Especial: Adiós a Óscar Sambrano Urdaneta
Óscar Sambrano UrdanetaÓscar Sambrano Urdaneta

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El martes 14 de junio despuntó con una mala noticia para los que amamos la palabra sustancial. En el Centro Médico La Trinidad falleció, a causa de complicaciones cardíacas, el escritor Óscar Sambrano Urdaneta.

Nacido en Boconó, estado Trujillo, en 1929, fue uno de los puntales más sólidos de la intelectualidad venezolana. Egresado del Instituto Pedagógico de Caracas, hoy Universidad Pedagógica Libertador, donde se graduó como profesor de literatura y latín; fue, además de ministro de Cultura en los dos períodos presidenciales de Rafael Caldera, presidente hasta el año 2008 del desaparecido Consejo Nacional de la Cultura (Conac), poeta, escritor, ensayista, docente del Instituto Pedagógico y de la Universidad Central de Venezuela y uno de los miembros más activos de la Academia Venezolana de la Lengua, en cuya junta directiva se desempeñó como presidente durante dos períodos consecutivos (2004-2006) e impulsó, con Alexis Márquez Rodríguez y Blas Bruni Celli, de una de las renovaciones más profundas y fructíferas realizadas en esa institución.

Comentario aparte merece su labor como crítico literario de la cual dan fe sus estudios sobre Andrés Bello, Julio Garmendia y Fernando Paz Castillo, entre otros importantes personajes de la literatura nacional. La resolución Nº 99 del Ministerio de Educación, del 25 de junio de 1982, lo encargó de la realización y presentación de estudios de factibilidad para la creación de la Universidad Pedagógica. Entre 1948 y 1985 hizo parte de la comisión designada por el Estado para el estudio, clasificación y ordenación de las Obras completas de don Andrés Bello.

Bellista consumado, ratificó su devoción por el insigne lingüista y escritor, con la autoría de libros como El epistolario de Bello, Andrés Bello universal y Verdades y mentiras de Andrés Bello. Es, con Domingo Miliani, coautor del enjundioso estudio titulado Literatura hispanoamericana. Con Del ser y el quehacer de Julio Garmendia, ganó el Premio Nacional de Literatura en 1982. La Academia Venezolana de la Lengua publicará a finales de este año Obra completa de Julio Garmendia, máximo tributo de Sambrano Urdaneta a la trayectoria literaria del escritor larense de cuyos textos fue albacea por decisión de su viuda.

Fue profesor de varias generaciones de docentes egresados del Instituto Pedagógico de Caracas y de la Universidad Central de Venezuela, miembro del Consejo Directivo de Monte Ávila Editores, de la extinta Biblioteca Ayacucho y director de la Academia Venezolana de la Lengua correspondiente a la Real Academia Española. A más del doctorado honoris causa en letras extranjeras otorgado por la Universidad de Nápoles, obtuvo innumerables reconocimientos y grados académicos.

La investigación y divulgación de la literatura venezolana, en todas sus manifestaciones, pierde uno de sus voceros más ilustres con el fallecimiento de Óscar Sambrano Urdaneta. Escritor e investigador polifacético, escribir y estudiar fueron para él necesidades acuciantes. Desprovisto de rémoras mentales, dedicó su vida a exaltar la obra de sus coterráneos, contribuyendo a la consolidación de los mejores episodios de la historia moderna de su país.

Fiel a su vocación, trabajó con desvelo hasta el año 2001 cuando, en una de las ya tradicionales cadenas presidenciales transmitidas por televisión, fue destituido por Hugo Chávez a nombre de la llamada revolución cultural. Pero siguió trabajando en silencio, domando verbos y adjetivos, desentrañando marañas, sembrando conclusiones, consagrando lo que era digno de permanecer.

A su talento y tesón unió la aristocracia del pensamiento, la mesura del ademán, lo decantado de la palabra. Su vida, transcurrida entre libros, papeles y palabras finas, es orgullo de Venezuela y ejemplo de evolución integral.

La mejor definición de su personalidad la hace Argenis Martínez en la página cultural de El Nacional correspondiente al miércoles 15 de junio: “En lo personal debo decir que lo quise expresamente no sólo por su disposición a escuchar y conversar, por su mano abierta y su mirada sincera, por la extrema calidad de su amistad, por la transparencia de su alma. Lo quise por su dulce sencillez tan venezolana que negaba siempre la vulgaridad de los enfrentamientos. Y en eso tenía y tendrá toda la razón”.