Sarah BernhardtLa barraca de Sarah Bernhardt

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La primera vez que Mme. Sarah Bernhardt vino a América, Jules Lemaître, desde París, la despidió con estas líneas: “Va usted a mostrarse allá a hombres de poco arte y de poca literatura, que la comprenderán a usted mal, que la mirarán como mirarían una ternera de cinco patas, que verán en usted el ser extravagante y ruidoso, no la artista infinitamente seductora, y que sólo le reconocerán a usted talento porque tendrán que pagar muy caro para oírla. Procure usted salvar su gracia y devolvérnosla intacta. Porque yo espero que usted volverá, aunque esté bien lejos esa América, y aunque haya sufrido ya más fatigas y atravesado más aventuras que las fabulosas heroínas de los antiguos romances. Entre usted entonces en la Comedia Francesa para reposarse en la admiración y la simpatía ardiente de este buen pueblo parisiense, que le perdona a usted todo, debiéndole, como le debe, algunas de sus alegrías más grandes. Luego, una hermosa noche, muérase usted en escena repentinamente, en un gran grito trágico, porque la vejez sería demasiado dura para usted...”.

Sarah Bernhardt no siguió el consejo de Lemaître, y vive todavía. Aquí está de nuevo, entre estas gentes “de poco arte y de poca literatura”; pero ahora ya no es para ellas la ternera de cinco patas, sino la actriz de una pierna sola.

—¿Ha visto usted a Sarah Bernhardt? Es muy curioso. Desde que la han operado, no trabaja más que con una pierna...

Y, en el Empire, Mme. Sarah Bernhardt se exhibe como pudiera exhibirse en una barraca. El Empire está situado para ello en el país más a propósito. Su público es este público de Nueva York, un público nuevo, de gustos infantiles y foráneos, al que tanto le dan dos de pecho como pesas de cien kilos, y al que se le importa tanto de Mme. Sarah Bernhardt como de la mujer cañón. Fenómenos, casos, teratologías... Lo extraordinario, lo nunca visto, lo más grande o lo más pequeño, lo mejor o lo peor del mundo... Yo veo los teatros de Nueva York como otras tantas barracas en una feria gigantesca. Una feria de millonarios, pero una feria al fin, con todo el desorden, y todo el griterío, y toda la desarmonía, y todo el anuncio desproporcionado y todo el bluff de todas las ferias.

En esta feria, Mme. Sarah Bernhardt es la artista que vive y que trabaja aún. Se va a ver cómo no puede moverse y cómo no puede decir los versos. Se va a oírla toser... ¿Conciben ustedes nada más atrayente? El teatro de la Sarah Bernhardt se llena hoy en Nueva York como no se había llenado nunca, y es ahora mucho más fenómeno, mucho más prodigio, mucho más cosa única en el mundo de lo que era antes. Y, por otro lado... “No dejen ustedes de ver a madame Sarah Berndhardt —dice un anuncio—, porque acaso sea ésta la última vez en que pueden ustedes verla”. Es decir: “¡Vayan ustedes a ver morir a madame Sarah Bernhardt!”.

¡Pobre gran artista! Decididamente, parece dispuesta a morir en escena, y cada uno de sus gritos que va a ser el último, “ese gran grito trágico”, en el que Lemaître le pedía que exhalara la vida. Los que no la admiramos como fenómeno, sino por los que hemos visto de su arte supremo, no iremos al Empire una segunda vez.

(De: Julio Camba. Un año en el otro mundo. Buenos Aires-México. Espasa Calpe, 1947. Colección Austral, 714).