
Semejanzas
I. Del guerrero
El guerrero se parece a la roca
cuando su corazón no es una espada
sino un cuenco negro
donde no resuena ningún nombre.
II. De la roca
La roca se parece al guerrero
cuando arde por dentro
y no tiene ojos para llorar.
Ya no encuentro las palabras,
las cuatro redondas palabras.
Tengo la boca llenaÿ
de impronunciables nombres de archipiélagos.
Firme en la proa,
capitaneo tormentas.
Quemo mis naves
para hacerlas volver intactas
de las llamas.
La fuerza del salto está cifrada
en la conciencia del abismo.
(Infinito)
Llegamos.
Alcanzamos ese punto de sincronía infinita:
todos los nacimientos, todas las muertes,
el amor como un animal con las venas transparentes.
Una trompeta nos graba su nombre
en bronce fundido. Sobre la frente.
Y todos los olvidos
—es decir, la memoria—
nos asaltan, felinos, por la espalda.
El misterio no es más que la complicidad
del silencio y la palabra.
Dedo de jazmín
—dice la lluvia—
Piel de abanico
—dicen los vidrios—
Diente de trapo
Vientre de barro
Boca de azul
Porque te quiero
Esfera de las aves
Porque no puedo
Corona de madera
Lengua de chasquido
Y sin embargo
Cabeza de trigo
Uña de miel
Algún día
Mano de tambor
Voz de botella
Cuello de estopa
Quizás
(Azul de barro
Madera de ave
Trigo de corona
Tambor de miel).
Caminando por un bosque helado, sentí tus ojos, hijo mío.ÿ
Probablemente hermosos. Probablemente dulces.
Ojos llenos de estrellas y preguntas y asombro.
Ojos que no serán.
Y tus pasos menudos no trazaron ni la sombra de una huellaÿ
sobre la nieve del camino.
Solo mis manos sintieron la presión de tus dedos explorando
secretos equilibrios.
Solo mi piel supo del estremecerse de tus labios ante el frío
o del bullir poderoso y frágil de tu sangre.
Y para vos canté las canciones más bellas que pude recordar.
Y para vos conté todos los cuentos que nunca podrás oírme narrar.
Porque temo que en mi tiempo, hijo mío, no cabrá el tuyo.ÿ
Y por eso, solo quedan lágrimas en este momentoÿ
dentro de mí.
In memoriam
I
La sed. La repetición de la sed.
Sigo preguntando.
Volviéndome de bruces para encontrar lo mismo.
La poesía pesadilla.
(Ah tu aliento sucio como el de un recién nacido
entre las sábanas)
(Ah tus dedos pálidos
afilados por la fiebre)
Ah tu voz llegándome como desde el otro lado
de una pared.
(¿Recordás? Ese pájaro de fuego de los cuentos
estallando contra la ventana de mi cuarto)
Seguimos deslizándonos por el mismo tobogán.
Es el primer estadio, tu silencio,
esa piedra enajenada al color que
me obliga a repetir
y repetir
y repetir
siempre lo mismo.
Siempre balbuceando.
Siempre lo mismo.
Siempre quebrándome en el mismo vértice.
Siempre lo mismo.
Siempre mordiendo el sollozo.
Siempre lo mismo.
Siempre maldiciendo. Desafiando con un idéntico miedo.
Siempre lo mismo.
Siempre en la frontera dudosa del rito y el reto.
Siempre lo mismo.
Siempre.
Como una idiota o una criatura.
Siempre.
Nos habían prometido la explicación de Todo.
Todo no es la vida ni es tu muerte.
Todo es una estafa. Todo es nada.
Nos habían prometido la anulación de los misterios.
Nos regalaron el misterio de una droga amarga como la razón.
Seguimos resistiendo con la genial obcecación de los locos,
(tus manos, tus manos en una enorme pileta azul)
nos palmearon el hombro,
(tus manos de traer un chocolate escondido)
nos emborracharon con su magnánima comprensión.
(tus manos de estrangularme)
Pero no nos engañaron.
Este es el testimonio.
(tus manos de anunciar tormentas).
Yo patinaba dulcemente sobre el patio de mosaicos.
Vos acariciabas mi cabello. ¿Te acordás?
(tus manos de acróbata muerta de miedo)
Ese cansancio arqueándote la cintura
como el vencido maderamen de un galeón.
(tus manos-tormenta enfureciendo muletas)
Todo lo que no me dijiste.
Imposible creer.
Imposible olvidar.
(Tus manos muertas creciendo hasta llenar la casa).
II
No se puede seguir avanzar salir.
La puerta sigue tapiada.
A mí no me importa. Nada me importa.
Un escalón más. Todo se dirige a este centro.
Todo cae y estás desnuda entre paredes negras
no sabés dónde no preguntás y hace tanto frío,
y vuelve la pesadilla y pido por favor pero no quiero
despertarme,
porque esto es lo que quedó,
lo único que quedó:
el Gran Martillo en la sien del Pequeño Gigante.
La medida exacta del miedo. Del amor.
No encontrarte. Esa es la razón.
Quedarme aquí.
Se vuelve para atrás. Otro escalón.
Se vuelve a hablar de la piedra:
el pequeño animal solo
con su corazón de piedra,
su esterilidad de piedra,
su voz de piedra.
Se reclama el milagro:
el tropical estallido del mar,
la noche y sus mitos de serpiente,
el verdor relampagueante de látigos
sobre la complacencia de una piel casi animal,
casi divina en sus apetitos desafiantes.
Se resbala otro escalón:
la escena inmutable.
La Gran Piedra Sin Color.
El Nuevo Mandamiento: "No llorarás".
Y el hambre eterna.
La Sed eterna:
el pequeño animal solo
con sus entrañas de piedra.
III
Septiembre, cinco. Desde el escalón siguiente.
Los recuerdos se disponen en frente de batalla.
Un estallido de catedrales desnucadas
donde los pájaros anidan
inaugurando la era de la restauración.
El órgano ofreciendo sus virtudes de telar
a insectos venidos desde todos los rincones de la tierra
con el solo objeto de labrar la tela única
la red única
que rememore los sortilegios acallados
de alguna pasión de Bach.
El decorado —barroco hasta la extenuación—
enloquece de nuevas curvas vivas.
Jóvenes gárgolas despiertan en los rincones
de las ruinas danzando como bacantes.
La catedral, enloquecida, se tambalea
como un borracho,
se levanta y
desperezándose de tradiciones ancestrales,
comienza la marcha dolorosa y quebrada
hacia el fin.
Los recuerdos juegan la partida de naipes
que decidirá la suerte del sitio.
La ciudadela, fascinada,
se entrega a sus sitiadores
con una sensación confusa donde el horror,
el asco y el deseo
manipulan cada uno su marioneta que es,
sin embargo,
imposible diferenciar del conjunto abigarrado.
La imagen se desvanece en la pared.
El pequeño animal intenta recomponer su ritual.
El escenario vacío le invade el vientre
construyendo, pieza por pieza,
la dimensión del Espacio Negro.
Nadie naufragará nunca en estos mares,
incapaces de locura o ebriedad.
Ultimo escenario.
Bisturíes relucientes,
uñas de acero,
con la complicidad de sonrisas tan delgadas
como el odio,
nos arrancan las lágrimas de los globos de los ojos.
Condenados a cicatrizar, nos obsequian el
Dominio-de-Sí-Mismo
para corolar la ceremonia de estas regiones
donde no estás,
donde es absurdo gritarte,
preguntar por vos,
pretender seguir los rastros.
Es el último descenso.
Nadie puede esperarnos en la costa
vecina.
Empieza la ascensión.
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