Isadora Duncan por Ángel de Estrada

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Isadora Duncan

Se alza el telón y alguien nos dice: “Ejecuta danzas griegas”. Ni un laurel, ni un boscaje de mirtos, ni una playa de mar azul, ni un recorte de monte sagrado. Aparece la inmensa sala, desnuda, entre muros de tela gris, azul, verdosa: el fondo de un acuario a través de un sueño. La música de Gluck, en aquel vacío, insinúa la pregunta: “¿Por qué la soledad del cuadro?”. Isadora surge vestida de Ifigenia, y la incógnita se despeja: su paso lo convierte en templo. Danza, y comprendemos. Aquellos telones sin pinturas, ni perspectivas, están prestos a reflejar las imágenes que, a su contacto, brotarán como de linterna maravillosa. La forma de la mujer, real y viviente, exhala gracia impalpable y fugitiva. Acaba de nacer, como Venus, del mar. Trae los pies desnudos; los Amores, saltando sobre los delfines, han tenido tiempo apenas de envolverla en gasas; y ella, sin mirarse en el espejo infinito, sabe que es la aurora.

Y es algo más: un milagro del ritmo. Danza, naturalmente, por placer, siguiendo, no la música, sino su júbilo. Y, sin embargo, la música se hace carne en su cuerpo. Las imágenes, intangibles, sugeridas por las notas, se visten en su figura. Las cuerdas de los instrumentos se dilatan en hilos de luz y mueven los miembros del ser real, pasándole el fluido ideal de su mágica existencia. No hay movimiento de sus actitudes que no sea eco plástico de los acordes. Lo que Gluck agita, en el reino interior, viviente y quimérico, ella lo vuelve viviente y cierto. Pero a su vez lo que inspira su forma escapa a la expresión. Y el espíritu, sin perseguir palabras, se deja envolver, iluminar, y, estremeciéndose, sonríe, con la inconsciencia de un rayo de sol, que danza en una rosa, embriagado por el perfume mismo del cáliz.

El programa dice: “Ifigenia y las doncellas de Calcis juegan en la playa”. Pero no es Ifigenia la que se recrea; es toda la frescura del mundo. Lo que salta entre sus manos no son las conchas nacaradas, ni los caracoles sonoros, son los sueños rientes de las felices quimeras. Dominados y vencidos, los aprisiona; dan nimbo de sol a sus cabellos, ponen éter bajo sus talones, llaman abejas zumbantes a sus labios; y las imágenes vibran en nuestra mente, y las sensaciones renacen y encadenan nubes, alas, flores, en círculos de lumbre que se vuelven de armonía.

El programa dice: “Ifigenia saluda con las doncellas de Calcis a la flota griega”. Pero no es Ifigenia la que salta. Es todo lo que hay de joven y gozoso; es el tumulto de las promesas del corazón. Es la hermana, en la torre de Barba Azul, esperando salvarse de la realidad. Es la virgen griega de la poesía, es la mujer universal de los cuentos; es el eterno femenino despojado de veneno al descubrir en las naves del horizonte la plenitud de la esperanza consoladora. Luego, raya el suelo, vuela y condensa sus ritmos en aérea agilidad; mágica inmortal se transforma en psiquis de los cementerios. No se quema en las lámparas de los sepulcros. Vibra con recuerdos; sonríe a la existencia; retorna a los Campos Elíseos; y lleva a las sombras, y a los laureles nostálgicos, el rumor humano de su veste.

Después se refugia en un rincón de cielo; sostiénela su gasa; se antoja un matiz adormecido en una nube. Vuelve a danzar como hija del sol y hermana de las rosas. Es la virgen enamorada. Su contorno intangible siembra inmateriales gracias; la anima un soplo del alba; reflejó el misterio de los muertos, para amar con fuerza el encanto de los vivos; y marcada por el beso de Afrodita, más blanca que sus palomas, más fresca que sus espumas, se arroja en brazos de Ceres.

El programa dice: “Bacanal”. La orgía consiste en agitar sazonados trigos, a su paso fulgen las cosechas, y acuéstase contenta, tocando la madre de tanta vida. En su danza se expande el transporte de la Naturaleza con una ilusión de regocijo que se envuelve en velos de oro.

Y cuando el programa dice: “Ronda con su escuela de niños”; la joven, aun más ligera, da la visión del sol y su cuadrante. Pero no señala minutos de tiniebla, de dolor o melancolía. Sus imágenes, rientes, eclipsan la evocación del fresco de Reni. Los niños, hechos de carne de primavera, son las Horas, y ella la fuente espiritual de sus alas.

Un mismo arrebato estremece la guirnalda, que, al girar, enciende promesas de ventura, y nuestras quimeras y sueños se enlazan con la mujer y las notas... En el eje de la espiral del encanto, sobre la sonrisa de su juventud, los ojos de la maga muestran lágrimas de contento. ¡Ah! Las piedras preciosas cubiertas de rocío!

La tela violenta cae como un hachazo de la realidad: ¡en el aplauso sube la gratitud hacia la reina de ventura, que nos hiciera vivir un instante de olvido!

(De Caliscopio, Buenos Aires: Ángel Estrada y Cía. Editores, 1911; en: Ángel de Estrada, Antología, Prosa, Buenos Aires, Ángel Estrada y Cía. Editores, s/f.).