Norman Mailer. Fotografía: William CouponNorman Mailer dixit

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Creo que mucha gente necesita al FBI para mantenerse cuerda. Es decir, si uno quiere ser profundamente religioso —convertirse en santo, por ejemplo—, uno debe arriesgarse a la locura; pero si uno, en cambio, desea huir de la locura, un método adecuado es unirse a una religión organizada. El FBI suprime todo cuanto pueda ser amenazante en la vida mediocre promedio. En última instancia, y quiero decir en un sentido profundo, el FBI no tiene relación alguna con el comunismo, relación alguna con la captura de criminales, ni con la mafia, los sindicatos, los negociados, el contrabando; no tiene relación alguna con nada que no sea servir de iglesia de los mediocres. La gran iglesia del verdadero mediocre.

 

Los medios están constituidos por gente que busca ante todo el poder. Y no porque posean algún sentido moral, porque vivan con una finalidad interiormente sentida ni por un ideal por el cual valga la pena luchar o morir si se tiene el coraje suficiente. No, la razón por la que ansían el poder es que éste es lo único que les alivia la profunda enfermedad que les aqueja. Que nos aqueja a todos. La enfermedad del siglo veinte. No hay espacio psíquico para nosotros. La ley de Malthus ha dejado de ser la de la excesiva procreación de los cuerpos y se ha convertido en la de la excesiva mediocrización de las psiques.1

 

Yo no calificaría al siglo veinte como un período violento en cuanto atañe a la violencia personal. Es un tiempo de plagas. No obstante, cuando la gente siente sobre sí la pestilencia, tiende a ser violenta. El poderoso impulso del siglo veinte ha consistido en derrotar esta tendencia mediante complicadas instituciones sociales que destruyen la posibilidad de violencia personal antes de que ésta tenga expresión libre. Si se desalientan los sentimientos individuales a cada instante, y se anula la irritación social con beneficios y programas de bienestar, se consigue contener los deseos de recurrir a los sentimientos individuales como solución. El impulso del siglo veinte parecer ser el deseo de conseguir que la sociedad ande sobre rieles. Se puede tolerar cualquier cosa, incluso el comunismo, con tal de que la dialéctica se deslice distante de nuestra naturaleza. Los materiales mismos de nuestro mundo nos sofocan por todas partes. Los plásticos son el perfecto ejemplo material, el sello y la rúbrica tecnológica de nuestro siglo: son materiales sin textura, sin sustancias orgánicas, ningún color natural, impredecibles. Ahora bien, la capacidad razonable de predecir es, después de todo, la armadura con la cual se han construido grandes sociedades del pasado. El plástico, sin embargo, se parte en dos por cualquier razón. Soporta castigos tremendos y súbitamente estalla en la noche. El casco de fibra de un barco puede atravesar tormentas que abrirían un casco de madera. Hasta que un día topa con un modesto escollo y se rompe totalmente. O se vuelca de súbito. Y esto es así porque se trata de un material que no alcanza a divorciarse de la naturaleza pues ni siquiera ha formado parte de la naturaleza. El plástico es la perfecta metáfora del hombre del siglo veinte y de la curiosa, sorprendente y salvaje índole de la violencia moderna. Nuestra obsesión con la violencia proviene, me parece, no de su alta incidencia cotidiana, sino del hecho de que estamos sofocados y pensamos por eso continuamente en ella. ¿Alguien puede afirmar seriamente que nuestras calles son menos seguras que las calles de París en el año 1300? ¿O que las de Nápoles en 1640? Pero el siglo veinte ha destruido una concepción romántica de la existencia y ha provocado una conciencia de la violencia tan eléctrica como la paranoia.2

 

