Las gallinas de Fanny
A Sofilú, que siempre me da buenas ideas.
Fanny pensaba que las gallinas eran diabólicas. Esto lo pensaba todos los días cuando tenía que levantarse a las seis de la mañana para soltarlas del gallinero donde las encerraba todas las noches, porque su abuela decía que si dormían afuera se las llevaba el rabipelado. A Fanny le molestaban las gallinas, le parecían tontas, y además le quitaban el sueño y más tarde le quitaban tiempo de jugar con su muñeca porque, según decía su abuela, los huevos había que recogerlos recién se salía la gallina del nido, y entonces cada vez que una gallina se salía del nido la abuela llamaba a Fanny para que fuera a recoger los huevos, y ella tenía que interrumpir todo lo que estuviera haciendo para ir, inmediatamente, como decía la abuela.Recoger los huevos era lo que menos le molestaba, lo que más le fastidiaba era cuando tenía que ir a darles los desperdicios que quedaban en la cocina, las gallinas la rodeaban y en la desesperación por comer y alcanzar los mejores bocados, picoteaban todo e incluso la picaban a ella, y como se le acercaban tanto, podía verles bien los pequeños y redondos ojitos, marrones, llenos de rayitas que la miraban inquisidores, esos ojos le parecían a Fanny que estaban llenos de maldad, pues no se les veía la parte blanca como a los demás animales, además a esa distancia podía sentirles el olor característico, pero desagradable de las gallinas.
Eran las gallinas negras con la cresta roja y las patas con un fuerte color anaranjado las que más le molestaban, pues le parecían pequeños diablos, listos a saltarle encima quién sabe con qué nefasto fin.
Este era el trabajo que Fanny tenía que cumplir, pues la abuela decía que todos tenían que colaborar en el oficio de la casa, pero que a los niños no se les podía mandar a hacer cosas muy fuertes porque se podían pasmar, así que encargarse de las gallinas y de los mandados era el oficio de los niños y como la única niña de esa casa era Fanny no le quedaba más remedio que cumplir con lo que la abuela decía.
De todo el pueblo, la familia de Fanny era, a juicio de ella y de sus amigas, la más pintoresca. En la casa de la abuela vivían las tías y el papá de Fanny. Las tías de Fanny eran muy particulares, una era gorda como una vaca y la otra tan flaca y seca que se jorobaba.
Otilia, la gorda, era telegrafista y pasaba el día comiendo paledonias que compraba por docenas; y luego, al volver a la casa, se quejaba y angustiaba por estar gorda y todo el tiempo lo pasaba tomando brebajes e infusiones para rebajar; se tomaba todo lo que le dijeran que era bueno. Había tomado conchas de berenjena en ayunas, garbanzos crudos remojados, hojas de alcachofa hervidas, una pasta de lecitina de soya que el solo olor le daba náuseas a Fanny; y así se había hecho todos los remedios habidos y por haber para rebajar pero no dejaba de comer paledonias, suspiros y demás golosinas. No había vestido que le quedara bien, ni siquiera los que le hacía la costurera, por lo tanto siempre estaba mal vestida, ajustada con los botones que si respiraba fuerte se le saltaban, y las mangas que no le permitían rascarse la nariz de lo apretado que le quedaba en la espalda, y para completar tenía el pelo que no se quedaba de ninguna manera, corto o largo, limpio o sucio, siempre parecía sucio y estaba pegado a la cabeza, no había manera de acomodarlo, y esto la hacía sufrir, pero no se lo demostraba a nadie, ella siempre estaba de buen humor y sonriente.
Matilde, la flaca, era, por contraste, tan flaca que parecía que se la iba a llevar el viento. Era maestra y tenía la cara marcada de un acné muy fuerte que le había dado de adolescente, y ahora, aunque no era una jovencita, todavía tenia problemas de espinillas y barros que le salían por toda la cara. Estaba comprometida con Ramón, quien tenía la bodega más grande de todo el pueblo, desde hacía ya como diez años y aún no se decidían a casarse, y todas las noches como a las siete, Ramón iba a visitarla con un ramito de flores que cortaba en la plaza, y se quedaba hasta las nueve que llegaba Asterio, el papá de Fanny y hermano mayor de Matilde, con cara de tranca, porque Ramón le caía mal, y después de un breve saludo él decía que estaba cansado y que quería dormir para lo cual necesitaba silencio, entonces se levantaba Ramón, se despedía y se iba para volver al día siguiente y así durante toda la semana a excepción del domingo, que era el único día que salían juntos y era para ir a la misa de once, a la de cinco no iban porque era muy tarde y las muchachas decentes como Matilde no salían tan tarde sino era con la mamá o con los hermanos, y de ese modo ya se habían consumido diez años de su vida.
