Goyo, por María Elena Ludeña Goyo

A Alberto.

Gregorio estaba aferrado a la idea de la muerte. Siempre que podía en soledad y silencio, aunque sólo por unos segundos, él pensaba en la muerte... No podía evitarlo, era algo que iba más allá de su voluntad.

Obsesionado, vivía en un pueblo pequeño, Mendoza, con dos calles; una que subía y otra que bajaba, que por nombre tenían la calle de arriba y la calle de abajo, y la Panamericana que bordeaba todo el pueblo y que a pesar de que la habían hecho hacía ya más de cuarenta años todavía la gente del pueblo le decía la carretera nueva. En Mendoza, todos se conocían y les costaba aceptar a los extraños.

Don Goyo, como le decían los niños, había nacido allí, también sus padres y sus abuelos, él era miembro de una de las más antiguas familias de Mendoza. Goyo era barbero, cosa que su padre, don Eulogio Graterol, no veía con mucho agrado pero como Goyo era el menor de sus hijos, no le quedaba más remedio que aceptarlo, porque Teodoro, el mayor de los hijos de don Eulogio, que ahora se encargaba de mantener la finca, era el que a su muerte quedaría al mando, para lo cual desde pequeño había sido preparado. En Mendoza, las costumbres eran muy fuertes, y el mayorazgo se imponía desde tiempos inmemoriales y para desconsuelo de muchos, seguía manteniéndose. A Goyo poco le preocupaba el asunto. Cuando tuvo edad para entender que a él le correspondía aprender un oficio porque era muy poco lo que le iba a tocar de los bienes familiares, se dedicó con calma y paciencia a buscar algo que le gustase y conviniese, con el apoyo total de su madre, doña Elsa Becerra de Graterol, que lo consentía y mimaba, no tanto por ser el menor de sus siete hijos, sino porque siempre había sido el más enfermizo, empezando que había nacido ochomesino. En Mendoza decían que un niño que nacía a los ocho meses tenía menos posibilidades de criarse que cualquier otro. Después, cuando tenía cuatro años, le dio sarampión, a los siete se cayó de una mata de mamón y estuvo inconsciente por dos días y le tuvieron que agarrar seis puntos en la cabeza; a los nueve, le dio un ataque de lombrices que casi se murió, y para completar estaba el asma que sufría como desde los dos años que le había dado bronquitis; era, pues, como decía doña Elsa, un muchacho enfermizo y requería de muchos cuidados.

Inés, su hermana, la tercera del grupo de hermanos, fue la que le sugirió la posibilidad de que se hiciera barbero, porque don Aniceto, el barbero, ya estaba viejo y no tenía sucesor y necesitaba un ayudante.

Sin problemas fue aceptado por don Aniceto como ayudante y aprendiz, y trabajaba con diligencia, trataba a los clientes con amabilidad, quienes veían en él a un amigo y confidente, y en la barbería de don Aniceto se trataban los más diversos temas, desde el abono que debían utilizar hasta los problemas de cuernos que les ponían a sus esposas, y las parrandas con muchachas ligeras de cascos.

Goyo, al principio, escuchaba callado pues pensaba que no debía meterse en los asuntos de esas buenas personas; pero pronto, al sentirse en confianza, su personalidad abierta y parlanchina salió a flote, y sus comentarios agudos e irónicos no se hicieron esperar. A la vuelta de un par de años, don Aniceto decidió retirarse del oficio y le dio a Goyo la oportunidad de comprar algunos de los implementos que habían en su barbería, para que pudiera establecerse por su cuenta.

Resultaron pocos los objetos que compró Goyo, porque tenía ciertas ideas de cómo mejorar el decorado y modernizar la barbería; los demás muebles como sillas, lavamanos y espejos, los mandó a hacer y los encargó a una ciudad vecina. El resultado fue una agradable sorpresa para los vecinos de Mendoza, pues aparte de cortarse el pelo y afeitarse, había una pequeña salita donde las damas podían arreglarse las uñas mientras disfrutaban una taza de aromático café.

Al cabo de poco tiempo la barbería de Goyo se convirtió en uno de los más populares centros de reunión, incluso más que la plaza de Mendoza, todos los que querían saber algo, o conocer a alguien, o concertar un negocio, o simplemente cordializar con sus vecinos acudían sin falta a la barbería de Goyo.