La marihuana afecta el sentido del tiempo: te acelera; te abre a tu inconsciente. Pero todo sucede como si estuvieras acudiendo a las reservas que tienes para los tres próximos días. Todas las dulzuras, todos los cristales salinos, todas las pequeñas decisiones, todo el trabajo inconsciente de los tres próximos días —o, si la experiencia es lo bastante profunda, de los próximos treinta días o de los próximos treinta años— se anticipa. Durante media hora o durante un par de horas —según sea la fuerza de la yerba— te encuentras mejor que habitualmente y te metes en situaciones en que no te meterías habitualmente y, en fin, te suceden más cosas. Haces mejor el amor, hablas mejor, piensas mejor, comprendes mejor a las personas. El asunto es que tienes que llegar lejos, porque estás usando tres días en una hora. Así que a menos que vuelvas —digamos— con setenta y dos horas en una hora, perdiste. Porque tendrás que usar los tres días siguientes para recuperarte. Se me puede preguntar: ¿qué le sucede al que fuma todo el tiempo? No lo sé. Pero sé que está hipotecando algo. Que está arrebatando algo al futuro.3

 

Toda ideología que aspira a dominar la totalidad de la existencia tiene que partirse en sectas y segmentos, porque apenas existe un desacuerdo irreductible entre sus miembros, éste no puede transarse ni adjudicarse a nadie sin mermar, al mismo tiempo, la primitiva fuerza de la ideología. Si el compromiso o la transacción son imposibles, ocurre el quiebre. Y lo que entonces resulta son dos ideologías igualmente monótonas, igualmente totalizadoras, muy pronto en guerra una con la otra.4

 

...hoy tenemos una multitud de artistas literalmente invadidos por la tecnología. Esto ha llegado a un punto que si usted va al Guggenheim advertirá en seguida que dos o tres de cada cuatro hacen tanto arte como tecnología. Algunas obras parecen las de un ingeniero que hubiera arrancado páginas de sus anotaciones y las hubiera colgado en la pared. También podemos decir, por cierto, que el físico invoca a la magia mientras trabaja. Oppenheimer solía decir que siempre estaba seguro de ir por buen camino cuando se le paraba el pelo de la nuca.5

 

...Jagger ha captado maravillosamente el momento del día en que la familia se rompe toda. El hijo le tira ácido a la cara de la madre, la madre le hunde al hijo los huevos y en eso llega el primo gordo y dice qué pasa aquí, por qué están todos peleándose, por qué no cenamos. Y todos se sientan, al hijo no le quedan huevos, la madre tiene la cara rota, pero continúan, sabe usted, continúa la vida familiar británica. Jagger lo ha captado como nadie. Si hubiera sido escritor, habría sido de los mejores...6

 

Bueno, se podría afirmar que todo cuanto hago es llevar a la gente de regreso a Kierkegaard. Le recuerdo que varias veces he escrito lo siguiente: Kierkegaard nos enseñó, o trató de enseñarnos, que precisamente en el momento en que nos sentimos más santos podemos, de hecho, estar en el mal. Y que en el instante en que creemos ser los peores y estar más inmersos en el mal y en la corrupción, podemos, de hecho, ser unos santos a los ojos de Dios. El primer valor de esta noción es que nos desnuda de la fundamental arrogancia de suponer que en todo momento se tiene la suficiente capacidad de estar centrado, de estar instalado en un sitio desde el cual exponer nuestro dogma o medir nuestro valor moral...7

 

