Así fue ArgimiroLa última gota de agua había caído ya, sólo quedaban las gotas de rocío en las hojas de los árboles, y ese fresco verde-limpio...
Las calles, de tierra roja, tenían unos charcos gigantescos que parecía que era necesario atravesarlos en canoa, y las ruedas de la carreta se quedaban allí pegadas dentro de esa masa roja, pegajosa y caliente, a pesar del aire helado que comenzaba a correr, y el burro que se resistía a seguir luchando contra el mar de fango...
Las finas y delicadas señoritas, de familia, se negaban a salir de sus casas hasta que no saliera el sol y secara bien las calles, pues los elegantes zapatitos de satén que habían copiado de una revista vieja se podían dañar...
Los tenderos se sentaban con aire de fastidio tras los mostradores de sus empolvadas mercancías a esperar la venta que les arreglara el día, y el frío empezaba a sentirse pues la época de invierno ya había llegado, anunciándose con un fuerte aguacero de gruesas gotas de agua que a todos había tomado por sorpresa, pero a él no.
Pocas cosas tomaban por sorpresa a Argimiro, él siempre estaba prevenido para lo que viniera, así pues él había observado los pequeños y frágiles cambios de la naturaleza, había percibido el frescor de la brisa que corría más rápido, las hojas que se iban cayendo poco a poco, el azul del cielo que era más pálido, el olor de la tierra que había cambiado también, el trino de los pájaros se hacia más impaciente... y todo eso lo había notado Argimiro, el loco, como le decían todos, pues a él a veces le costaba expresar las cosas que sabia; desde pequeño, Argimiro había tenido todo tipo de problemas, porque tartamudeaba y tenía un tic que le hacía estremecerse y mientras más le regañaba su madre más se acrecentaba su problema.
Y esto era lo que le había hecho apartarse de todo y de todos, con lo que se ganó el apodo de loco.
Poco le importaba eso a Argimiro, pues así lo dejaban tranquilo y podía dedicarse a lo que más le gustaba, y disfrutaba, en realidad gozaba yéndose al campo para mirar a los pájaros, las hormigas y los gusanos, y todos los animalitos que allí se encontraban para aprender de ellos, Argimiro llevaba en sus bolsillos migas de pan para alimentar a las pequeñas pues su delicada laboriosidad le conmovía y así les aligeraba el arduo trabajo, también miraba los árboles y las nubes que, calladas desde arriba le miraban y enviaban señales que sólo él, Argimiro, sabía interpretar.
Y por esa afición de irse a los campos fue por lo que le encomendaron cuidar las vacas para que pareciera que tenía oficio. Y la madre que era una señora de familia, pues era descendiente de los primeros pobladores de aquel pueblo y tomaba parte de todas las actividades de la iglesia, colaboraba con la escuela y con la asociación de viudas, sentía vergüenza y dolor de ver a su hijo ser el burlete del pueblo; Argimiro, el menor de los cinco hijos de doña Teodosia, era la oveja negra de la familia, pues Nemesio, el mayor, era el boticario del pueblo, respetado y querido; Ambrosina, la segunda, estaba casada con el doctor; Hilario, el tercero, se había ido para el ejército, y Cesárea, la cuarta, estaba por casarse con el hijo de don Chucho, el prefecto.
Sucedía entonces que cuando le preguntaban a doña Teodosia por Argimirito, a la honorable señora le daba un sofocón y sólo respondía con un diáfano —Está bien, sí; mire, y dígame cómo sigue su querida suegra, que cuando la vi me pareció como que estaba delicada... —y así la conversación se perdía por otros rumbos.
Argimiro sabía que la madre sufría pero no le importaba, pues hacia tiempo que él había dejado de tratar de entenderse con ella.
Él era libre como el viento y los pájaros, y no podía verse atado a una casa, a unas obligaciones.
Le gustaba sentarse en la plaza a mirar la gente y pensar, crear historias sobre ellos que sólo se contaba a sí mismo. Gracias a su afición de mirar y escudriñar la gente y las cosas, podía prever los acontecimientos, las conductas y los resultados, por lo tanto nada le tomaba desprevenido, así que para él no fue sorpresa cuando Carlotica se le acercó para hacerle saber que lo quería y lo comprendía, y que sólo soñaba con pasar los días a su lado, y comenzaron entonces a salir juntos y mientras Argimiro miraba las nubes ella callada leía y después empezó Argimiro a tratar de hacerle comprender lo que veía y ella entendía y parecía interesada también. Y Argimiro sin grandes preocupaciones se enamoró de Carlotica, y cuando le declaró su amor lo hizo sin tartamudear, y hasta el tic se le quitó cuando ella apasionada lo besó después de darle el sí.
Y la gente fruncía el ceño cuando los veía pasar por las calles tomados de la mano embelesados en ellos mismos sin ver a nadie, y murmuraban, y en susurros decían: —¿Será que el loco de Argimiro se compuso y se dejó de loqueras? ¿Será que don Pantaleón sabe las andanzas de Carlotica? Fin de mundo, mi amor —decían las viejas, "Qué lástima por esa niña, de una familia tan decente, ¿ah?, y anda con ese loco de Argimiro p'arriba y p'abajo...".
Pero ellos hacían oídos sordos a todos los comentarios mientras seguían paseando, y ambos mirando las nubes y preparándose para todos los cambios de clima y viviendo felices, libres y amándose mucho, haciendo realidad los sueños...
Entonces decidió Argimiro enseriarse y consiguió trabajo de cartero para empezar a ahorrar para casarse, pues ellos querían formar un hogar y llenarlo de hijos.
Trabajaba todas las mañanas, subía, bajaba y entregaba cartas, telegramas y encomiendas con tal rapidez y amabilidad, que poco a poco se fue ganando el respeto de toda la gente del pueblo para orgullo de Carlotica.
Comenzaron los preparativos para la boda, ya tenían la casa y los muebles, la fecha fijada, la torta encargada, y los músicos convidados.
Pero en eso estalló la guerra civil, y llegaron soldados de uno y otro bando al pueblo donde se trabaron en una fuerte lucha, y lo que Argimiro no pudo prever, y Carlotica temía, ocurrió: una bala perdida lo alcanzó y lo mató sin darle tiempo para notar qué era lo que le estaba pasando, dejando a Carlotica sumida en el más profundo dolor.
Y cuando la guerra acabó a ella no le interesó saber quién ganó, sólo supo que Argimiro perdió, y que ya no le tenía a su lado contándole historias de las nubes y las hormigas, y sólo quería llorar y dormir para no pensar, para no sentir... La obligaron a vender las cosas que habían comprado para su casa, y a salir, a comer y a volver a vivir.
Empezó Carlotica a irse a los campos, a oír a las hormigas y ver las nubes, y la gente empezó: "Pobrecita, ¿será que se puso loca?, esa niña sí que sufre, ¿qué ira a ser de ella..?".
Y una tarde Carlotica no volvió, pasaron los días y nadie supo de ella hasta que decidieron irla a buscar y la encontraron allí tiesa, entumecida con una sonrisa fría en los labios, pues hacía ya días que se había ido con Argimiro y ahora los dos desde las nubes contaban los árboles y veían los prados.