Isidore Ducasse, conde de LautréamontLautréamont

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Testimonio del padre Plantet, nacido en 1842

Era un muchacho a quien no le faltaba nada. A menudo mostraba su verdadero carácter, por momentos un poco melancólico, pero sobre todo alegre y generoso. A veces, caía en la meditación. Es allí donde daba testimonio de su precocidad de muchacho inteligente. Por otra parte, era alto para su edad y tenía un físico agradable y simpático.

Un domingo de otoño, ambos paseábamos a caballo. Aquel día, Isidore calzaba botitas de gaucho que el viejo Ducasse le había regalado. Estaba orgulloso pues se las debía a sus progresos en inglés.

Este episodio debe haber tenido lugar hacia 1857, no lejos de la pequeña ciudad de Las Piedras. Su caballo gris tordo, de mediana estatura, estaba cuidadosamente ensillado. Fuimos a visitar a don Víctor, cazador de jaguares y de pumas, que abundaban hacia la mitad del siglo pasado. En el interior del rancho admiró las pieles de las fieras abatidas por don Víctor en el atardecer...

Decidimos... tomar otro camino, más ancho, para regresar a Montevideo. El viejo Ducasse me había recomendado volver antes del crepúsculo. Galopamos durante media hora por una ruta polvorosa. En un momento dado, la hediondez irrespirable de una carroña nos sorprendió. Bajo un datura (en Uruguay damos a este árbol el nombre de “Floripondio”) una vaca cubierta de moscas gordas y de urubúes (emparentados con los buitres) se descomponía, destripada por las garras de un felino, mientras que el silbido de las estriges cubría el silencio. Recuerdo que Isidore quiso ver la carroña de cerca. Paró su caballo mientras los urubúes retomaban vuelo.

—Sigamos hacia el Sur —dije—, esta hediondez es malsana. Por otro lado, a los caballos no les gusta el olor de los cadáveres, se ponen nerviosos porque tienen miedo a la muerte.

Isidore se había vuelto taciturno. Oteaba el horizonte sin decir nada. Creí que el caballo lo cansaba.

—Quieres un pedazo de rapadura —le pregunté como un hermano mayor bien atento.

Rechazó el azúcar brasilero y me hizo una pregunta extraña:

—¿Huelen los cadáveres humanos como las carroñas animales?

Sin darme cuenta del mal que le hacía, contesté:

—¡Por supuesto!

—Entonces, mamá... ¿Ella también?

Citado por Francois Coradec: Isidore Ducasse, conde de Lautréamont, pp. 50-51. Traducido por Mai Lefort.

(Extraído de: L’Autre A Montevideo, Homenaje a Isidore Ducasse. Montevideo: Museo Nacional de Artes Visuales, MCMXCIII).

Más información en http://mnav.gub.uy/cms.php?c=334