Esteban EcheverríaEcheverría y el infierno de la reputación

Comparte este contenido con tus amigos

...Yo huyo de la reputación y ella me sigue siempre y por todas partes. Cuando tenía 15 años, unos amoríos de la sangre, un divorcio y puñaladas en falso, escandalizaron medio pueblo, el cual en desquite, sin duda, clavaba sobre mi atomística persona sus escrutadoras miradas. Cuando contaba 18 años, conocíanme muchos por carpetero, jugador de billar y libertino. En Francia era yo para los que me conocían joven de seso y esperanzas; y ahora que tengo sólo caprichos de amor en el corazón, las mujeres ¡Dios mío!, lo más vano y quebradizo, me persiguen. Unas para espantarse, otras para reírse de mi alta y cadavérica figura; todas para quererme un día, darme un beso, un abrazo... empalagarme y después aborrecerme...

¿Qué es la reputación? Eche una mirada sobre lo que es nuestra sociedad. El que quiera consigue a esa impúdica ramera que ofrece sonriendo sus ijares a la torpe lascivia y a los más inmundos y bestiales apetitos. Reputado es el que la casualidad puso en el albo; reputado el pedante; reputado el sabio; reputado el loco, el imbécil, el ladrón, el asesino; reputados en suma todos los que ambicionan el vaho impuro de la estúpida opinión. Entretanto el tiempo da un paso y aventa como polvo todas esas reputaciones efímeras. Reniego de la reputación. Gloria querría sí, si me fuera dado conseguirla, o al menos si a la eficacia de mis deseos correspondieran mis fuerzas, pero... loco, esto sin duda, pues no busco lo que los otros.

Días pasados me encontré en un gran salón donde había más de veinte muchachas de la flor porteña. Apenas puse el pie en el recinto, una dijo: es Echeverría, otra no; otra es él y todas moviéndose y bullendo de curiosidad me observaban con tan ahincados ojos que a poco rato salí de allí huyendo y renegando de la reputación.

(Carta de Esteban Echeverría a Juan María Gutiérrez, julio 5 de 1836. En: Esteban Echeverría. Páginas autobiográficas. Selección, prólogo y notas de Natalio Kisnerman. Buenos Aires, Eudeba, 1962. 71).

 

José Ingenieros, syringo

La fisga y el culto de lo absurdo, que le tuvieron por pontífice avezado, culminaron con la Syringa. Todo Buenos Aires conocía su nombre y comentaba, entre curioso y escandalizado, sus sesiones esotéricas que, a fuer de secretas, alcanzaron la divulgación de una crónica parlamentaria.

La Syringa, “venerable institución de estética y de crítica”, no tenía origen preciso en el tiempo. Narraba Ingenieros que, en un amanecer, después de larga plática satanística con Rubén Darío, dióse cuenta que aparecía el lucero y escuchó los tres maullidos del gato negro. Darío, abstraído en el unicordio, comprobó que aquél interpretaba los signos macabros y le anunció quedamente que era syringo. El poeta, también, desde que le comprendía, poseía el quinto grado. Así descubierta la preexistencia, subsistencia y existencia de la Syringa, supieron que ser syringo implicaba, en una primera etapa, ser dionisíaco y, en una segunda, apolíneo.

En realidad, cumplía allí el insigne nicaragüense una misión pasiva. Ingenieros era quien dirigía y hacía, llevando tras sí su grupo juvenil de amigos. Toda la Syringa era él. Se reunía cuando él la convocaba y su estrafalaria organización sólo él podía imaginarla. Se nacía syringo, aseveraba; a lo que la sociedad se reducía era a comprobar la cualidad pero, hasta que esto no aconteciera, el sujeto quedaba en condición de “incírice” y no podía conocer los detalles del culto, cuya indiscreta divulgación paralizaría la mano y la voz del culpable.

