Especial
Álvaro Mutis

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Álvaro Mutis

Con la muerte de Álvaro Mutis, ocurrida el pasado 22 de septiembre, se apaga una de las voces más singulares y de mayor resonancia dentro de la poesía hispanoamericana. Autor de una obra sólida y compacta, de gran rigor y belleza.

Ya en 1959, Octavio Paz ponderaba los poemas reunidos en el libro Los elementos del desastre (1953) de la siguiente manera: “Por encima de las influencias y de los ecos, o mejor dicho, por debajo, abriéndose paso entre las aguas suntuosas y espesas de esa retórica que viene del mejor Neruda, no era difícil reconocer la voz de un verdadero poeta. Y agrego: poeta de la estirpe más rara en español: rico sin ostentación y sin despilfarro. Necesidad de decirlo todo y conciencia de que nada se dice. Amor por la palabra, desesperación ante la palabra, odio a la palabra: extremos del poeta. Gusto por el lujo y gusto por lo esencial, pasiones contradictorias pero que no se excluyen y a las que todos los poetas deben sus mejores poemas”.

Paulatinamente, sin alarde, apenas transitada la mirada de por unos cuantos lectores, la poesía de Mutis, desde la publicación de La balanza (1948), fue expandiéndose título a título, ganando en profundidad hasta conformar un sólido bloque discursivo cuya coherencia y unidad termina por deslumbrarnos. En Summa de Maqroll el Gaviero (cuya primera edición de 1973 reunía sus tres primeros libros) Mutis fue reuniendo en sucesivas ediciones los poemarios que fueron alimentando la sustancia de este personaje que desde el principio asaltó la voz del poeta para ganar corporeidad en nuestra imaginación.

No menos importante son sus relatos La mansión de Araucaíma (1973), La muerte del estratega y El último rostro (ambos de 1978), de donde tomó García Márquez, su gran amigo, la idea para escribir El General en su laberinto (1989); y su gran ciclo compuesto por siete novelas que incluye textos inolvidables como La nieve del Almirante (1986), Ilona llega con la lluvia (1987) o La última escala del Tramp Steamer (1988), reunidas finalmente bajo el sugestivo título de Empresas y tribulaciones de Maqroll el Gaviero.

Pero no se trata de que Mutis haya cambiado una forma de expresión más dificultosa, menos popular como la poesía por otra de mayor aceptación entre el público y que evidentemente hizo que su nombre fuera mucho más conocido entre los lectores como la narrativa. Su obra en prosa es prolongación de su obra poética: ambas confluyen sin contradicción en ese espacio de diálogo entre el autor y sus lectores.

El mismo Mutis ha afirmado: “En muchas ocasiones se me ha preguntado por qué dejé, a la altura de mis sesenta años, la poesía para dedicarme a la prosa. No ha sido así... Sigo trabajando mis poemas y jamás he sentido que, al escribir las siete novelas que he publicado en los últimos diez años, haya dejado de lado por un solo instante las obsesiones, los paisajes, las certezas y las perplejidades que constituyen la materia de mis poemas y la más fiel sustancia de mi acendrada existencia”.

Toda la escritura de Mutis recorre la geografía de una palabra que nos susurra acerca de la transitoriedad del tiempo, del deterioro de cuanto nos rodea: “lo que más me impresionaba era ese destino de ruina y olvido que toca todas las cosas de la tierra”; construida con la sobriedad de un lenguaje que siempre nos mantendrá en permanente vigilancia, en total deslumbramiento ante “El poema: una fértil miseria”, como definió lúcidamente Guillermo Sucre la obra de don Álvaro Mutis: “...toda la conciencia crítica de Mutis, y su obra por supuesto, se desarrolla en torno a esta antítesis: la fértil miseria. La miseria, por supuesto, no es mera indigencia; es la indigencia acompañada del deseo, del deseo que sólo se reconoce como deseo; es también un comportamiento y una sabiduría: crea la resistencia en medio de la precariedad, percibe el esplendor sin buscar su gratificación: ‘Cala tu miseria, / sondéala, conoce sus más escondidas cavernas’; ‘Cultiva tu miseria, / hazla perdurable, / aliméntate de su savia’; ‘No mezcles tu miseria en los asuntos de cada día. / Aprende a guardarla para las horas de tu solaz / y teje con ella la verdadera, / la sola materia perdurable / de tu episodio sobre la tierra’ ”.

 

Cada poema

Álvaro Mutis

Cada poema un pájaro que huye
del sitio señalado por la plaga.

Cada poema un traje de muerte
por las calles y plazas inundadas
en la cera letal de los vencidos.

Cada poema un paso hacia la muerte,
una moneda falsa de rescate,
un tiro al blanco en medio de la noche
horadando los puentes sobre el río,
cuyas dormidas aguas viajan
de la vieja ciudad hacia los campos
donde el día prepara sus hogueras.

Cada poema un tacto yerto
del que yace en la losa de las clínicas,
un ávido anzuelo que recorre
el limo blanco de las sepulturas.

Cada poema un lento naufragio del deseo,
un crujir de mástiles y jarcias
que sostienen el peso de la vida.

Cada poema un estruendo de lienzos que derrumban
sobre el rugir helado de las aguas
el albo aparejo del velamen.

Cada poema invadiendo y desgarrando
la amarga telaraña del hastío.

Cada poema nace de un ciego centinela
que grita al hondo hueco de la noche
el santo y seña de su desventura.
Agua de sueño, fuente de ceniza,
piedra porosa de los mataderos,
madera en sombra de las siempre vivas,
metal que dobla por los condenados,
aceite funeral de doble filo,
cotidiano sudario de poeta,
cada poema esparce por el mundo
el agrio cereal de la agonía.

(de Los trabajos perdidos, 1965).