Letralia, Tierra de Letras - Edición Nº 26, del 16 de junio de 1997

Las letras de la Tierra de Letras

¡Comparte este contenido! Compartir en Facebook Compartir en X Compartir en WhatsApp Enviar por correo

Helena

Marcela Ayora

La noche estaba resultando demasiado acalorada. El pronóstico meteorológico una vez más había fallado. La sensación térmica ascendía a treinta y cinco grados. Treinta y cinco calurosísimos grados. La rutina matrimonial, destemplada en relación a lo que su cuerpo pedía, necesitaba. Giró en la cama y lo vio, tan frescamente dormido, que su existencia se estremeció unos quince grados más.

Por un momento se le había cruzado la posibilidad de despertarlo. Llenaría la bañera con sales aromáticas y una vez ahí dentro, quedarían nuevamente dormidos después de haber agitado sus sexos. Una respiración profunda y un abrupto tirón de almohada dio por derribada esta idea. El clima se sentía como un auténtico monstruo de sofocación. El aire —pesado— se había solidificado en cadena montañosa de lava ardiente y la rodeaba. En ese instante la abrasaba y deseaba poseerla. Mimetizadas, las sábanas serpenteaban los perímetros de esa femenina identidad. Con un son muy sensual, derivado de la somnolencia, se incorporó en la cama: destilaba humedad. Recogió el cabello. Secó el cuello transpirado, luego los hombros, los pechos. Estos, encimados y doblemente inundados que la cara y el cuello. Suavemente... Con movimientos tenues deslizó sus jugos desparramándolos hasta el pubis, como si el vello de esa zona pudiera encargarse de secarla. Abrió un poco más las piernas y percibió la exhalación que provenía de un interior —actualmente— poco oxigenado. Con dedos inmateriales y con la misma intensidad con la que una brisa roza la piel derretida por el sol, acarició los genitales. Se tocó una y otra vez y se observó intensamente húmeda. Las texturas más levemente carnosas conducían a laberintos aun más húmedos a los que, intuitivamente, supo que en ese momento no podía llegar. Por un trampolín acerado de jugos humanos, precipitó los dedos hacia el lado interno de las piernas. Describió un perfecto trompo por las rodillas hasta finalizar, gracias a la pendiente, en los tobillos: últimos en esperar la absorbente recorrida.

Una vez que acabó con lo que había tomado como tarea se incorporó totalmente. Fue directo al baño a encontrarse con la ducha. Realizó casi el mismo trazo por el cuerpo pero no reparó en tantos detalles, como así tampoco en la intensidad que les había adjudicado en un primer momento. El sueño era tan solo un minúsculo recuerdo. Sin embargo una corriente tenida de pasos provenientes del inconsciente parecían dominarla. Finalizó el operativo "prima fase" de restarle al cuerpo unos dos o tres grados y volvió a la habitación. No iba a dormir, tampoco a leer. Como si algún hipnótico sonido llegara desde el otro lado de la ciudad —sólo para ser receptado por ella— predispuso su condición. Sin salir de la pieza miró por la ventana y sintió deseos de saltar. Un ronquido feroz interrumpió la idea del vuelo. Provenían de aquel hombre felizmente tendido sobre la cama que ahora, gozoso, ocupaba toda la superficie espumosa. Esa oda a la rutina parecía impulsarla, violentarla frenéticamente hasta el vacío, hacia los infinitos trazos oscuros en los que aguarda el espíritu de la noche, justo detrás de los muros de la ciudad.

La media noche estaba cerca.

Sorteó la cama y cruzó la pieza transversalmente hasta encontrarse con el placard (detrás de cuyas puertas guardaban silencio los recuerdos y su perenne vitalidad) y no vaciló en abrirlo. Deslizó una pícara mirada. Las oscuras pupilas comenzaron a dilatarse a medida que el interés se acercaba, se encontraba con ese sector que ahora estaba destinado al "almacenamiento" de la ropa vieja. Detrás de estos recuerdos latentes, había una caja forrada con papel en colores pasteles percudidos por el paso del tiempo. Sin embargo, desde el fondo y a pesar de los atuendos, la caja se dejaba ver. Corrió las telas y la sacó. La tomó muy lentamente —con miedo— y mientras la traía para sí, una expresión amorfa se apoderaba de los límites de sus facciones. Depositó el paquete sobre la alfombra y no lo dudó. De pronto recordó lo que había adentro. Sólo debía confirmarlo.

