Letralia, Tierra de Letras - Edición Nº 10, del 7 de octubre de 1996

Las letras de la Tierra de Letras

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Muerte de Don Pedro de Mendoza

Susana Artal

I

Y estos imbéciles que piensan que es la muerte este cosquilleo por encima de mis costillas...

Nada menos que mi muerte y ahora, cuando al frente de mi enorme torre negra estoy decidiendo la suerte final de un imperio.

Pasan indiferentes, fingen fruncir las narices cuando entran a mi real como si mi cuerpo hediera. No son imbéciles. Creen poder matarme mostrándome la muerte en el espejo de sus miradas asqueadas, agotadas, hambrientas.

Ilusos. Don Pedro no desmantela sus reales, no desenfunda su espada por menos de una montaña de plata que —observadla, incrédulos— está temblando como si por debajo de su pie se agitara un mar confuso.

Y soy yo quien agita esas aguas oscuras y densas, soy yo quien sacude el pie de la montaña. Yo, el moribundo don Pedro que hiede y suda y deja caer jirones de carne con la displicencia de un rey que arroja monedas a la muchedumbre.

Finalmente se oyen crujidos, pasos, metales chocando. La turba enemiga presiente el asedio de mi brazo. Se agita, convoca ídolos gesticulantes y ajenos como máscaras. Ya pueden ordenar sus ejércitos; nadie ha de detener el ímpetu de mi negra torre capaz de rendir los océanos.

Será la hora final de las risas.

II

Son las funciones secretas de la luz, que rehúye el contacto agrio del lecho, lo que está a punto de enloquecerlo. Pues a su alrededor, sobre las paredes de ese vientre de madera crujiente, sobre la superficie ennegrecida del arcón que nadie —excepto él mismo— puede abrir, por encima de la tela del jubón del grumete que le acerca un tazón de agua, por todas partes, la luz se desliza, brinca, crece en intensidad hasta volverse insoportable. Solo su lecho, bañado por los hedores de la muerte (que invaden ya sus sábanas, su desgarrada camisa de hilados holandeses), solo él y su lecho refractan la luz. O más bien cabría decir que son refractados, rechazados, por la luz que crece acorralándolos en un volumen esférico que cada vez se estrecha más ahogando casi los sonidos.

Esto es más o menos lo que él desearía explicar si pudiera ordenar las sensaciones que lo golpean, lo arremeten, lo arrinconan en un reducto ínfimo de su cerebro febril. Pero solo alcanza a balbucir: "El rey me está aguardando. Apresuraos... Mi capa de seda...".

La noche avanza y la luz no cede. Imposible entender por qué alguien enciende lámparas de aceite que apenas si puede percibir a causa del encandilamiento que está quemando sus pupilas. Como si esta luz enemiga hubiera reaccionado airada ante la ofensa hecha a la majestad indiscutible de su potencia.

El enfermo concentra toda su energía en mantener el cerco de su burbuja de sombra. Invoca sus miembros deformados, las agujas candentes que se incrustan en su bajo vientre, el vapor fétido que se desprende de los pliegues de su piel. Todo ese horror es empuñado como el último argumento que oponer al ataque, como el talismán capaz de conjurar la insidia de este demonio incorpóreo.

Y, por fin, una tregua. Agotado, busca ordenar las pocas palabras que aún quedan dentro de los restos preservados de su mente. Los músculos de su cuello se tensan, una red de venas sobresale y su garganta comienza a obedecer a tientas, tropezando en la oscuridad que se ha adueñado de ese guiñapo de cerebro. Busca palabras o el recuerdo de palabras. Sólo le quedan cuatro y la lengua las lanza una y otra vez, sin registrar el azoramiento del rostro del grumete, inmóvil con su brazo tendido que sigue ofreciendo el tazón de agua. "Mi capa de seda... mi capa de seda... mi capa de seda...".

III

Esta gran rueda verde, un brillo de puñal emergiendo como un sol homicida desde el fondo de las aguas. Apenas si se perciben brillos, súbitas laceraciones de la opacidad del mundo.

Y sé que mi cuerpo se diluye, pierde su antiguo contorno. El fin del color será también el principio del gran todo: opaco, incoloro, amorfo mundo sin límites ni tiempo.

Mi cuerpo ha salido en búsqueda de este nuevo continentes de sombras. Sólo la ceguera permite percibir ese encaje delicado de costas, esta tranquilidad infinita. Si lo supierais os pincharíais todos las retinas... Pero no herirme más con destellos metálicos. Quien ha hallado la paz de las nieblas sagradas no soportará jamás la estridencia de la luz.

No podéis seguirme en esta empresa, lo he leído ya en vuestros ademanes de piedad. No comprendéis absolutamente nada. Os compadezco. Mía y sólo mía será la gloria de esta travesía.

Ya sólo escucho vuestras voces, la sombra de algo —quizás una mano— se desgaja y se superpone a otras sombras.

Llego a las tierras de más allá del sol.

IV

Pero ya está muerto.

(¿Dónde fundaría, capaces de increpar al tiempo, las altas murallas que...)

Muerto y su cadáver es el blanco contra el cual se estrellan las miradas elusivas de los marineros.

(...ceñirían —por fin— esa llanura despiadada cuyo sol...)

Muerto y los marineros disponen sus brazos para recibir la carga.

(No, el sol no penetra nunca aguas adentro.)

Algún grumete supersticioso atesora una uña del muerto como talismán contra la niebla, en el bolsillo izquierdo de su chaquetón de cuero.

El mar salpica su rostro cubriéndolo con un encaje finísimo mientras yace sobre los húmedos tablones de la cubierta y sigue jurando que esa tierra ha de ser suya.

V

Epílogo: Habla Juan de Garay

—...Y es cierto —dijo— ella me está esperando. Debéis creer en la llaga azul que sella su vientre, allí nomás, al lado de su ombligo por donde resbalan suelas de zapatos a medio mordisquear, ratas hermosas con suaves pieles de armiño y carnes de faisán, y una montaña de plata desde la cual caen rodando las maldiciones de don Pedro, roído como un hueso que grita desde el fondo de las aguas.

Debéis creer o caer, infinitamente anónimos, bajo una lluvia de flechas, sobre las nuevas tierras de Su Majestad, cercados por la ausencia, sobre una pila de harina de pescado. Porque atrás no quedan más que ecos de los ecos de historias repetidas por bocas amarillas que lastiman nuestra mente y el Gran Sol de Oro sigue burlándose desde su laguna donde duerme rodeado de mujeres guerreras que desaparecen cuando queremos encontrarlas.

Más allá me está esperando ella, con sus caminos que se pierden entre las piernas de un ahorcado. Y quien sepa trepar hasta la cuenca vacía de su ojo izquierdo, ese conocerá la ruta que conduce a la magia de la fuente y su vida será la flor que ofrendaremos, siglo tras siglo, a la memoria de nuestros hijos.

Oíd los cantos armoniosos que despiertan a los bienaventurados. No es el ruido del barro azotado por vuestras botas, es la voz que llama al destino, es su calor que me convoca porque si hay un dios allí —lo juro— lo venceremos y veremos la luz que se desprende de sus huesos bajo la luna.


       


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Depósito Legal: pp199602AR26 • ISSN: 1856-7983