Henry Morton Stanley en Chumbiri

Henry Morton Stanley

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A la edad de veintiocho años, Henry Morton Stanley, nacido galés como hijo ilegítimo, llegado como grumete a los Estados Unidos y adoptado por un comerciante que le dio su nombre, fue enviado a África. La misión, costeada por el New York Herald, fue el rescate del desaparecido Livingstone. Logró éxito en la busca y regresó al Reino Unido donde, en 1872, publicó How I Found Livingstone, libro que le dio enorme popularidad. En 1874 realizó un nuevo viaje de exploración que le permitió descubrir el lago Alberto, explorar los lagos Victoria y Tangañica y fijar el curso del río Congo. Entre 1879 y 1884, formando parte de una expedición belga, exploró la cuenca del Congo; luego rescató a Emin Bajá, gobernador del Sudán egipcio, de manos de los insurrectos sudaneses. Establecido en Londres, en 1890 fue ordenado caballero, integró el Parlamento y dejó varias crónicas de viaje, entre ellas In Darkest Africa. Lo que reproduzco a continuación es parte del testimonio del propio Stanley de su segundo viaje.

CB

Los pescadores nos indicaron un sitio donde podíamos acampar convenientemente, es decir, la base de un cerro pardusco y cubierto de vegetación, en medio de algunos árboles. También respondieron favorablemente a nuestras muestras de amistad, consintiendo en celebrar la hermandad de sangre y en cambiar algunos regalos. Dos de ellos atravesaron el río1 dirigiéndose a Chumbiri, cuyos cerros arbolados y campos cubiertos de vegetación, poblaciones y desembarcaderos se divisaban muy bien desde el sitio donde nos hallábamos. Los pescadores iban a informar al rey de Chumbiri que algunos extranjeros pacíficos, acabados de llegar, deseaban entablar relaciones amistosas con él.

Efectivamente, a eso de las nueve de la mañana del día 28 compareció a nuestra presencia, con gran aparato, el monarca de Chumbiri. Escoltábanle cinco canoas llenas de hombres armados de mosquetes.

Mis relaciones con el monarca de Chumbiri fueron muy cordiales; dijérase que habíamos simpatizado al momento de vernos. El único defecto que en mi calidad de extranjero encontraba en él, era su redomada astucia, que casi rayaba en lo sublime. No cabe duda de que el soberano de Chumbiri ha elevado a arte el fraude y la doblez; sin embargo, mostrábase afable y muy atento. ¿Podía quejarme de esto? Nadie más dispuesto que yo al sacrificio en aquellos momentos; aunque hubiésemos tenido conciencia de que íbamos a ser inmolados, no creo que rehusáramos la amistad con que nos brindaba el cacique pagano.

Siempre recordaremos con orgullo la buena acogida que merecimos de las damas de Chumbiri. Fieles y sumisas a su soberano, todas sin excepción se desvivían por complacernos.

El bello sexo Chumbiri es digno de observación, hasta para nosotros, hartos ya de las mil y una curiosidades que nos habían salido al paso en los dilatados viajes llevados a cabo con un fin científico. En general, las chumbirinas son agraciadas; el color moreno de su tez es simpático; tienen los ojos grandes y expresivos y los hombros más bien contorneados que la generalidad de los salvajes. Empero, todas son esclavas de la moda. Las seis décimas partes de ellas llevan collares de bronce de dos pulgadas2 de diámetro; otras tres décimas los llevan de dos y media pulgadas, y las demás cargan con un collar de tres pulgadas, que las cubre enteramente el pescuezo y casi llega al extremo de los hombros. Figúrese el lector un aro de bronce del peso de treinta libras,3 colgado constantemente de la garganta. ¡Vaya una opresión! Estas son las mujeres favoritas de Chumbiri, las cuales llevan con mucho gusto aquella pesada argolla.

Yo creo que Chumbiri, negociante, como ya he dicho, en toda la extensión de la palabra, y el primer indígena africano que pueda compararse con los parsis, apenas se procura un poco de alambre lo convierte en collares para sus mujeres, y si estos collares no son más grandes la culpa la tiene su pobreza. Chumbiri se jactó en mi presencia de ser dueño de “cuarenta” mujeres, y de que todas ellas llevan constantemente puesto el susodicho collar. De un cálculo que hice saqué en limpio que entre todas sus esposas llevan alrededor del pescuezo, hasta su muerte, a lo menos ochocientas libras de metal; sus hijas (tiene seis) ciento veinte libras, y sus esclavas favoritas unas doscientas libras. Añádase a esto seis libras de alambre de cobre para cada mujer e hija como adornos de brazos y piernas, y no podremos menos de sorprendernos al considerar que Chumbiri es dueño de un almacén portátil de metal del peso de mil trescientas noventa y seis libras.

(de Enrique M. Stanley, El continente misterioso, segunda parte; Buenos Aires: J. Ballesta, s/f. Traducción de Mariano Blanch).

 

Notas

  1. El Ubangi, río de África occidental; su curso es de 1.150 km; contando el Uelle que, en unión con el Mbomu, lo forma, unos 2.400 km. Desemboca en el río Congo, antes Zaira, segundo río en importancia en el continente después del Nilo. Stanley atravesó la cuenca del Congo de E. a O.
  2. Una pulgada equivale a 25,4 mm.
  3. Una libra equivale a 453,6 gramos.