Abrió nerviosamente la caja, con ansiedad, y allí estaba: su álbum de casamiento. Las fotos del civil primero, las de la fiesta y las de la luna de miel.

—¿Cómo era aquello que..? ¡No! No es una buena noche para conciliar el sueño —quedó pensativa por quince o veinte minutos, apoyada en la cama a espaldas de su marido.

La media noche promediaba.

El vaho que emanaba la ciudad parecía imantarla, despertarla, excitar su grado más alto de vulnerabilidad y conducirla lejos, muy lejos. O quizá frente a los límites de la ciudad o tal vez, frente a las propias periferias. Intencionadamente tomó uno de los vestidos y lo apoyó sobre el cuerpo. Frente al espejo supo de qué se trataba todo esto. Se gustó.

...La noche en su mejor esplendor emanaba volátiles razones.

Fue casi corriendo al baño. Maquillaje, arreglo para el cabello y estaba lista. Cuando volvió a la pieza, todo seguía en su lugar salvo, las emociones. Estaba tan adolescentemente excitada que no podía permanecer un segundo más allí, en la casa. Un hilo impulsivo la trasladó hasta la ventana desde donde contempló la infinita procesión de las luces metropolitanas. Los sentidos respondían a un hilván que ya no le pertenecía, simplemente, porque no los podía dominar. Un ardor intenso quiso tomarla por sorpresa hasta provocar el impacto. Experimentó reiterados deseos de saltar, de lanzarse. En son de defensa tomó las llaves, la cartera y salió. Cuando estaba por cruzar el umbral de la puerta giró y lo miró. Igual posición. Actitud que logró expulsarla de la casa.

... La noche toda se entregaba.

Tuvo suerte. Apenas salió del edificio consiguió un taxi.

—Lléveme hasta el abasto, por favor. Una vez ahí yo le diré dónde me deja. —El taxista apenas la escuchó pero supuso —por su aspecto— que iría a la calle de los bailes, como los tacheros la llamaban. No era una calle simple sino que convivían: un teatro que por la noche funcionaba de disco. Una tanguería, un iluminado local desde el que salía olor a cumbia y ruido a choripán. Un pub rocanrollero con tintes trush y un decó rinconcito moderno, para los modernos. En el recodo de esta calle y su intersección con una segunda —no muy desapercibida tampoco— estaba la calle "del amor". Allí se daban cita todas las bocas, todas las lenguas, todos los callejones corporales sin distinción de ondas, razas, ni sexos.

Como ella no estaba sino a menos de quince minutos de este lugar, en cuanto terminó de darse los últimos retoques y casi sin percibirlo, el taxista había entrado en la zona presupuestamente correcta.

—Perfecto. Estacione aquí, por favor. —Esperó a recibir el cambio y salió del auto. Caminó apenas unos metros y un enorme espejo que asomaba desde una casa de amoblamientos, la reflejó: revelada su figura volvió a gustarse. No predijo nada. Allí estaba, caminando sola, escapada —casi sin saberlo— atraída por salvaje olor nocturno. Un imán gigante enroscaba las nervaduras haciéndola danzar, con sutil coreografía, en espacios por ella hasta ahora desconocidos. En pleno romance de movilidad un bocinazo eructado por una moto la precipitó sobre la vereda, debajo de un foco de luz azulino. Así quedó como pieza faltante de un puzzle, incorporada a la escenografía. Respondiendo ya al rápido mimetismo con el lugar, se preguntó —casi en voz alta— hasta dónde podría llegar una mujer con su aburrimiento a cuestas.

Comenzó a caminar pero también a responderse. ¿Qué podría aburrir a una mujer? ¿Qué podría haberla aburrido a ella? ¿El acostumbramiento, la crisis, la rutina, el óxido matrimonial? Las respuestas que barajaba no hacían otra cosa que introducirla a la acción. Un "ya" apresurado se le hacía agua a la boca. Bajaba por las axilas, recorriendo la periferia de los senos, de la espalda, de los glúteos para llegar a los vaivenes de la entrepierna. Sintió su sexo autónomo, intimidándola, exhortándola a cometer —para el cotidiano de sus hábitos— un delito. