Caricatura francesa, siglo XIX, conservada en el American Museum of Natural History.
Si alguna vez se ha admitido que los cometas perturban e inflaman la atmósfera, y agotan los succus (es decir, los jugos) de la Tierra, de ahí se deduciría necesariamente que sus resultados deben ser los terrenos estériles y la corrupción y ruina de los frutos; y de todo esto se seguiría naturalmente la carestía, la escasez y el hambre. Y, como inevitable consecuencia de ambos hechos, debemos esperar enfermedad, sufrimientos, mortandad y, más concretamente, el fallecimiento de muchos Grandes, puesto que éstos son afectados antes o más fácilmente que los demás, dada su delicada crianza y lujosa forma de vida, y a veces sus grandes cuidados y vigilancias, que debilitan y enflaquecen sus cuerpos, volviéndolos más susceptibles al mal que las gentes vulgares.
Atribuido a John Edwards, Cometomantia, A discourse on comets, London: Printed for Brab. Aylmer..., 1684.
Cometa Halley, 1910.
No pasó nada, excepto que me quedó una curiosa crispación del oído izquierdo tras la puesta del Sol y la tendencia a iniciar un trotecillo perruno al mínimo resplandor de cerilla o al brillo de una linterna.
James Thurber, a los dieciséis, en 1910, citado por Nigel Calder, ¡Que viene el cometa!, Barcelona: Salvat, 1985.