Todos disfrutaban tanto de su trabajo como de su agradable compañía, y de sus comentarios mordaces y picantes que siempre tenía a flor de labios. Goyo aparentaba ser un hombre feliz y tranquilo sin mayores preocupaciones que el común de las personas; incluso menos, pensaban sus amistades, pues nunca se había decidido a casarse, ya que ninguna muchacha le era grata, todas tenían algún defecto sobre el cual no perdía oportunidad Goyo para comentarlo con un ácido sentido del humor, con el mismo que aclaraba que los hombres en realidad le desagradaban. Pero eso no le preocupaba en lo absoluto; solterón empedernido, siempre estaba predicando sobre las ventajas de la dulce y feliz soltería. Lo que en realidad le preocupaba era la muerte. Pasar de plano como lo llamaban los estudiantes de metafísica, el nacimiento a otra vida; en fin, lo que le atormentaba era el cambio de vida a muerte. No tanto el hecho de morirse, él entendía que eso es parte de la vida misma y que todo ser tiene que morir, eso estaba totalmente claro y eso no era el problema, el problema era lo que pasaba después con el cadáver, le atormentaba imaginarse el primer día cuando en medio de la sala de la casa estaba el ataúd abierto rodeado de flores y velas, sillas unas mas cómodas que otras, dolientes unos más sinceros que otros, sin que falten los que van sólo por las galletas, café y demás bocadillos que suele ofrecerse en estos sitios, también le atormentaba la tradicional cortinita blanca atada con una cinta lila con un gran lazo en el centro en la puerta principal, que anuncia a todos los vecinos la presencia del difunto, pues Mendoza, como era un pueblo muy pequeño, no tenía funeraria, los servicios fúnebres de ataúd y transporte se contrataban en una ciudad vecina que quedaba como a unos quince minutos, pero los rezos y las últimas despedidas al difunto se las daban en la casa donde había vivido. También era terrible para él imaginarse las "simpáticas" señoras que en muestra de gran afecto hacia los familiares del muerto llegaban y decían:

—¡Ay!, tan bello que se ve, ¡quedó igualito!

Cuando el pobre difunto estaba amoratado e hinchado, aparte de las personas que iban sólo a criticar:

—¿Viste?, tenia la boca abierta.

Y luego abrazaban a los deudos diciendo:

—Resignación, resignación.

No, el solo hecho de estar rodeado a su muerte de personas que nunca le habían visto con buenos ojos, sólo por curiosidad morbosa, le crispaba los nervios, y cada año que pasaba más fuerte se hacía esta particular obsesión. Así, pues, empezó a idear un plan; él quería saber, lo necesitaba, quiénes eran las personas que estarían a su alrededor el día que lo velaran; aparte de eso, deseaba con desesperación conocer la sensación de estar dentro de un ataúd. Sentir la suavidad del satén que cubre las paredes del estrecho cajón, la casi imperceptible almohadilla que colocan debajo de la cabeza, pero por sobre todo lo que más le interesaba era poder oír las lamentaciones de los amigos, y los comentarios mordaces de los que no eran tan amigos, también saber si los enemigos irían a regodearse de su infortunio o simplemente se quedarían tranquilos... Esta curiosidad le carcomía, no le permitía estar ni un solo momento en calma, cada momento en que se quedaba en silencio rumiaba su obsesión.

En uno de esos momentos de febril imaginación ideó una manera de ver su propio funeral: iría a un velorio donde ya todo estuviera armado, no fingiría su muerte porque comprar ataúd y todas esas cosas que hacen falta era demasiado caro, así pues que iría a un velorio y en el momento en que no hubiese nadie en la sala, sacaría en un rápido movimiento al muerto y lo escondería y él tomaría su lugar por un rato mientras conocía la sensación de estar muerto, escucharía todos los comentarios, claro está que no eran para él pero eso no importaba, y luego sin más ni más se saldría del cajón, y ya así terminaría su obsesión. Habiendo tomado esa decisión, encontró algo de calma y sosiego, y comenzó a esperar al próximo muerto.

Tardó algún tiempo hasta que encontró al muerto adecuado, porque era muy importante que fuesen de la misma talla y peso, y llegó el día tan esperado; consiguió al muerto deseado, sólo tenía que esperar que llegara el mediodía para que todos se fueran a almorzar y él se quedaría cuidando al difunto, momento que aprovecharía para hacer el cambio. Esa mañana la pasó inusualmente callado y nervioso hasta que al fin llegó el mediodía y se dirigió a la casa del finado, amablemente se acercó a la viuda y con cara de circunstancias le dijo que se fuera tranquila a comer y descansar que él se quedaba acompañando al difunto, cosa que le agradeció profundamente la buena mujer.

Cuando se quedó solo, miró a todos lados y abrió la tapa de vidrio y miró fijamente al muerto a la cara y le dijo:

—Mira, chico; es mi turno ahora, por un ratico nada más...

Y con no poco esfuerzo, lo sacó del ataúd y lo arrastró hasta la otra salita, luego se serenó un poco, se secó el sudor y cuidadosamente se metió en el ataúd, justo a tiempo porque ya venían entrando las personas que venían a dar el ultimo adiós.

Goyo sentía tanta satisfacción que no podía disimular una leve sonrisa, en ese momento se acercó un hijo del finado que se dio cuenta de que la tapa de vidrio no estaba bajada, y entre lágrimas y sollozos decidió bajarla al mismo momento que aprovechaba de cerrar completamente el ataúd pues ya era hora de irse a la iglesia para la misa de cuerpo presente.

Metieron el ataúd en el carro fúnebre y su conductor, un jovencito como de unos dieciocho años, aburrido por el funesto trabajo que tenía que desempeñar, se colocó en los oídos los audífonos para poder escuchar una música estridente a todo volumen. No pudo escuchar el golpeteo desesperado en la tapa del ataúd.