Florentino AmeghinoVisión de Ameghino

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En honor de Estanislao S. Zeballos, el 17 de octubre de 1889, Florentino Ameghino pronunció una conferencia en el Instituto Geográfico Argentino. En ella se ocupa de la elaboración de su libro Filogenia, publicado cinco años atrás, a partir de una visión que, según el propio Ameghino, tuvo lugar en un caluroso día de diciembre de 1882, fruto del cansancio, en un pequeño bosque situado en la cumbre de una elevada loma. Allí, la visión sobrevino como respuesta a una pregunta del sabio: ¿hasta cuándo la insuficiencia de las clasificaciones zoológicas?

CB

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Cual confuso torbellino presentáronse en conjunto en mi memoria todos los conocimientos que con tanta lentitud había adquirido; la sucesión interminable de las épocas geológicas; los miles y miles de organismos que habíanse substituido unos a otros en la superficie de la tierra; la forma primitiva y simple de los primeros seres; los complicados organismos que les sucedieron; la equivalencia de las fuerzas y la unidad orgánica; las leyes de la ontogenia y de la filogenia; las analogías y las homologías de los órganos; los principios de la adaptación y de la modificación; la desaparición de los órganos innecesarios ya por reincorporación, ya por eliminación; la sucesión, dispersión y cantonamiento de las especies; la ley de diversificación contrabalanceada por la fatalidad de la herencia y del atavismo; las anomalías teratológicas ligadas a la conformación de antiguos predecesores; la enseñanza que nos suministra la atrofia e hipertrofia de los órganos; el proceso de osificación; las consecuencias inevitables y fatales del crecimiento y el desarrollo; el progreso y perfeccionamiento ascensional e ilimitado; la multitud variadísima e infinita de seres que constituyen el imperio orgánico; el plan de organización fundamental a que todos obedecen en su conformación y el cúmulo de leyes que, de su sucesión, subordinación, correlación, reemplazamiento, extinción, etc. etc., era permitido deducir. Dibujóse, por fin, ante mis ojos, en su inmensa, abismadora y sublime magnitud, todo el sistema natural, como muchas veces, cual lejana pero reducible nebulosa habíalo presentido. Mil manos no hubieran podido entonces fijar en el papel la innumerable y fugaz sucesión de imágenes que, cual vertiginosa avalancha, en breves instantes, como los rapidísimos movimientos de un mágico caleidoscopio, agolpáronse tumultuosamente y con sin igual velocidad en mi cabeza, que parecía quisiera hacerla estallar. No pudo mi físico resistir a tan impetuosa embestida del pensamiento. Flaqueáronme las fuerzas, apoderándose de mí un sudor frío, seguido de una laxitud general, a la que sucedió una especie de vértigo durante el cual, por acción refleja, involuntaria, mi cerebro trazó una fantástica síntesis de aquella onda de ideas en formidable vaivén como las embravecidas olas de un océano, síntesis que quedó impresa en mi memoria para no borrarse jamás, ¡y con tal intensidad que la sola evocación de su recuerdo me hace estremecer! ¡Oh! ¡Paréceme que aún estoy viendo funcionar aquella feroz y colosal guadaña!

Habíame transportado a otros mundos. En mi vértigo, figuréme ser un habitante de los espacios interplanetarios, de distinta naturaleza que los de la tierra, dotado de una vida equivalente a la de una interminable serie de Matusalenes, con una vista que abarcando nuestro planeta desde uno a otro polo, penetraba en su interior a través de los cuerpos, más opacos, reflejando las retinas de mis ojos el pasado y el porvenir en toda su majestuosa amplitud.

En esa larguísima existencia dirigí en mi niñez por primera vez, la vista hacia este pequeño mundo.

