueva York, Brasil o la República Dominicana” —la lista es suya—, es evidente que el mundo es cada vez mejor que antes. Nunca extranjero, siempre bien tratado, el suyo es un mundo como imagen y representación donde su idea, como en su literatura, debe ser defendida. Entonces lo externo, como el Perú, que es Patricia, “pone orden en el caos”, “defiende su tiempo”, su amante de “días, semanas y meses, sin cesar”, cumple tan bien como secretaria que como madre. Vargas Llosa goza así de una gran megalomanía en la que es él quien descubre América Latina, que por supuesto es más que su vulgaridad.

Y en esto cierra Vargas Llosa (que no es lo mismo que el final del discurso) con su reflexión —revelación de su verdadera apreciación— sobre América Latina, que, como tantos avergonzados de su origen siempre requiere aclaración, y es que, en efecto, América Latina “gracias a” los escritores del Boom, deja de ser para los europeos “el continente de los golpes de Estado, los caudillos de opereta, los guerrilleros barbudos y las maracas del mambo y el chachachá”. Lejos de ser el Che motivo de orgullo, torna en esta narrativa de converso ex marxista, en un fetiche más, barbudo junto a los caudillos de opereta; en el mundo de Vargas Llosa, Guevara es alguien que ocultar, mejor aun, que olvidar. El mambo, Tito Puente (al que Miles Davis apreciaba maravillado en sus ensayos, y asumo que cosmopolitas como Vargas Llosa aprecian a Davis) y su cha cha cha (que se escribe separado) no son “formas artísticas”, no “trascienden lo pintoresco”, en suma no hablan “un lenguaje universal”, y ya sabemos de qué calibre es el universalismo que profesa Vargas Llosa.

En él hay un escritor que se siente “individuo soberano”, desgajado de la tribu, de los indígenas cuya emancipación “es una responsabilidad exclusivamente nuestra [descendientes de españoles]”. Vargas Llosa defiende la dependencia y la barbarie, moral y política, siempre paradójicamente con la mirada al frente, en actitud de lucha.