Asterio era el mayor de los hijos de doña Cleotilde, se había casado sólo una vez en su vida y había sido con la mamá de Fanny, y eso había pasado sólo por descuido, pues se habían tenido que casar porque Fanny ya venía en camino, con la mala suerte que su esposa era muy débil y no había podido sobrevivir al nacimiento de Fanny, hecho que en realidad a Asterio no le entristeció la gran cosa, porque hacía ya algún tiempo que había notado que las mujeres no le agradaban demasiado, aunque los hombres decididamente no le gustaban. Tenía a Fanny y sentía que ya había alcanzado una de las metas que se había propuesto de pequeño, que era tener al menos un hijo; aunque él hubiera preferido un varón, estaba satisfecho con Fanny, y para cumplir la promesa que le había hecho a su difunta, de cuidar a su hijita y darle todo lo que pudiera necesitar, había comprado un puesto en el mercado de una ciudad vecina que quedaba como a unos quince minutos, donde vendía todo tipo de loterías, la de los animalitos, los números, terminales de las loterías principales, y afines. Eso le llevaba todo el día y, cuando llegaba la noche, cansado se comía sus arepas con mojo y guarapo y se ponía a leer el periódico, después daba una vuelta por la plaza, conversaba aquí y allá para finalmente irse a dormir. Los días que veía a Fanny eran los domingos, pues salía muy temprano cuando la niña aún dormía y regresaba cuando ya la niña dormía, que iban con la abuela y Otilia a misa. Los domingos, Asterio se afeitaba la barba y se recortaba el bigote, se echaba gomina en el pelo, que usaba con la raya por la mitad, y se ponía su mejor camisa que era una guayabera azul; además, ese día se ponía zapatos pues el resto del tiempo andaba en cotizas; en fin, se ponía sus mejores galas.
A Fanny la abuela le ponía cada dos domingos un vestidito nuevo que ella misma le hacía, y aunque parecía un despilfarro gastar tanto en vestidos nuevos, la abuela decía que a pesar de ser pobres la niña tenía derecho de darse un lujo; sin embargo, Fanny hubiera preferido en vez de tantos vestidos, le permitiera no atender las gallinas el domingo, pues no había manera de convencerla de que las gallinas no eran animales diabólicos.
Los domingos, al salir de misa, Asterio le compraba un polo de coco a Fanny y así se sentía buen padre; después, se iba a la plaza a conversar con sus amigos y más tarde se reunían todos en la casa de alguno a jugar dominó y fumar tabaco, no bebían cerveza por respeto al día domingo, día del Señor.
Fanny podía irse a jugar con sus amiguitas a la plaza, pero siempre del lado de la casa de ella para que su abuela las pudiera ver por la ventana, porque nadie sabía lo que le podía pasar a unas niñas a quienes dejaban solas en la calle. Ese día, Ramón llevaba a Matilde a almorzar a su casa con sus padres y ella no regresaba sino hasta las cinco.
Otilia se reunía con Josefa, que era su mejor amiga, y se sentaban en la ventana a ver pasar los galanes hasta que llegaban los que las cortejaban a ellas, pues a pesar del desdichado aspecto de Otilia, tenia un pretendiente que estaba muy enamorado de ella, pues decía que tenía un carácter muy agradable y la sonrisa siempre dispuesta.
Josefa, la amiga de Otilia, estaba siempre al día de las últimas noticias sobre los bebedizos que eran buenos para rebajar, porque ella también era gorda, pero era muy cobarde y experimentaba con la pobre Otilia que se dejaba hacer de todo con tal de bajar de peso. Y esa tarde llegó Josefa con la nueva fórmula mágica que les haría perder veinte kilos en un mes; se la había dado Petra, que era la bruja del pueblo y leía el tabaco, montaba y quitaba trabajos, y curaba a la gente con toda clase de asquerosos brebajes. La fórmula que le había dado a Josefa, consistía en que en una noche de luna llena tenía que irse a una encrucijada a recoger los hongos que nacieran en una bosta de vaca, guardarlos para el día siguiente cuando, con anterioridad habría recogido y tostado cinco plumas de una gallina negra que haya estado clueca, debía moler todo eso y hacer unas infusiones que debía tomar todas las noches antes de acostarse, por tantos días como kilos quisiera rebajar, de la mezcla. Sólo debía utilizar una cucharadita pequeña por taza y después ponerse una pijama roja, al revés. Otilia se emocionó mucho con la posibilidad de por fin conseguir su sueño y el día anterior a la luna llena le encargó a Fanny que le recogiera las plumas de gallina, y se dedicó a tostarlas a pesar de las quejas de todos debido al terrible olor que despedían las plumas. Otilia hizo caso omiso de las protestas de todos, pero se compadeció de Fanny, y le regaló dinero para que al día siguiente pudiera comprar caramelos en la escuela. Fanny quería mucho a Otilia, porque ella siempre tenía tiempo para oír sus cuentos y a veces, muy de vez en cuando, jugaba con ella haciéndole ropa para su muñeca.
