A la gran incertidumbre, que acosa al joven, en la
elección del "rol" que le tocará vivir dentro de la comunidad, se suma el
fenómeno de libertad y rebeldía que congrega a los muchachos en círculos
aislados de las personas mayores.
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En Oriente, desde la antigüedad, existe una tendencia panteísta que une
todos y cada uno de los fenómenos en un absoluto e indiviso Dios
trascendente cuya fragmentación es sólo una forma de ilusión. Esta ventaja
de la que goza la mayoría de las concepciones indochinas se pone de
manifiesto en el aspecto religioso. Lao Tse, Confucio y Buda,
que enseñaron, entre otras cosas, la ilusión del yo (maya), la
cadena de vidas repetidas (samsara) y la idea de la totalidad (el
Tao), a diferencia de la religión judeocristiana, no seccionan ni ponen
límites a la realidad. Superan, por el mismo hecho, las paradojas que ha
planteado la ciencia en los últimos tiempos a la mayoría de los cultos de
Europa y América e incluso a las propias pautas científicas clásicas. Las,
no tan viejas, teorías newtonianas del siglo pasado han tenido que
ser modificadas en función de las recientes observaciones de la astronomía
y de la física cuántica.
Esta diferencia religiosa supuso un largo período de obstrucción en el
pensamiento de Occidente. La quietud científica y filosófica que ocupó unos
mil años de nuestra era, durante la Edad Media, se debió a la tendencia
excesivamente racional, ya manifiesta en los pensadores griegos,
politeístas y antecesores de las ciencias empíricas, de dividir la
naturaleza respondiendo a una visión subjetiva de la realidad. Al parecer,
la presión que ejerció la Iglesia en la ideología occidental perjudicó el
progreso intelectual del continente de manera tal que recién en el siglo
XVII una concepción tardía quiso independizarse de la vergonzosa conclusión
geocéntrica: una astronomía adoptada de las teorías
aristotélico-tolomeicas que concordaban perfectamente con las
escrituras bíblicas. Sin embargo, el sabio italiano Galileo Galilei
fue obligado a abjurar por apoyar la teoría heliocéntrica
copernicana que describía los movimientos de la Tierra sobre su eje y
en la órbita alrededor del Sol. En este sentido, el pensamiento oriental
gozó de una historia religiosa lo suficientemente libre que le permitió,
desde el principio, suponer que el ser humano no era, ni remotamente, el
centro del universo. Los chinos, ya en el año 183, descubrieron la
aparición de una estrella en el firmamento; tal hallazgo implica que los
orientales veían al universo como un sistema en movimiento, fluctuante;
esta visión del entorno difiere notablemente de la concepción estática que
defendió la cultura occidental hasta fines de la Edad Media.
Durante La Ilustración, en el siglo XVIII, los llamados
enciclopedistas se encargan de despertar a una Francia adormecida en el
poder de la Iglesia, el rey y la nobleza; Montesquieu, Voltaire y
Rousseau, entre otros, imponen la idea de ilustrar. Es este un
período de gran optimismo cultural que empujó la rebelión contra las viejas
autoridades y que consigue el triunfo en el año 1789 con la
Declaración de los Derechos Humanos, producto de la Revolución
Francesa. Sin embargo, aunque este logro significó una cierta
emancipación, más que nada, de la Iglesia y de la monarquía, el
racionalismo, legado por Renato Descartes, persistió. Sólo se
descubre una excepción que, si bien no se rebela contra la creencia
religiosa, sí lo hace contra la razón humana. El filósofo alemán
Immanuel Kant, nacido en el año 1724, publica sus obras:
Crítica de la razón pura, Crítica de la razón práctica, Crítica del
juicio. Pero la época no estaba preparada para cuestionar los límites
de la venerada diosa razón; al contrario, la Ilustración, así como los
científicos, se amparó plenamente en la lógica cartesiana y, en el aspecto
teológico, muchos prefirieron el deísmo al ateísmo radical.
El deísmo, también heredado del filósofo y matemático francés que hiciera
su famosa disquisición: "pienso, luego soy" en su Discours de la
méthode, considera al universo creado por Dios, al principio; sin
embargo, entiende, que el sistema continúa su curso, independientemente, de
una forma mecánica.
