Letralia, Tierra de Letras - Edición Nº 25, del 2 de junio de 1997

Las letras de la Tierra de Letras

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Telediario

Jorge Bogaerts

Ya estaba todo limpio y recogido, incluso más de una vez había revisado y repasado sus deberes para con la casa. Echó aun una ojeada, con el secreto deseo de encontrar algo: una cuchara sucia, una taza, un reflejo agujereado que delatase una mancha de polvo. Pero nada.

Cruzó el salón y contempló, estáticos y vacíos, los sillones, estúpidamente hipnotizados frente al televisor, buitres a la espera de abrazar por la cintura e inmovilizar a quien por allí pasase. Ocupó el suyo. Sí, quede bien claro que se sentó en el suyo. El otro, el de él, el que estaba más centrado, permanecía vacío. Vacío para siempre.

Estuvo a punto de levantarse y encender el aparato, pero miró la hora.

—No, aún es pronto —habló para sí, sola y muy consciente de estarlo, pero en voz alta. No muy alta, casi en un susurro, pero lo dijo moviendo lengua y labios, alterando el silencio de la casa. Lo hizo y se avergonzó de ello. Pensó que no debería hablar sola, que tenía que guardar las formas. Le dio miedo la locura.

Era su segundo miedo del día. Toda la tarde llevaba alejando el fantasma de la soledad. Llegó a tener deseos de golpearse ligeramente el hombro para quitárselo de encima, como quien se quita una inoportuna nevada de caspa. Comprendió que los miedos no se pueden reducir a uno. Vendrían más.

Se puso en pie, y al hacerlo notó el dolor en los riñones. Ella lo llamaba así, pero también en eso era consciente de estar reduciendo a uno muchos dolores. ¿Quién sabe?, seguro que había vértebras, arterias, articulaciones..., y, a saber cuántas cosas más participarían de aquella ensalada de dolores en la que acababa por pensar reducidamente como dolor de riñones. Y claro, no era el único conjunto de dolores, también estaban los hombros, los pies, el cuello... A los ochenta años es difícil no tener dolores, casi tanto como saber exactamente cuáles son y dónde se localizan.

Se volvió hacia la ventana y espió cautamente a través del visillo. La tarde se resistía a rendirse por completo. Alargaba las sombras pero eso no hacía más que darle fuerzas.

Pensó que la noche también le daría miedo. Entonces sería el tiempo del agitado duermevela, de los nervios tan sólo apaciguados por el efecto aletargante del somnífero. De ahí, probablemente, a la pesadilla.

Lo vio venir. Por el camino como solía, portando sus aperos desde el huertecillo que cultivaba con denuedo los últimos años. Un rincón arrancado a un basurero cercano a la autopista, un rastrojo de tierra al que había dedicado más amor que a ella, pensó.

Venía con la mirada colérica, las manos sucias, el cuello sudado y aquella mueca de dolor. Siempre el dolor. Lo miró fijamente y se estremeció, tenía tierra en la camisa.

—¡Luis, Luis!

Y volvió a avergonzarse de hablar en voz alta. De hablar, en realidad. Pero vio la tierra en su camisa y pensó en tierra. Parpadeó y vio la calle vacía. Luis llevaba quince días muerto y enterrado. Había sobre él bastante más tierra que aquellas manchas que ella contemplaba en su visión fugaz, alterando apenas el estampado de cuadros azules y grises.

Ahora, pensó, tendría que calentar la cena, prepararle el baño, frotar su espalda. Su espalda de viejo amplia y blanquecina. Observar su panza abultada y poblada de verrugas escarlata. Enfrentarse a su mirada desalmada, a su silencio hiriente. Mostrarse cómplice de la humanidad por la que se sentía paranóicamente acosado.

—Todos contra él y yo purgando por todos —esta vez tenía tanta necesidad de decirlo, que no sintió vergüenza, como antes, al pronunciar las palabras.