Supongo que uno paga por cada cosa que le arranca a la vida. Años atrás, Calder Willigham me contó cómo trató, por todos los medios, de que una mujer lo abandonara. Finalmente la mujer empezó a salir con otro hombre. Entonces Calder descubrió que estaba celoso. Me contó la historia con mucho sentido del humor, me miró a los ojos y me dijo: “Norman, no puedes embaucar a la vida”... Tengo cincuenta años en este momento. He llegado a una etapa en que es concebible que muera en la cama mientras le hago el amor a una mujer. Esto puede suceder. ¿Te gustaría morir con una extraña? A medida que envejeces, hacer el amor se transforma en algo más apocalíptico, precisamente porque está más próximo el final de tus días. Resultado: hay menos deseos de promiscuidad... En El último tango hay, al empezar la película, esa frase de “me jodo a Dios”. Apenas se le escucha. Brando la grita mientras el subterráneo pasa por encima. Una de las motivaciones profundas (y también de las perversiones) es joderse a Dios. Dios, yo te desafío. Una emoción fundamental humana. Ahora bien, si verdaderamente desafiamos a Dios cuando creemos hacerlo, o por el contrario lo estamos dignificando sin saberlo o, incluso expresando su voluntad (que se nos ha mantenido oculta durante dos mil años)... En otras palabras, ¿es el pagano el que manifiesta la voluntad de Dios y no el cristiano? No lo sabemos. Pero el impulso está allí... ¿Existe un solo dato en la literatura de orgías que no muestre que las mujeres siempre son más desaforadas? Una vez que los hombres se agotaron, se reúnen las mujeres. Se pueden hacer el amor durante horas, hasta que los hombres se recuperen. Quizá sucede que las mujeres están instaladas en un pozo inagotable de sexualidad, mientras que los hombres necesitan rehacerla continuamente.8

 

Al cabo de un tiempo se empieza a circular en torno a la propia vida como si ésta fuese una escultura. Y todo depende del lugar desde donde la mires. ¿Piensas en ella desde el punto de vista de tu obra o desde el de tus hijos? En realidad, noto que pienso cada día menos en mí mismo a medida que envejezco. Se empieza a tener la sensación de que, bueno, posiblemente no me queden tantos años para escribir y para escribir ni la mitad de bien, y uno se vuelve más serio. Con el tiempo se va adoptando una actitud práctica, se advierte que por delante hay más y más trabajo y menos diversión. Te dices: “Voy a pensar en los antiguos fragmentos de mi vida cuando escriba sobre ellos; y si no escribo nada al respecto, no volveré a pensar en ellos”.9

 

Lo que está en juego es enorme. ¿Vamos a destrozar los mejores secretos de la vida o ayudar a liberar una nueva especie de hombre? Me intoxica el solo pensar en esto. Hay algo muy valioso a la espera, pero se necesita coraje y bondad para alcanzarlo.10

 

Me ha hecho pensar en algo que dijo Jean Malaquais. Él siempre lo pasaba pésimo al escribir. Una vez se quejó angustiosamente de las inefables dificultades que experimentaba con una novela que estaba escribiendo. Le pregunté: “¿Por qué lo hace? Hay muchas otras cosas que se pueden hacer muy bien. ¿Por qué se molesta con esto?”. Y se lo pregunté en serio. Porque sufría al escribir como no he visto sufrir a nadie. Alzó la vista, sorprendido, y me dijo: “Pero si no hay otro modo de encontrar la verdad. El único momento en que sé que algo es verdad ocurre mientras estoy escribiendo”. Es posible que uno no lo escriba lo bastante bien como para que otros lo adviertan, pero uno se enamora de esa verdad cuando la descubre con la punta del lápiz. Y éste es uno de los poquísimos placeres de la vida.11

(de Pontificaciones, conversaciones con Norman Mailer; compilación de Michel Lennon. Buenos Aires: Celtia, 1983).

 

Notas

  1. Entrevista con Paul Krassner, 1962.
  2. Entrevista con W.J. Weatherby, 1964.
  3. Entrevista con Paul Carroll, de Playboy.
  4. Entrevista con Paul Carroll, de Playboy.
  5. Entrevista con David Young, 1970.
  6. Entrevista con Richard Stratton, 1974.
  7. Entrevista con Laura Adams, 1975.
  8. Entrevista con Buzz Farbar, 1973.
  9. Entrevista con Joseph McElroy y su taller literario de Columbia, 1981.
  10. Entrevista con Steven Marcus, 1963.
  11. Entrevista con Steven Marcus, 1963.