
|
|
Edición Nº 53 17 de agosto de 1998 |
Oleo en mí sin tonos de sol
Aquí el tiempo nos desmorona
tan silenciosamente
con su legión de segundos
como hormigas invisibles
arrastrando nuestra piel
hacia la línea sin término.
Aquí las palabras espantan
fantasmas vencidos
temblando humedades
sobre el muro derruido
de oscuros mapas
donde alguna vez brilló la música
de infancia
y enredaderas con sol
y ramillete de muchachas frescas.
Aquí el anciano despetala
su ruinosa flor humillada
balbuceando palabras sin dientes
deshilachadas banderas
de sus viejas glorias.
Este lugar no es un lagar
un muladar sí
donde se muele el vidrio cotidiano
de nuestro suicidio
y florecen los venenos
cenagosos de la piedad.
Como la sacrílega patada
al cadáver de un caballo
así es el sonido
de ese lugar infame que les digo.
Memorias del ciego
Y era una multitud sin rostro
habitando espejos negros
que me repiten desde siempre.
Supe colores imposibles
por el olor que timbraba
cristales en mi nariz.
Adiviné honduras y formas
de la mujer amada
mis manos digitando geografías
interiores laberintos
¡Ah cuántas veces mi bastón
tocó los techos del cielo!
¡Cuántas veces adiviné
el color de su risa!
Supe que la sangre tenía el color
de la vida
y que los muertos eran fríos
como casas deshabitadas.
Lo que afuera
llamaban amor
invadió mis adentros
de inmortales paisajes.
Y ellos iban
como una caravana de sonámbulos
tanteando la soledad
por mis senderos.
Los condenados
Iban en largas caravanas
en penoso y ciego avance
Cada uno hablaba
un idioma extraño
Gritaban gesticulaban
con la esperanza de comunicarse
Sonrisa de maniquíes
tras la frialdad de vidrios herméticos
Unos gemían aterrados
otros se rendían al mañana esplendoroso
los más lúcidos hallaron
el camino de la trampa.
Por despeñaderos
de la noche honda
iban llevando a cuestas
su cadáver aún palpitante.
Mientras esperas
Irás al estanque a jugar
con peces de colores
en la por siempre navidad
de aquella infancia
O llorarás otra vez
esa cometa amarilla
enredada en hilos de la luz
o gemirás eternamente
ante el derrumbe glorioso
del primer acto de amor.
Mientras esperas...
¡Cuánto se despeña en ti
mientras esperas!
Las facturas cotidianas
los servicios, el arriendo
el colegio de los chicos
la amenaza de divorcio
el odontólogo
el cadáver de un pájaro
en el dintel de tu ventana
Tu primera comunión...
Volverás a maquillar ese muerto
grandioso de tu espejo
mientras esperas
el cambio del semáforo.
El amor
El amor ese alegre duende
que ayer vivía
danzando
en nuestro jardín
Hoy es mendigo
arrastrándose
entre las flores secas
de sus recuerdos.
El otro páramo
Y pasó el tiempo
en sus huestes
de inexorable desgaste
Y sentimos los días
de nuestro amor huyendo
acorralado
por sus sábanas frías.
Y el derrumbe cotidiano
ahogó nuestra risa
y enfermas palabras
reemplazaron al fogoso beso
y un agua imposible
se hundió en la mirada.
Entonces
bajo la mortecina tarde
dejamos a ese anciano
meciendo recuerdos en el patio
mientras dos ángeles huérfanos
caían
a otro páramo de la soledad.
El habitante
En su casa no
nadie vivía Solo El
cuidaba del jardín
su muerto
su mendigo
y un manojo de llaves
¿de qué puertas?
Una mendiga le rondaba
por largos corredores de su noche
Le oía gemir a tientas
en lo oscuro
en su casa no
nadie vivía Solo El
su muerto y su mendigo
Adentro sus manos afanadas
buscando una llave
entre infinitas llaves.
Había que estar tras la muralla
de vidrio y contemplar
los rostros
afuera imposibles.
El río
Entre las aguas del río
detenido en el espejo
Una anciana juguetea
con una niña
de mirada azul.
Vejeces
Viéndola pasar
retrocedió tras de su andar
cansado
Fue muchos años atrás
cuando su paso despertaba
una procesión de fragancias
y deseos
Un pecado mortal
no satisfecho.
La anciana se aleja
avergonzada
de su piel marchita.
El viejo queda pensando
en los años transcurridos
ansiando ese cuerpo
que jamás fue suyo.
Entonces
por un instante vislumbró
su eternidad fugaz.
El desamado
Dile que estoy esperando
desde los inicios del alba,
que dispuse mi cuerpo
a su presentida caricia
la avidez de mi oído
a su desconocida palabra,
que mi beso se muere
entre luto de uvas
prisionero del tiempo
y mi voz le ha sufrido
y también mis lenguajes.
Dile que me arrojaron del reino
condenado a buscarle,
que los caminos se bifurcan
y cuando creo hallarlo;
una flor arrancada a mi paso
me da el sutil veneno de la esperanza
y otras fuerzas animan
mis pies enamorados.
Dile que he soñado su País irreal
con besos de hambre,
que noche a noche me quedo
mendigo en el umbral de sus jardines;
que el sol de la mañana avergüenza
mis borrachos huesos
y otra vez vencido regreso al monólogo
mi única patria.
Siempre el desamado
Oyeme fluir diminuto
por entre los pliegues hondos
de tu largo silencio.
Y en la leche negra de mi noche secular
he amamantado odios y rencores
y buscado la manera de tenderte una celada
una trampa donde pueda a dentelladas
sangrar hasta tu sombra
de ángel inútil
y desgarrar con uñas de hambre
tu entraña
hasta encontrarte.
Oyeme cuando pájaro de invierno
aleteo mis cantos
frente al balcón de tu casa.
Oye crecer el río subterráneo
en los sótanos de mi desesperanza
arrastrando los muertos pecesillos
de mis lenguajes cotidianos;
oye el rumor de mi carne
como la mansedumbre
de una fiera herida;
mi pensamiento escapando
a los laberintos del miedo.
Oyeme sonámbulo en la desnuda noche
de violín embrujado
bordeando el abismo de tu sueño