Después de la Ilustración y la catálisis que pudo haber operado en ella el
pensamiento kantiano y la posterior aparición del Romanticismo,
surge, ya en el siglo XIX, una corriente naturalista mezclando en
tiempo y en espacio a tres grandes detractores del orgullo humano: Carl
Marx, Charles Darwin, Sigmund Freud. El primero afirma que toda
ideología es producto de la base material de la sociedad; el segundo
demuestra que el ser humano es el resultado de una evolución biológica: el
tercero muestra, con su estudio del subconsciente, que los actos de los
hombres derivan de ciertos instintos animales. Muy lentamente, y ya en el
tiempo moderno, el occidental empieza a plantearse las primeras dudas
acerca del "yo" existencial; ese "yo", que cinco siglos antes de Cristo,
Buda, el iluminado, había refutado como una ilusión de los sentidos en su
célebre sermón de Benarés.
Pero existe un punto, en la ciencia moderna, que se acerca de forma
extraordinaria a las paradójicas descripciones de las experiencias
místicas: la física cuántica. Ciertamente, después de los nuevos
descubrimientos, los investigadores de la materia han tenido que recurrir
a un lenguaje estrictamente matemático; pero, las matemáticas, aun siendo
un sistema de símbolos mucho más escueto y preciso que el lenguaje
alfabético, no alcanza, en ocasiones, para describir el comportamiento de
las partículas subatómicas.
Finalmente, podría decirse que el lenguaje actual, así como el lenguaje
mítico de los pueblos indígenas, modela la cultura y la realidad de los
hombres, conduce a la conciencia en pos de la aventura que es, desde un
punto de vista ontológico, la libertad de Dios.
Hoy la palabra se ha convertido en un factor casi fundamentalmente social,
cosa totalmente justificada si se tiene en cuenta la gran cantidad de
diferencias que han proliferado entre los hombres de nuestro tiempo. Y aun,
en un mismo continente, en un mismo país y hasta en una misma ciudad se
observa esta heterogeneidad lingüística; tan sólo basta escuchar hablar a
un individuo para hacerse un juicio, aproximado, de la edad, cultura,
religión, posición económica, etc.
En los países americanos de habla hispana, que se consideran en vías de
desarrollo, se aprecia claramente la influencia de los países más
desarrollados. Esta alienación cultural, que es una consecuencia inevitable
de la expansión del sistema del "laissez faire, laissez passer",
socava la idiosincrasia autóctona de los pueblos. Esto significa que las
naciones poderosas, por medio de la filtración política, económica y
publicitaria, transforman el idioma, la mentalidad, la imaginación y muchas
otras circunstancias de la gente que habita en las regiones con una
economía de mercado débil y consumista. Es un hecho, principalmente en las
expresiones usadas por la juventud de nuestro país, el incremento de
anglicismos y términos de origen estadounidense. La transformación que
afecta, en este sentido, a los pequeños y grandes "pueblos" de América
latina, no se la puede vincular a una consecuencia del desarrollo cultural.
Al contrario, parecería, más bien, un rasgo de decadencia. En efecto, desde
el punto de vista sociológico, esta intromisión extranjera daña la
tradición, manifestando, a su vez lo discutible que se torna la premisa que
alude a la autonomía de las naciones, en estas circunstancias. De todas
maneras, más allá de cualquier intencionalidad que pueda alimentar el deseo
de dominación y el manejo psicológico de las masas, estos tigres rugientes
disponen de muchos recursos para introducirse en el vocabulario habitual de
la gente: la moda, la televisión, el trajín tecnológico, los productos
importados y, principalmente, el estilo de vida que ha ido imponiendo, en
prácticamente todo el mundo occidental y parte de Asia, un materialismo
desenfrenado.
La fuerte corriente que arrastra, a las personas, a una modificación de la
expresión hablada es, por lo general, de carácter, si no inconsciente, al
menos semiconsciente. El joven suele estar más propenso al impacto de estos
cambios; parecería que existieran ciertas etapas, en la vida humana
individual, en que el sujeto se halla más vulnerable a cambiar. La
adolescencia es uno de estos períodos de transición y es preciso, si se
pretende una opinión ecuánime, profundizar acerca de los esquemas
psíquicos que lo identifican. En primer lugar, podemos observar que este
trance evolutivo, como todos los "términos medios", se caracteriza por una
no definición. En este caso, respecto a los atributos socialmente
aceptados por y para el ser humano: estudios, trabajo, sexo, religión,
etc. A la gran incertidumbre, que acosa al joven, en la elección del "rol"
que le tocará vivir dentro de la comunidad, se suma el fenómeno de libertad
y rebeldía que congrega a los muchachos en círculos aislados de las
personas mayores. Esta postura, que puede interpretarse como un tipo de
aversión a los predecesores, puede tener origen en una reacción contra la
autoridad, reforzada por el vehemente deseo de autonomía. El movimiento
psicofísico que establece la transición de niño a adulto determina la
existencia de diferencias notables entre el lenguaje del adolescente y el
resto de la gente.
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