Especial • Adiós a José Saramago
Adiós a José Saramago

José Saramago. Fotografía: Julio Muñoz (2007)

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Estaba en mi huerto, viendo impasible e impotente cómo granizaba a casi cincuenta de mayo, que ya debería uno quitarse el sayo; cuando me llamó mi esposa para darme la noticia: “Han dicho por la tele que se ha muerto Saramago”. He acabado de hacer las tareas campesinas; porque además de la pluma esta actividad me reporta alguna que otra ayuda, que mal no viene para las escasas economías. No sé por qué he pensado en ese momento que Dios escribe con renglones torcidos. Quizá porque los que uno traza con el arado no pasarían la prueba de geometría. Lo más probable, sea que haya venido a mi memoria la respuesta que se le hizo al escritor recientemente en una entrevista. “¿De dónde viene esa obsesión por escribir de Dios?”. Contestó que nunca tuvo educación religiosa, ni en su casa, ni en el colegio. Y apostilla: “Sinceramente creo que la muerte es la inventora de Dios”. Puede también que todo esto tenga que ver con Caín, la última novela del escritor. Cuando escribió El evangelio según Jesucristo, generó una polémica, hasta el punto de sumarse el gobierno luso a vetar su nombre como candidato al Premio Literario Europeo. Decidió trasladarse a Lanzarote. Siguiendo con la entrevista, quiero recordar que manifestaba que la acepción “ateo”, es sólo una palabra. Para continuar afirmando que estaba empapado de valores cristianos y que estos valores coinciden con los del humanismo. Dejé mis cultivos al cuidado de la madre Naturaleza y me fui a casa, donde me senté al ordenador a escribir lo que aquí se dice. Conservo una separata que publicó para la ocasión, en castellano, la editorial Alfaguara, con el discurso del Nobel. Ese mismo año vino invitado a Pontevedra a cerrar la Semana de Filosofía, que hacía ya años se celebraba en la ciudad. Si la memoria no me falla, el año siguiente lo hizo James Petras, de quien conservo alguna que otra carta que nos intercambiamos. El pabellón estaba a rebosar. Parecía aquello un partido de fútbol más que una clausura de una Semana de Filosofía. Todavía no he olvidado un fragmento del discurso en el que recuerda que dormían sus abuelos con los lechones en la cama para que no se muriesen de frío; ya que era el producto de su sustento. De esta manera recuerda la infancia en una familia humilde. Hubo de abandonar el colegio, pese a ser un brillante estudiante por falta de medios económicos de sus progenitores. Sería cerrajero, mecánico, editor y periodista. Siempre quiso ser escritor, porque no le gustaba el mundo donde le tocó vivir. En 1947 publicaría su primera novela, Tierra de pecado. Y se afiliaría al Partido Comunista Portugués. Con los años vendrían las publicaciones y los premios: Ciudad de Lisboa, en 1980, con el relato “Alzado del suelo”. En 1982 Memorial del convento le valió el Premio del Pen Club Portugués y el Premio Dom Dinis de la Fundación Casa de Mateus, por la obra El año de la muerte de Ricardo Reis. En 1998 ganaría el Premio Nobel de la Literatura por “volver comprensible una realidad huidiza, con parábolas sostenidas por la imaginación, la compasión y la ironía”. Cuando presentaba su obra Caín, en noviembre de 2009, anunciaba que estaba escribiendo una novela sobre la industria del armamento y la ausencia de huelgas en este sector. La muerte le ha sorprendido y él lo sabía que acechaba. Si le hubiera dado tiempo a hablar por última vez delante de la Parca, puede que le hubiera dicho lo expresado en la revista Expresso, de Portugal, el 11 de octubre de 2008: “Creo que en la sociedad actual nos falta filosofía. Filosofía como espacio, lugar, método de reflexión, que puede no tener un objetivo concreto, como la ciencia, que avanza para satisfacer objetivos. Nos falta reflexión, pensar; necesitamos el trabajo de pensar, y me parece que, sin ideas, no vamos a ninguna parte”.

 

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