¡Envolvíalo una atmósfera cargada de ácido carbónico y vapores acuosos que elevábase a descomunal altura, sumamente densa y de una presión perpetua! El cielo, constantemente encapotado por negros nubarrones en los cuales repercutía el eco sordo, continuado y simultáneo de innumerables descargas eléctricas, era surcado serpenteando en todas direcciones por infinitas centellas cuyo continuo y refulgente relampagueo inundaba el espacio con una luz vívida y blanca, que contrastaba con la rojiza y apagada del sol, que con dificultad abríase paso hasta la tierra. Esas interminables conmociones, desgarrando de continuo el negro velo, descargaban diluvios de agua que, semejando espantosas cataratas, hacían temblar el suelo, mientras que dentro del interior de la tierra profundas y anchas hendiduras arrojaban a la superficie impetuosos torrentes de materias inflamadas, y una infinidad de elevadas y colosales chimeneas despedían de sus entrañas, con sus descomunales bocas y en medio de estrepitosos ruidos, caudalosos ríos de fuego, moles de piedra, masas enormes de materia incandescente, acompañadas de formidables chorros de agua vulcanizada que convertida en abrasador vapor ascendía a las alturas de esa atmósfera, imitando una lucha gigantesca, titánica, colosal, entre el cielo y la tierra, cuyos no interrumpidos retumbantes y atronadores ecos simulaban un espantoso cañoneo sostenido por infinitas piezas fundidas en las fraguas de Vulcano en el profundo averno, produciendo un espectáculo maravilloso, sublime, de imponentísimo aspecto!

La corteza terrestre, cálida como plomo derretido, hallábase en continuo movimiento, como si fuera el agua en ebullición de una colosal caldera. Constituía su superficie en los puntos más bajos y tranquilos, algo que no era ni tierra ni agua, ni sólido ni líquido, una sustancia semiacuosa, mucilaginosa, espesa y grumosa, dotada de rápidos y prolongados movimientos hacia un centro común, la que gradualmente iba tomando mayor consistencia, hasta formar aglomeraciones amorfas en estabilidad continua.

Esta masa de materia animada, de aspecto coloideo, en continuo movimiento, como las olas de un mar furioso agitado por la tempestad, obedeciendo a la poderosa fuerza centrípeta que la impulsaba sin cesar hacia el centro, fuese poco a poco levantando hasta constituir una columna de base extraordinariamente ancha y de gran elevación, cuya cúspide subdividióse en cierto número de ramas que continuaron elevándose en direcciones divergentes alejándose gradualmente unas de otras. Conmovióse de repente la columna en su base y se aplastó, convirtiéndose en una vasta capa gelatinosa, quedando las ramas superiores clavadas en su masa, separadas unas de otras, pero intactas y con vida, siguiendo independientes su crecimiento hasta convertirse en otras tantas columnas o gigantes troncos, que subdividiéronse a su vez en un considerable número de ramas provistas de ramecillas secundarias.

Apareció entonces allá a lo lejos, abarcando el horizonte, una especie de media luna; era una guadaña gigantesca, manejada por invisible pero poderosa mano, que avanzó resuelta y de un formidable golpe cortó las puntas de las ramas, o los troncos que caían al suelo tendidos y eran luego destrozados por el tiempo, mientras que las ramas siempre verdes y ya autónomas seguían creciendo y multiplicándose por ramificaciones sucesivas, pero sin que el poderoso brazo que esgrimía la guadaña dejase un solo instante de seguir imperturbable segando con espantosos cortes continuados las bases de los troncos, que caían a un tiempo en secciones colosales progresivas, acumulándose sus despojos descompuestos por los siglos en capas de polvo superpuestas unas a otras, sirviendo de sostén y proporcionando alimento a las cúspides aisladas que iban creciendo siempre y reproduciéndose hasta ocupar todo el espacio formando tupido e inmenso bosque. El alimento, la luz, el calor, la humedad, el aire, el espacio, en una palabra, se hicieron insuficientes para tanto ser, iniciándose la terrible lucha por la vida. Unos adquirieron proporciones colosales y otros se volvieron raquíticos; los había que con una robustez que parecía predestinarlos al desempeño de brillantísimas funciones, morían de consunción sin concluir su evolución, por la envidia que los roía, el despecho o la impotencia, o eran destrozados por terribles vendavales, o reducidos a cenizas por el fuego; atacaban unos hasta derribarlos a los que les hacían sombra, cuando los había que, por el contrario, prosperaban a esa misma sombra de los poderosos; un cierto número sucumbían bajo el peso de un excesivo desarrollo, mientras secábanse algunos por falta de savia, o los encorvaba la vetustez desapareciendo sin descendientes; mas no importa, pues el conjunto del bosque visto por la superficie de su follaje, seguía creciendo siempre, más lozano, más fuerte, más robusto y vigoroso, más espléndido y más hermoso, formándose incesantemente nuevas ramificaciones, con innumerables ramecillas, gajos, brotes y hojas, que modificándose y perfeccionándose en progresión constante ascendían sin cesar en su camino hacia arriba, indefinidamente... ¡mientras la terrible y feroz guadaña seguía cortando continuamente los troncos por la base, desligándonos para la eternidad de los vínculos que nos unen a nuestros antepasados!