A muchos genialoides y a burgueses con la preocupación de mecenas se les concedió la iniciación. Había una prueba del agua, otra del fuego, otra del aire, otra de la tierra. De pronto, se les ubicaba en una pieza y desfilaba ante ellos una interminable procesión de syringos cubiertos con sábanas, que salían por una puerta y entraban por la otra, entonando cánticos con voz hueca. Se les vendaba los ojos, se les quitaba la ropa y, después de varias vueltas, se les ponía en la calle. Darío era espectador sonriente y mudo de estas travesuras.

(Bagú, Sergio. Vida de José Ingenieros. Buenos Aires, Eudeba, 1963. 23/24).

 

De la infancia de Lucio V. Mansilla

Después de almorzar, a la escuela; después de comer, a casa de abuelita, pasando por la de mi tío Juan Manuel,1 a la ida. Me estoy refiriendo a la vieja casa con gran patio, flanqueado diré de habitaciones por los cuatro costados, habitaciones que tenían algunas de ellas, ventanas interiores de reja, y no a la casa más conocida por haber estado allí el Correo muchos años. Casi nunca lo veíamos, aunque encontrábamos a sus piezas más reservadas. Siempre había confites de Córdoba, que mi tía Encarnación2 o Manuelita3 nos daba. Eran colorados. ¡Hasta en esto! ¡Qué furor!4

Abuelita completaba la dádiva —cordobesa federal—, con tabletas tiernas de la misma procedencia, que no tenían color de partido, sino muy rico gusto. Con sus dientes bailando ella no entendía de turrones.

De la de mi tío Juan Manuel a casa de abuelita por Moreno (ahora), nada notable, excepto una familia, que al pasar nos hacía fiestas. Vivían frente a la casa que es ahora domicilio del doctor Luis Sáenz Peña,5 casa nueva relativamente.

El jefe era un hombre alto, corpulento. No conservo otra impresión. Mujeres, veo dos: Amalia, una beldad, se casó con Mármol,6 y Máxima, le decían la Ñata, ¡cuánta generosidad picante! Se casó con Carlos Urioste, león de la moda.

A la escuela nos llevaba tío Tomás. Si había llovido y había mucho barro, Eduardita iba sobre un hombro, yo sobre el otro; si llovía poco, tío Tomás se ingeniaba y nos cubría con un paraguas colorado. Él nos iba a buscar.

Cuando llovía a cántaros, no había escuela. Había una cosa muy buena: ¡amasijo! Se hacían tortas fritas y pastelitos de lo más sencillo. Nada de hojaldre. El relleno lo hacían en la cocina. La fritanga la hacíamos en el brasero del cuarto de la plancha. A más de eso, mi padre mandaba llamar a un amigo suyo italiano, alto, grueso, de rostro sereno, llamado Boassi, que tenía su negocio de almacén en la esquina de Reconquista y Cangallo, haciendo cruz con el teatro Argentino, para que hiciera ravioles.

La escuela de niños y niñas de poca edad, quedaba en la esquina de Cangallo, acera de un templo protestante, que entonces no existía. Pertenecía a misia Candelaria Soria, una señora salteña muy respetable

...En lo de misia Candelaria no pude estar mucho tiempo. La dejaron a Eduardita solamente.

A mí me sacaron porque siendo menester ponerme en penitencia a cada rato, había que renunciar a ello. Si me ponían en cruz, Eduardita quería estar en cruz a mi lado, y si me mandaban al cuarto de las pulgas —como decían— Eduardita quería acompañarme, lloraba, lloraba, tenían que ponerme en libertad.

¿Qué aprendí en esa escuela?

Poca cosa: a leer y a escribir mal.

(Mansilla, Lucio V. Mis memorias. Presentación por Guillermo Ara. Buenos Aires: Eudeba, 1966. 157/158).

 

Notas

  1. Juan Manuel de Rosas.
  2. Encarnación Ezcurra, esposa de Juan Manuel de Rosas.
  3. Manuelita, hija de Juan Manuel de Rosas y Encarnación Ezcurra.
  4. Rojo punzó, color de los federales.
  5. Luis Sáenz Peña (1822-1907). Presidente de Argentina entre 1892 y 1895.
  6. José Mármol, autor, entre otras obras, de la novela Amalia, precisamente.