Letralia, Tierra de Letras - Edición Nº 22, del 21 de abril de 1997

Las letras de la Tierra de Letras

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La idea

José Ferrer París

Cuando Pedro me mostró su idea antes de presentársela al jefe, ésta me pareció genial, sencilla pero genial. Era increíble que a Pedro, un trabajador cualquiera, con el mismo traje, el mismo corte de pelo y la misma casa que todos los demás, pudiera ocurrírsele una idea tan brillante. Aunque su propuesta no se puede llamar revolucionaria o innovadora, estoy seguro que esa es la respuesta a muchos de nuestros problemas. ¿Quién se hubiera imaginado que de uno de nosotros pudiera venir esa solución que tanto esperábamos? Pero ahora que la analizo bien, me parece tan simple y tan obvia, que me parece más sorprendente aun que no se le hubiera ocurrido a otro antes que a Pedro. ¿O será que esa idea muchos la compartían, pero nadie hasta ahora se había atrevido a publicarla?

—¿Qué tal te parece entonces, Simón?

—Bueno, Pedro —le respondí—, no sé..., a lo mejor sirva, a lo mejor no, todo depende de lo que digan los jefes, ¿no?

—Sí, tienes razón, de todas maneras se la voy a entregar, si no sirve no importa, igual nada se pierde.

Y se fue Pedro, un poco cabizbajo, con su carpeta bajo el brazo, la esperanza de toda la oficina en sus manos. Mientras, yo me preguntaba por qué no se me había ocurrido esa idea a mí; ¡qué de oportunidades se me hubieran abierto si fuera el mío el nombre que encabezara esa propuesta! ¿Por qué no se me ocurrió a mí buscar esa idea en mi cabeza?, seguro que la habría encontrado; es más, creo que hasta ya se me había ocurrido antes que a Pedro, pero nunca me atreví a decírselo a nadie.

Esa misma tarde se me acercó el jefe por detrás y puso su mano sobre mi espalda.

—Felicitaciones, Pedro, ¡tremenda idea!, quiero que me acompañes a enseñársela a tus compañeros para que al fin esta oficina empiece a trabajar.

Quise decirle que cometía un error, yo era Simón, no el de la idea, ese era Pedro, pero ya me había arrastrado a la entrada de la oficina y había llamado la atención de todos mis compañeros:

—Señores —gritó a viva voz el jefe—, he aquí a quien deberían tomar ustedes como ejemplo: su compañero Pedro nos ha presentado una idea genial que hará de ésta la mejor y más eficiente oficina de esta gran empresa; él ha engendrado una idea completamente innovadora y casi revolucionaria que será de ahora en adelante nuestro norte y nuestra brújula hacia la excelencia. —Y luego, casi para sí mismo, añadió:— Yo siempre había intuido que este Pedro era alguien especial...

Mis compañeros me auparon y aplaudieron, aun sin haber oído cuál era la idea, entre ellos Pedro se perdía en la multitud de caras y trajes iguales, aplaudiendo por mí como yo hubiera aplaudido por él.

