Filix, por María Elena Ludeña Filix

Era una planta joven, no muy frondosa; el verde de sus pequeñas y perfectas hojas, cada una simétricamente igual, pero tan diferentes a la vez, resaltaba con el rojo encendido del matero de plástico, que había sido comprado con el cariño de quien ama las plantas pero no tiene el dinero para pagar los caros y finos materos de cerámica italiana que venden en la tienda de Pascualino.

El helecho estaba puesto cuidadosamente en un rincón de la casa donde no le daba ni mucho ni poco sol, simplemente lo necesario.

Cuando recién llegó del campo en el que había nacido, sentía una gran confusión que se confundía con miedo, y con gran cautela y precaución alzaba sus tímidas ramas para observar el nuevo mundo que tenía a su alrededor, e inspeccionaba todo, y así vio un montón de cosas extrañas para él, pero que había oído nombrar por un geranio que había sido trasplantado, pero que nunca había soñado conocer.

Pronto empezó a sentir más confianza y la confusión de los primeros días estaba pasando, ya le era más fácil aceptar la mano cariñosa que lo regaba todos los días y de vez en cuando le removía la tierra.

Al helecho le gustaba en las mañanas estirar poco a poco sus ramas y lentamente ir mirando alrededor y con buenos modales darle los buenos días a las demás plantas y objetos que se encontraban en su entorno, pues él era muy educado. Ese día, cuando se desperezaba se encontró con dos grandes y escrutadores ojos que lo miraban fijamente sin pestañear. Con mucho recelo y precaución le devolvió la mirada, y descubrió que era un pequeño humano sentado en el suelo que no hacía más que mirarlo. El helecho, al sentir que el tiempo pasaba y los enormes ojos negros bordeados de rizadas pestañas, pues ya había detallado cuidadosamente al pequeño humano, no se iban, empezó a ponerse nervioso, y haciendo de tripas corazón se aventuró a decirle:

—¿Y tú qué me ves? —claro está que no esperaba respuesta, pues hacía tiempo que se había dado cuenta de que los humanos no entendían absolutamente nada de lo que las plantas trataban de comunicarles, a pesar de que lo hacían de todas las maneras posibles aquéllos no las entendían, por lo cual los humanos eran considerados por las plantas algo brutos, y la gran mayoría sumamente peligrosos.

—No sé —fue la respuesta.

—Entonces no me mires —respondió el helecho, sin darse cuenta ninguno de los dos de que por primera vez se habían comunicado y que tal vez se entendían.

—¿Qué eres tú? —preguntó el humanito.

—Soy un helecho —respondió orgullosa la planta.

—¿Un qué?

—Un helecho.

—¡Ah!

El pequeño, sentado sobre sus rodillas, seguía mirando al helecho, pero parecía que sus pensamientos ya se habían ocupado de otras cosas, quizás lejanas, quizás cercanas, no se sabe.

La inmovilidad del niño y sus ojos inquisitivos ponían nervioso al helecho, por lo cual se atrevió una vez más a dirigirle la palabra:

—¿Qué eres tú? —a pesar de que el helecho sabía perfectamente lo que el pequeño era, lo preguntaba a modo de conversación, ya que él pensaba que había que ser decente y educado incluso con los humanos.

—No lo sé —fue la respuesta.

—¿Que no lo sabes, cómo es posible? —exclamó un tanto sorprendido el helecho.

—Dime —dijo el niño—, ¿cómo haces tú para saber qué eres tú, es que te lo ha dicho alguien?

—Bueno, ejem, es algo difícil de responder pero yo siento que soy un helecho, también será porque todo el mundo lo dice.

—Sí, claro, todo el mundo dice que soy un niño, pero... ¿cómo lo sé yo?

—Bueno, mira; yo creo que eso mejor se lo preguntas a tu mamá —le respondió el helecho un poco fastidiado porque ya se estaba sintiendo acosado con tantas preguntas.

—Ese es el problema —continuó el niño—, ella no me puede escuchar.

—Se deberá acaso a que no le hablas lo suficientemente alto —respondió el helecho dispuesto a terminar la conversación.

—No sé, pero nadie me oye —insistió el niño—, además nadie me oye.

—¿Qué? Entonces... ¿cómo me hablas a mí?

—No sé, simplemente te miro y te oigo.

—Y... mmm... a los demás no los oyes... ¡ya!

—Algunas veces, pero tengo que esforzarme mucho y entonces me siento mal.

—Caramba, eso sí que es un problema serio.

—¿Y bien?

—¿Y bien qué?

—Bueno, dime, ¿cómo sabes qué eres tú?

—¡Ah, eso! Bueno, porque desde que nací sé que soy lo que soy, y ya —afirmó sencillamente el helecho.

—Entonces tú crees que todos sabemos lo que somos desde que nacemos.

—Sí.

—Y... ¿cómo sabes que eres?

—Pues porque siento —respondió el helecho meciéndose graciosamente con la fresca brisa que entraba por la ventana.

—Y, ¿qué es sentir? —quiso saber el niño.

—No lo sé exactamente, pero es algo que te viene desde dentro y te hace saber que estás vivo.

—¡Ay! Creo que no estoy entendiendo nada, ¿qué es vivir?

—Sentir —afirmó categóricamente el helecho.

—¿Es lo mismo sentir que vivir?

—Creo que sí.

—¡Ah! —exclamó el pequeño, y meciéndose sobre sus rodillas su atención fue captada por otra cosa, momento que aprovechó el helecho para reparar sus malos modales y saludar a todos sus vecinos, quienes lo observaban escrutadoramente, ya que ellos nunca habían podido comunicarse con el pequeño.

Sin embargo la atención del niño pronto volvió hacia el helecho y sus grandes y dulces ojos le hacían sentir incómodo y molesto pues no podía estar tranquilo si había alguien que lo miraba, y por lo tanto le espetó:

—¿Quieres hacerme feliz y dejar de mirarme?

—¿Qué es ser feliz? —comenzó nuevamente a preguntar el pequeño, y a la vez dio la impresión de que sus ojitos se ponían más redondos y curiosos.

—Es una forma de sentir.

—¿Dónde está? —yo no la he visto.

—Ay, caramba, eso sí que es algo difícil de explicar, pero según lo que yo entiendo la forma de sentir que es ser feliz, está a tu alrededor; claro está, si tú la sabes reconocer.

—No entiendo, explícame eso.

—Bueno, a ver si puedo; mira, yo tengo buena tierra, agua, y hasta tengo un humano que me cuida todos los días, lo que me da una sensación de bienestar que me hace ser feliz.

—Sí, bueno; pero dime, ¿dónde está?

—Mm, está dentro de cada quien.

—¡Ah!

Ensimismados en la conversación no se dieron cuenta de que la madre había llegado, y que apresurada se dirigió hacia el niño y le tomó en sus brazos llevándoselo sin percibir la muda despedida de los dos amigos; ambos sabían que no iban a volver a verse, porque la madre preocupada no permitiría que se encontraran de nuevo por temor a que se hicieran daño, pero había nacido entre ellos ese lazo inexpugnable que une a dos seres que comparten el mismo mundo: el del silencio impenetrable de aquellos que no pueden comunicarse con los demás.