Aterrado, volví la vista en otra dirección, hasta que fatigado de vagar de mundo en mundo, dirigí nuevamente la mirada hacia la tierra. El escenario había cambiado. La atmósfera en apacible sosiego relativo era clara y transparente, mientras la corteza terrestre en reposo aparente había tomado contornos definidos. En vastos templos elevados al estudio de la naturaleza, generaciones sucesivas ocupábanse en catalogar todos los seres existentes y extinguidos describiéndolos hasta en sus mínimos detalles. Constituían un cúmulo tan inmenso de nombres, de calidades y de caracteres que ya no había más voces con qué designarlos y que las vidas de muchos Matusalenes no habían podido retener en la memoria. Habíanse estudiado todas las características, hasta las más insignificantes, sin poder entresacar de ellos la palabra mágica que descorrería el impenetrable velo que ocultaba a sus miradas el grandioso plan del encadenamiento de los seres. Más tarde vi otra serie de generaciones que aprovechando los inmensos materiales de observación reunidos por las que las habían precedido, ocupábanse en reducir a fórmulas fijas los caracteres distintivos de los seres, asignaban un valor numérico a cada uno de los factores anatómicos de los organismos, comparaban esos números entre sí y, por medio de una sucesión de sustracciones y adiciones, reuníanlos en series naturales cuyas ramas prolongadas divergían en el porvenir y convergían en el pasado. Después, allá en los últimos tiempos de mi vida, vi esa multitud de ramas formando un árbol inmenso cuya copa escalaba el cielo y el gigantesco tronco tenía por asiento la superficie toda de la tierra y cuya infinita sucesión de gajos, nudos y brotes eran otras tantas series de organismos existentes y extinguidos. La inconmensurable copa constituida por las extremidades de las ramas formaba una curva cerrada en la que cada ser ocupaba su lugar jerárquico determinado por la altura de la parte del tronco de donde se había desprendido. En esta curva, las hojas ocupaban todos los espacios; no había lugar para otras formas intermedias. Pero dirigiendo la vista hacia abajo, de cada punta terminal aparecían largas series de espacios numerados, ocupados unos por ramecillas, gajos y nudos, vacíos otros, pero que iban a reunirse todos al tronco; y allá encima, dominando la copa del árbol, una falange de naturalistas que con voluminosos registros en las manos llamaban las formas extinguidas, y éstas, saliendo de las profundidades de la tierra, de las entrañas de las montañas, del seno de las aguas en los mares, en los lagos y en los ríos, de las capas atmosféricas, como del interior de los hielos seculares de los polos, o debajo de los mantos de lava incandescentes que en otras épocas los aniquilara, tanto los excesivamente grandes como las infinitamente pequeñas, contestando todos al llamamiento, acudían presurosas como soldados de batallones de línea, a ocupar en los espacios vacíos el puesto que según sus números les estaba reservado, ¡el mismo que ocuparan antes de sucumbir a los golpes de la atroz guadaña!

Pasó la visión y volví a bajar a esta tierra para ocupar entre vosotros mi humilde puesto de combate. Empuñé la pluma para trazar en una obra las leyes que rigen la evolución, sus principios fundamentales y los procedimientos exactos a seguir para llegar a restaurar ese inmenso pero, en la actualidad, desgajado árbol de la vida.

(De Florentino Ameghino, Conceptos fundamentales. Conferencias y escritos científicos. Compilación hecha por Alfredo J. Torcelli. Buenos Aires: El Ateneo, 1928. Grandes escritores argentinos, director: Alberto Palcos, XVI).