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Jorge Gómez Jiménez |
Pepe y Luis Báez, de travesuras en playas y azoteas canarias y de amistades habaneras Mientras saco de mi interior en bruma los perfiles más indudables y duraderos, compongo con verdad y sinceridad la colección de los personajes amados que me propongo completar a paso de linterna en nieblas, ¿acaso no entregué infinitos instantes al agridulce placer de deambular por los recintos cerrados mucho tiempo a la memoria?, ¿y no cuido bastante eso de colgar cada cuadro en el sitio más adecuado de la galería exterior de mi alma? Consciente de que los pueblos pequeños motivan el trato frecuente en las estrechas vecindades, acerco el inestimable cariño de Pepe a la pluma del relator de melancolías que ahora escribe. Aunque no mantenemos vínculo de parentesco alguno, sino por razón de hondas simpatías de buenos allegados, tu expresión débil desempeñó conmigo el necesario papel de hermano mayor... ello sucedía a pesar de los cortos años con que aventajas a mi errar por la compleja metodología del proceder cabal en un mundo de impenitentes dementes. Inolvidable Pepe, ocupas por derecho propio un centro muy propio. En playas de infancia agotaba la espera de tu llegada diaria con juegos secretos entre los libertinos costurones de una loma volcánica; del muelle a la bajada de Clavellinas, a ratos recorría con los ojos en órbita el largo de la orilla hasta el momento en que distinguía tu inequívoco marchar bamboleante por la arena seca. ¡Un barco nuevo!, en los fuertes brazos que la poliomielitis te obligó a desarrollar, traías siempre a cuestas un aparatoso velero de hojalata acabado de terminar, ¡pintado y todo! ¿Quién borraría del pretérito las carreras que emprendíamos por echar su hechura marinera en charcos tallados en riscos por olas eternas?, permanecíamos atentos a que el terso viento azul de Melenara impulsara la confiada navegación de ensenada en ensenada en mitad de un océano del tamaño de las miniaturas. ¿Y qué demonios ocurría que por causa de una extraña ley inevitable confundíamos rumbo?, ¿aparejo y casco no hundían sus bellas estampas aguas afuera y tocaban fondo?, en horas despiertas pienso en el menudo cementerio de ilusiones francas que forjaron unos capitanes de verano por demás retoños —jamás sentí tu enfado en la cara; únicamente debí aguardar a que volvieras mañana con otro ejemplar de análoga envergadura y calado. De otoño a primavera, con levantar la aldaba salvabas el entristecido zaguán, y tras cruzar la cancela de vistosos colores atravesabas el tranquilo patio de la vieja casa de Telde; acertábamos con quien entraba por la voz que invocaba a cualquiera de los cristianos de adentro; amigo mío, ¿recuerdas de mi madre que nos daba las perras del cine y de las golosinas?, tú defendías con actitudes desafiantes y puños decididos a un niño vivaracho y poco acostumbrado a las inclemencias de los criados en la calle; ¿más de un despistado no regresaba del barrio de arriba en doliente compañía de unas cuantas trompadas perdidas después de sufrir múltiples pisotones y empujones por conservar su lugar en la apretujada cola?, entonces, para uno de San Juan ir vestido de domingo a Los Llanos suponía un innegable riesgo con probables repercusiones en pleno rostro. Imbuidos por los bríos de la película, los chiquillos arrancábamos en espantada con el "The End" y saltábamos las butacas y atropellábamos al de delante, ¿ya en la acera, no remedábamos con alegría pueril el ágil trote de los caballos?, nadie caía en la cuenta de que tu impedimento orgánico ponía en dificultades la soñada imitación, pero nunca noté que desistieras. ¿Y cuando no venías?, yo iba en tu busca, ¡cuántas espaciosas tardes consumíamos a solas el solitario sol de tus asoleadas azoteas, distraídos en la fundición y refundición de un plomo usado y reusado! Con el respeto que imponen los efectos que restan por comprender, observábamos cómo el dúctil metal derretido con calor fluía y fluía igual que los chorros de agua fresca salen de un caño, ¿y el ardor humeante de la minúscula hoguera que prendimos en un rincón y a escondidas de los tuyos?, ¿no desaparecían por encanto las marcas comerciales que indicaban el contenido pastoso de los blandos tubos con la misteriosa premura del fuego lento?, ¡ay embrujo de los embrujos!, ¿no cambia el estado físico de un cuerpo enteramente metálico?; la magia inocente del experimento concluía con dejar solidificar aquel infierno líquido del aspecto de la plata en un molde que elegíamos por capricho, ¿cabe más grande tesoro que el precoz testigo de tales escenas lograra grabar en su cabeza semejantes impresiones?, ¿y llevarlo a cabo de forma indeleble desde una edad tan incrédula a la de un adulto aún hoy crédula? Por un artículo del periodista Diego Talavera, supe que de las jornadas americanas de tu padre quedó pendiente en Cuba un primer primogénito; compartimos por teléfono el regocijo de la insospechada consecuencia tenoria de don Luis en lejanas costas isleñas, ¡mira que luego a un segundo lo llamó también con el mismo nombre!, ¡cosas de bohemios! Una de las veces que anduve allí hablamos de su gente de aquí; enlacé con el probado afecto que apegaba tus seres queridos a los míos y me refirió su antiguo y azaroso reconocimiento familiar; le regalé una "Guía histórico cultural" donde la imagen del poeta Báez figura en la orla de ciudadanos ilustres junto a mi tía Hilda Zudán; en el cuarto de estudios me presentó a su hijo Alejandro y los tres ingerimos suficiente alcohol con la excusa del aperitivo. Escuché con atención sus dilatados trabajos en Prensa Latina y curioseé sus influencias políticas en álbumes y álbumes llenos de fotografías del brazo de líderes civiles y militares; charlamos de sus numerosos viajes con Fidel y del prólogo que Raúl dedicó a su libro sobre los generales de la revolución.
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