Bertolt BrechtBrecht, de sus Diarios, al azar

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El lenguaje está ahí para condenar los hechos. Este es su único papel. Pero ni siquiera lo cumple.

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El arte de escribir es la más común y vulgar de todas las artes. Es demasiado abierta, unívoca y verificable. Aborda las ideas más fructíferas de un modo tal que las vuelve, eo ipso, chatas y estériles. Tanto la toma de decisión del escritor, como sus esfuerzos por imponérselos al lector, resultan totalmente palmarias. No hay ningún misterio, y donde no hay misterio, no hay verdad.

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¿Y a quién le interesa nuestra relación con las aguas, las tardes y los cielos?

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He bebido aguardiente y estoy escribiendo en mangas de camisa, sentado bajo el farolillo rojo. Aunque hace frío, sólo se vive una vez. Y uno no es responsable sino cuando ha bebido.

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No he hecho mucho, he nadado un poco, he leído algo y no he amado nada. Pero no ha sido una etapa pobre. Tuve que remover tierra y acostumbrarme a ver cadáveres. Peor que no haber hecho nada fue haber empezado muchas cosas. De todas formas, terminé unas cuantas baladas. También sigo aserrando la rama en la que estoy sentado, aunque lentamente. Pero ya me extirparé la seguridad.

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¡Quién fuera pintor! Son como las mujeres: siempre pueden. ¡Y encima se mortifican con el trabajo! El olor a pintura, la resistencia del material y la eterna disponibilidad del objeto estimulan y saturan.

¡Qué silencio! Si uno pudiera calmarse con el ritmo grande y simple de la vida, devorando patatas, bailando en cuartos pequeños y revestidos de madera, con puestas del sol tristes en las que el aire se dilate, con los mismos conflictos eternos sin distinción ni fineza. Maldecimos la uniformidad de toda vida, la muda y abúlica negativa de todos los seres vivos a satisfacer sus viejas necesidades en formas nuevas... ¡porque nosotros mismos somos pobres y carecemos de necesidades importantes!

(En: Diarios 1920-1922. Notas autobiográficas, 1920-1954. Barcelona: Crítica, 1980).