La labor del crítico, se ha dicho, consiste en interpretar lecturas. Y en última instancia en plagiar; es decir, su cometido no es comentar sino reescribir, traducir, convertirse en la voz deseada. Así pues, para adentrarnos en el complejo mundo de Alejandra Pizarnik, nos hemos apropiado del cuento de Borges, “Pierre Menard, autor del Quijote” y hemos establecido un complicado juego de espejos y autorreferencias donde el binomio autoridad/originalidad ha quedado anulado.
La literatura, al igual que los espejos, no sólo crea obras, también genera “duplicaciones” o “simulacros”, propiciando al mismo tiempo el exilio de quienes las “escriben”. Es decir, la estructura narrativa cambia con su lectura, con su reescritura, de modo que el texto en su recorrido especular va superponiendo infinitud de imágenes, máscaras, que socavan la autoridad de la palabra y de su productor, para construir una escritura fragmentaria, rizomática. La fractura de la unidad conlleva la pérdida del núcleo, de la referencia absoluta. Sin punto de sutura, la composición unitaria del libro estalla en mil pedazos poniendo en evidencia la apropiación de las referencias. Menard, como traductor y transcriptor del Quijote, no reconstruye una nueva versión a partir de nuevas interpretaciones, todo lo contrario, instaura una fisura en el mismo texto, que lo convierte en distinto, sin sentido primigenio. Asimismo la autora argentina, traduce y reescribe obras ajenas para “falsearlas y tergiversarlas”. Y Valentine Penrose (también lectora, traductora y reescritora) “arma” su biografía novelada utilizando documentación histórica y otras monografías relativas a la vida de la condesa húngara Erzsébet Bathory. En consecuencia, el Quijote de Menard, La Comtesse Sanglante de Penrose y La Condesa Sangrienta de Pizarnik son una copia de una copia, una simulación de un reflejo. Entonces, vemos que la escritura pizarnikiana se pierde en un intrincado laberinto de relaciones intertextuales, en el cual, tanto el lector como su autora participan de una “doble productividad”, como espejos y reflejos, como receptor y traductor que cita la novela de Penrose. En los autores citados reconocemos las huellas dejadas por sus lecturas, pero sólo como un reflejo sobre u
na superficie plana. El lector debe recorrer una geografía de fantasmas vinculados a los fragmentos, mientras el espacio laberíntico desmiembra la identidad del yo. Y aunque el narrador, al otro lado del espejo, solicita que la magia de las palabras y las metáforas sirvan de barquero, sólo existe un mundo de imitación y olvido. Porque las obras literarias, en este caso El Quijote, La Comtesse Sanglante y La Condesa Sangrienta son una reescritura/traducción de obras que son a su vez reescritura/traducción; de esta forma queda inaugurado un juego literario donde se pierden el original y la autoría.