Dejó el visillo y volvió a acomodarse en el sillón. Miró el reloj y aún era temprano, él jamás la encendía hasta la hora del Telediario, nunca antes. A ella le importaba bien poco contemplar aquellos rostros estúpidos, y mucho menos ver los cuerpos sangrientos y desencajados de las víctimas de algún atentado. La encendía por costumbre, y todavía no era la hora acostumbrada.

Sin embargo miró a la pantalla, ¿cómo no hacerlo?, todo en el salón apuntaba hacia aquel lugar. Era una especie de capilla donde el altar mayor se cambiara por la caja y los reclinatorios se mudasen en sillones. Se vio reflejada en la pantalla. Su cabeza era un punto pequeño y distante al contraluz de los últimos reflejos de la tarde. Afortunadamente no se distinguían los ojos velados ni la mueca agria y torcida de la boca.

Miró a su lado y el sillón de él seguía vacío, despojado como ella de cuanto había tenido, que nunca había sido mucho, pero que ahora no era nada. Lo vio cien mil veces en menos de un segundo: dormido, despierto, con la mano en la oreja, criticando a quienes salían en pantalla, riéndose, aullando, mirando al aparato con gesto desafiante.

—Hablaba más con ella que conmigo.

Pensó que eso, al fin y al cabo, no era del todo malo. En los últimos tiempos su carácter iracundo y la enfermedad que sin saberlo estaba minando sus entrañas, le había hecho huraño y corrosivo. Sólo hablaba para hablar mal de algo. Se regocijó pensando que los programas de televisión debían de ser peores que ella. Con ella, de ella, casi nunca hablaba.

¡Ring, ring! Sonó el teléfono. Se levantó torpemente. Con esa torpeza ridícula que proporcionan los años, los achaques y las prisas al mezclarse.

—José Luis —dijo antes de llegar al teléfono. Y después, por si acaso...

—Diga.

—¿Mamá? —sonó insegura, como siempre, la voz al otro lado.

—¡José Luis!

—¿Qué tal, mamá?

—Bien, yo bien. ¿Y tú?

—Bien, como siempre.

Ahí había acabado casi todo. Pero, claro, algo más habría que añadir.

—Oye, ¿por qué no me llamaste ayer? —lo dijo y se mordió los labios. Se había prometido a sí misma no hacerle reproches. Quedaba muy poco, era muy estrecho el hilo que los unía y no quería romperlo.

—Verás... —empezó a disculparse José Luis— ...no pude, estaba muy ocupado...

—Bueno, no importa. Lo que importa es que estés bien.

—Sí, sí, estoy muy bien. No te preocupes.

—¿Qué tal en la oficina?

—Bien, como siempre. Bien.

—Bueno, anda. Si no tienes nada que contar cuelga que te va a salir muy caro.

—No empieces, mamá. Qué importan unas monedas arriba o abajo.

—No, si yo lo decía por...

—Está bien, mamá. Oye, el sábado voy, ¿eh?

—¿Qué quieres que te haga para comer?

—No sé, cualquier cosa. Hasta el sábado. Un beso.

—Adiós.

Colgó, colgaron. Allí, sobre el aparador, atrapado en el teléfono, se quedaba la otra historia de su vida, el otro silencio de su vida. José Luis, su hijo, su único hijo. La tercera rama del misterio. Tampoco con él había podido pasar de silencios espesos y respuestas lacónicas y oscuras. Tampoco él era feliz. Ninguno de los dos lo había sido nunca. ¿Sería por su culpa?

Pero ahora, al final, mucho tiempo alejado ya de casa, seguía siendo débil e inseguro. Por tanto ajeno a la dicha. Aunque eso sí, revestido de su caparazón de tristeza infinita y aislado de todo y de ella por esa coraza de melancolía.

—Todos lejos de mí. Ahora y antes. Vivos y muertos, próximos y ausentes —las dos últimas palabras las pronunció en un tono tan alto y áspero que resonaron con rotundidad en las paredes vacías de la casa.

