Especial • Adiós a José Saramago
José Saramago. Fotografía: Roberto Escobar (2005)Saramago, luminosidad tierna y dura despide al mundo

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Azinhaga en Portugal y Lanzarote en España y cada región del mundo se disputarán por conservar las cenizas parlantes de José Saramago. Su cuerpo que gozó de la riqueza del Paraíso que es el mundo, siempre nos donó la bondad de su palabra y la página abierta de su vida. Nunca la Literatura llora tanto la ausencia de uno de sus hijos que la adornó con su estilo y su pulso firme.

Saramago, en la barca de su obra, condujo al hombre actual por las aguas del amor a un mundo herido por la locura y la ceguera, y lo alertó para que no cayera en el precipicio de la ambición de los gobernantes de turno.

Nuevo Virgilio mostró a la modernidad las inconsecuencias de la sabiduría que nos tortura y ponderó la fastuosidad de la ternura que habita en el fondo de la entraña humana. Fue llevando como de la mano al pensamiento humano por los terrenos llanos de su propia terrenidad para no dejarlo caer en los brazos de ilusiones celestiales. “Soy alguien”, dijo, “que, al escribir se limita a levantar una piedra y a poner la vista en lo que hay debajo. No es culpa mía si, de vez en cuando, me salen monstruos”.

Si alguien no lo ha leído, nos deja para siempre su corazón herido en Caín, La lucidez, La ceguera. Sin puntos, casi sin comas, escribía voraz como la vida misma. Se condolió de la pobreza, de la debilidad del vecino, de la brutalidad de los violentos. Porque no hay pobreza, hay pobres, no hay violencia, hay violentos. Y no podemos culpar a los conceptos de la situación que agobia al ser que nació para la felicidad y el disfrute.

José Saramago deja el testamento sobre su muerte. Ya él hizo el trabajo de levantar su voz y de esculpir la dureza del Destino que se cierne como gallinazo sobre el Orbe y que canta como el cuervo sobre el marco de la ventana de cada casa. Los escritores tendremos que seguir aullando para recordarle al humano ciego que está vivo y que su dignidad está enferma. Porque las autoridades de este mundo han fallado y sólo se ocupan de sus fiestas, de sus intereses y su estómago.

Las campanas de nuestros corazones se bambolean para dar la despedida a la lucidez de un viejo octogenario que nos alegró con su Elefante y nos hizo creer en la bonhomía. Se fue callado y no nos hizo sufrir con días de clínica y medicina inocua. Salió de escena como dijo sus verdades. Con la dureza de un puño que golpea y la ternura de un niño que implora. Saramago hizo gala de la compasión y el compromiso. La ironía con que tiñó su pluma nos estará vigilando para instarnos a elevar la voz por sobre la soberbia de la mudez y la falsa cola de la complicidad de los mass media y los escritores rosa.

Se fue para encontrarse con Pessoa en el “Cemitério dos Prazeres” del polvo de donde vino, ya alejado de este lugar de paz convertido por las fieras en circo y lucha a muerte. Nos privará de su cuerpo envejecido y sus gafas sobre sus cejas pero su mente quedará abierta en cualquier libro de la inmensa biblioteca que nos deja. Respondemos hoy a sus palabras: “Adiós, Saramago, hasta otro día”.

 

Adiós a José Saramago