Al final de la jornada, nos reunimos Pedro, Arturo, José y yo frente al auto de Arturo, como todos los días, para encaminarnos de regreso a nuestras casas. De nuevo el camino de árboles y casas veloces adornaba nuestras ventanas, sólo la conversación había cambiado. Hoy no eran quejas sobre los problemas de la oficina; hoy se alentaba la esperanza de que con la idea de Pedro todo iba a mejorar, y me daban palmadas en la espalda y coscorrones amistosos. Yo solo decía que esa idea pertenecía a todo el conjunto de trabajadores pues de nuestra propia situación surgió esa solución. Algo me molestaba, sin embargo; algo parecía que se estaba saliendo de cuadro, y cuando me dejaron frente a mi casa, atravesé la puerta y vi a mi esposa, esa extraña sensación se asentó en mí; ¿sería el pelo pintado de rojo de ella? También el pequeño Ramón se veía hoy más grande y más crecido cuando jugamos pelota en el pasillo de la casa (patio no tenemos, tan grande no es la casa). Esa noche vi las noticias en la tele sin prestar mucha atención, pensando en ese algo que me molestaba pero que no sabía qué era. Mi esposa se acercó y me preguntó: —¿Qué pasa, Pedro? —y yo respondí:— Nada, amor... —Ahí fue cuando caí en cuenta: ¡se me había olvidado que yo era Simón!, sí, eso era lo que pasaba, me había sentado en el carro adelante, al lado de Arturo que manejaba, en el puesto de Pedro; además me bajé en la primera casa del recorrido, la de Pedro y no la mía que es la tercera; y ésta no era mi esposa, sino la de Pedro; éste era su hijo Alfredo y no Ramoncito. Me costó trabajo aceptar que me había confundido de identidad, pues la casa es parecida a la mía: la misma sala y el mismo comedor, la misma televisión y el mismo escándalo de los vecinos, la misma cena que como siempre; hasta Alfredo se parece tanto a Ramoncito que dudé que estuviera en casa de Pedro; sólo al ver a su esposa frente a mí no podía dudar que ésta era la vida del hombre de la idea: mi esposa no tiene el pelo rojo, ella se lo tiñe de amarillo.

Esa noche me fui a la cama con un beso de buenas noches de la esposa de Pedro: Irma, y ella se quedó dormida en seguida, tal como Ana lo hace siempre; yo también habría empezado a roncar inmediatamente si no me hubiera puesto a pensar en la situación en que estaba. Pense en cuáles son las cosas que hacían mi vida normal diferente a la de este día, ¿qué es lo que me distingue de Pedro, aparte de la cortina azul de la ventana del frente? ¿Qué es lo que me hace a mí especial frente a mi hijo y a mi esposa?, ¿qué es lo que me distingue frente a mis compañeros de trabajo? —Nada —pensé—, sólo la idea que hoy le presenté al jefe, esa idea que debería llevar mi nombre, pero que llevaba el de Pedro.

Esa noche no pude dormir; me hacían falta mis cosas: mi casa, mi cama, mi esposa y mi vida; no podía soportar vivir esta vida de otro. Por eso en la mañana rechacé el desayuno y esperé al auto de Arturo desde las 6 en punto, el cual llegó como siempre a las 6:45. Nadie notó mis ojeras, pues los ojos de todos todavía estaban cerrados por el sueño. Llegamos como siempre a las 7:15 al trabajo, y me dirigí inmediatamente a la oficina del jefe a dejarle una nota. En la pausa del café, a media mañana se me acercó, esta vez de frente, yo lo vi acercarse mientras me temblaba la mano. Sus palabras cayeron como plomo, al igual que su mano sobre mi hombro:

—Pedro me confesó la verdad, ¿cómo se atrevió a plagiarle su idea? Y usted, Simón, ¿por qué no me dijo nada cuando el muy sinvergüenza se llevaba todos los créditos?

Antes de que le respondiera ya me había llevado de nuevo frente a mis compañeros, y ya le estaba aclarando a ellos que el verdadero padre de la idea era yo, Simón. Ellos respondían con silencio y se veían a las caras unos a los otros, tratando de encontrar a Pedro, sin llegar a reconocerlo entre sus caras anónimas.

Abajo, a la salida del trabajo nos volvimos a encontrar los cuatro para ir a casa. Yo estaba contento por haber recobrado mi identidad y Pedro avergonzado del plagio que Arturo y José le reprochaban. Yo no les presté atención pensando en lo feliz que era mi vida, esa vida que no la puedo cambiar por la de otro, y feliz de que mi idea haya sido tan buena y tan bien acogida; yo le perdoné inmediatamente el robo a Pedro, pues sé que esa no era su intención, él fue víctima de las circunstancias.

Llegué a mi casa de las cortinas azules, besé a mi esposa de cabellos rojos y abracé a Alfredito; perdón, a Ramoncito; y volví a asombrarme de que nuestras vidas sean tan idénticas, tanto así que esta historia no la escribió Simón, sino José.


       


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Depósito Legal: pp199602AR26 • ISSN: 1856-7983