Casi no quedaba luz, pero se resistía a encender las lámparas. Daba igual, hubiese podido recorrer la casa entera en plena oscuridad y jamás hubiese tropezado con nada. Eran muchos años, no sólo de andar y desandar, sino además de limpiar y ordenar cada detalle, cada esquina, cada rincón. Miró el reloj. Seguía siendo pronto, le hubiese gustado ardientemente tener algo que hacer. ¡Lo que fuese! Recoger las camisas sucias de Luis, esquivar una de sus terribles miradas, atenderle en algún dolor, ya no digamos recibir alguna de sus escasas palabras amables. Llegó a pensar en volver a cenar. Qué estupendo volver a pelar las patatas, controlar la ebullición del agua... Pero no, claro, era imposible.

Bueno, al menos se acercaba la hora de las medicinas. Era algo. Tendría que levantarse, buscarlas, medir las gotas, alinear las tres pastillas diferentes —antes habría buscado las gafas— y todo eso llevaría un tiempo con algo dentro.

Miró ávidamente el reloj y... ¡Sí!, era la hora de las medicinas. Lo hizo todo mentalmente antes de hacerlo. Procuró que no se le olvidase ningún detalle, que no se le mezclasen las cosas, no fuese a tomar una de las pastillas de él. Aquél era su miedo por encima de todos. El dolor que más la amedrentaba sin dolor: el olvido. La sensación de nublársele la vista y perder el sentido o la memoria, entrar en el oscuro e íntimo reino de la confusión.

—Falta de riego —le había dicho un médico joven y con pinta de entendido.

Eran esos mareos, esos devaneos, lo que más le asustaban. Lo otro, los dolores, ¡bah! Pero la posibilidad de andar errática, de hacer una pausa en los sentidos, por breve que fuese... Eso sí que la tenía preocupada.

Así que después de repasar cada movimiento y cada gesto, se puso en pie y caminó hacia el armario. Se le debían haber quedado dormidos los pies. Notó una gran insensibilidad al caminar. Recordó los días lejanos de la juventud, la miseria de la posguerra, las largas caminatas por el monte para conseguir un poco de leche o unos huevos. Se vio a sí misma caminando en alpargatas por la nieve kilómetros y kilómetros. E inmediatamente cortó con el pasado. Pensó que ya tenía bastante con lo de ahora. De inmediato, como tocada por un remedio mágico, notó que desaparecía el hormigueo y que la circulación se reintegraba a todo su cuerpo.

Abrió el armario donde guardaba las medicinas. Al fondo, en el lugar más en sombra, brillaba la etiqueta amarilla de una botella de ginebra. Reparó en ella y notó que estaba casi vacía.

—Este Luis...

Supuso entonces que, furtivamente, hasta última hora y contra toda estricta prohibición facultativa, había seguido arañando coletazos de licor.

—Así era. Haciendo siempre lo que le diese la gana.

Recordó sus borracheras alegres o agresivas, locuaces o calladas, siempre obsesivas. Tampoco quiso pensar en ello. Si bien, lo que más le podía reprochar era el haberla dejado al margen. En la alegría y en la tristeza, en la sobriedad y en la ebriedad. Siempre al margen. Sola.

Tomó sus cajas de medicinas y se fue a la cocina. Dejó correr el agua para que enfriase. Las fue engullendo poco a poco, con método, apoyada en la costumbre. Cuando hubo acabado de tragar la última pastilla miró al techo, y después al reloj que había en lo alto de la pared.

—¡Caramba!

Apresuró sus pasos, fue a la sala. Encendió el televisor y, mientras calentaba, corrió a sentarse en su sillón.

El Telediario ya había empezado. Miró con complicidad al sillón de él y se sonrió. Sus ojos quedaron clavados en la pantalla. Pensaba en otra cosa. Había anochecido.


       


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Depósito Legal: pp199602AR26 • ISSN: 1856-7983