Juan BurghiJuan Burghi, zoólogo lírico

El primer poeta del que tuve noticias fue Juan Burghi. Nacido a fines del siglo XIX en Rincón del Cerro, Montevideo, y afincado desde muy joven, y de modo definitivo, en Buenos Aires, sus poemas aparecían, con frecuencia, en los libros de lectura de la escuela primaria. Recuerdo en especial un poema dedicado al nido del hornero,1 uno de los tantos poemas del montevideano y porteño dedicados al mundo animal, asunto que, desde siempre, lo ocupó casi enteramente. Dice al respecto María Isabel Siracusa: “Allí (en Rincón del Cerro) aprende a descubrir y amar el paisaje, a los seres que lo pueblan, a sus hombres...”. De su libro más difundido, Zoología lírica, extraigo “Insectos”.

 

“Zoología lírica”, de Juan BurghiInsectos

Verano, casi mediodía. Todo el oro que el sol sembró en la mañana, lo está cosechando en abejas... A ellas se ha mezclado un abejorro grueso, velludo y gangoso. Dijérase que un abad gordo y solemne entre monjitas, salmodiando con visible mal humor sus latines... Las alas cortas para tamaño cuerpo, dan la impresión de que lleva sobre sus hábitos afelpados una capita lustrosa que apenas alcanza los codos.

Sobre este mismo alfalfar encendido de abejas, anoche, las luciérnagas vertieron abundante rocío luminoso... Ahora, todo él se desmiga en pétalos áureos y níveos de mariposas.

Pasa un aguacil, cabeza abultada y cuerpo larguirucho, alas crujientes de mica delgada y quebradiza que resbalan sin agitarse. Viéndolo pasar, se supone que ha sido el modelo de la primera avioneta...

Un mamboretá, adherido a un tallo, mimetiza una espiga verde —lo mismo que podría mimetizar una seca. Mueve desgonzada su cabecita triangular de minuciosa talla: en lo alto, resaltan vivos los puntos de los ojos siempre atentos, y en lo bajo, la boca faunesca parece besar con devoción las manos que eleva orantes... Cual si armara una silla de viaje, despliega la falsa escuadra de sus grandes zancas dentadas, la vuelve a plegar y, con impulso, se lanza al espacio...

Llega un escarabajo que adopta la actitud de un torito empacado. En un alarde espectacular, se ha echado sobre las espaldas de azabache toda la lumbre del día y la ostenta muy ufano... Embiste una boñiga seca y, al moverla, infinidad de rubias y minúsculas hormiguitas huyen despavoridas. Parecen ir diciendo cosas tremendas del monstruo que las espantó, lo que no impide que si ese monstruo cayera, mal herido o muerto, se volvieran al punto y forrándolo todo con sus cuerpos, comenzaran a devorarlo hasta dejar sólo la coraza...

Una cigarra gira delirante su sierra sin fin, obstinada en aserrar ella sola una rama. El sol pasa por el transformador de su vientre y se vuelve sonoro, tal como el aire que pasa por los tubos de un órgano. Su estridor se prolonga ininterrumpido y llena el ámbito... Aguzo el corazón como un oído, para mejor recoger esa voz familiar y querida que me llega desde la infancia con el sabor de aquellos veranos campesinos, y la escucho emocionado... Que la voz de una cigarra puede darnos todo el verano, como la vibración de un caracol puede evocarnos todo el mar...

Mientras tanto, el sol sigue cosechando abejas...

(De Juan Burghi, Zoología lírica.Estudio preliminar y notas de María Isabel Siracusa. Edición dirigida por María Hortensia Lacau. Buenos Aires: Kapelusz, 1969. Grandes obras de la literatura universal, 69)

 

  1. Casi simultáneamente, en algún libro o manual escolar, encontré otro poema dedicado al hornero, de Leopoldo Lugones, que aprendí de memoria. Lo transcribo:

    El hornero

    La casita del hornero
    tiene alcoba y tiene sala.
    En la alcoba la hembra instala
    Justamente el nido entero.

    En la sala muy orondo,
    El padre guarda la puerta.
    Con su camisa entreabierta
    Sobre su buche redondo.

    Lleva siempre un poco viejo
    Su traje aseado y sencillo,
    Que, con tanto hacer ladrillo,
    Se le habrá puesto bermejo.

    Elige como un artista
    El gajo de un sauce añoso,
    O en el poste rumoroso
    Se vuelve telegrafista.

    Allá, si el barro está blando,
    Canta su gozo sincero.
    Yo quisiera ser hornero
    Y hacer mi choza cantando.

    Así le sale bien todo,
    Y así en su honrado desvelo,
    Trabaja mirando al cielo
    En el agua de su lodo.

    Por fuera, la construcción,
    Como una cabeza crece,
    Mientras, por dentro parece
    Un tosco y buen corazón.

    Pues como su casa es centro
    De todo amor y destreza,
    Lo saca de su cabeza
    Y el corazón pone adentro.

    La trabaja en paja y barro,
    Lindamente la trabaja,
    Que en el barro y en la paja
    Es arquitecto bizarro.

    La casita del hornero
    Tiene sala y tiene alcoba.
    Y aunque en ella no hay escoba,
    Limpia está con todo esmero.

    Concluyó el hornero su horno,
    Y con el último toque,
    Le deja áspero el revoque
    Contra el frío y el bochorno.

    Ya explora al vuelo el circuito,
    Ya, sobre la tierra lisa,
    Con tal fuerza y garbo pisa,
    Que parece un martillito.

    La choza se orea, en tanto,
    Esperando a su señora,
    Que elegante y avizora,
    Llena su humildad de encanto.

    Y cuando acaba, jovial,
    De arreglarla a su deseo,
    Le pone con un gorjeo
    Su vajilla de cristal.