El día siguiente fue de gran ansiedad para Otilia, pues ese día había luna llena, apenas pudo esperar a que anocheciera para que todos se durmieran y se pudiera escapar para ir a buscar los hongos en la encrucijada. Cuando por fin tuvo todos los ingredientes y los materiales, Otilia casi temblaba de la emoción, sería flaca, los vestidos le quedarían bien, y en su deseo de acelerar el proceso decidió aumentar la dosis, pensando que, si una cucharada era buena y le hacía perder un kilo, cinco o mejor ocho, no, diez, eran mucho mejor. Y así lo hizo, se preparó el bebedizo, se puso la pijama roja al revés, se apretó la nariz, porque la bebida tenía un olor espeluznante, y apuró todo el líquido de un solo trago, y rápidamente se fue a acostar.
Apenas llegó a su cama sintió un extraño cosquilleo en la punta de la lengua que iba subiendo a su cara, a la vez que iba sintiendo una especie de euforia que por un breve momento le hizo pensar que no la dejaría dormir. Se acurrucó bajo las cobijas cuando, de repente, vio cómo una gallina bastante más grande que las comunes entró a su cuarto; se levantó para espantarla, pero cuando se le acercó ya no estaba. Volvió a su cama y trató nuevamente de dormir, pero estaba sintiendo náuseas, a las que no les hizo caso, porque repentinamente estaba muy cansada; entonces volvió a ver la gallina, pero esta vez más grande que la anterior y seguida de muchísimos pollitos que se acercaban cada vez más y más a su cama, y la miraban fijamente, y Otilia del miedo que tenía no podía ni siquiera gritar, y la gallina empezó a picotear sobre su estómago y todos los pollitos también y le dolía mucho pero no se los podía quitar de encima y empezó a temblar y le castañeaban los dientes como si tuviera mucho frío, pero sudaba a mares, no sabía si era de miedo, dolor o de los dos a la vez, y se enrolló en las cobijas, pero la gallina se hizo más grande y los pollitos le picaban más duro y al fin logró articular palabra y llamó a su mamá, aunque sólo le salió un grito gutural y horrible. Todos se despertaron y corrieron al cuarto a ver qué era lo que pasaba y la encontraron allí, vuelta un ovillo entre las cobijas, con la saliva escurriéndosele por un lado de la boca, con los ojos volteados y lo poco que se le entendía era: "Ga... lli... na...", cuando se dieron cuenta de que Fanny estaba allí mirando, con los ojos que se le salían de la cara del pavor que sentía; alguien la sacó, quizás Matilde, y la mandó a dormir, pero la pobre no podía dormir, en su mente sólo se repetía la imagen de la pobre Otilia contorsionándose y babeando diciendo Gallina, gallina.
A la mañana siguiente, entró la abuela en el cuarto de Fanny; la abuela se veía cansada e inusualmente demacrada, y se sentó en la cama de Fanny y con suavidad le retiró de la cabeza la cobija, y, al ver la carita flaca, tan pálida y asustada, trató de sonreír para tranquilizarla, pero no pudo, entonces la tomó en sus brazos, la arrulló un rato, la besó en la frente fría, y con mucha suavidad le dijo que la tía Otilia se había enfermado y que se había muerto, y que se pusiera el vestido blanco, porque ya se iban para la misa de cuerpo presente. Fanny no pudo entender totalmente lo que quiso decir la abuela con eso de que la tía Otilia se había muerto, pero sí sabía que no era nada bueno lo que le había pasado, y mientras se lavaba para vestirse seguía recordando las últimas palabras que le oyó decir a Otilia y que le retumbaban en la cabeza: Ga... lli... na..., y pensaba que las gallinas son diabólicas.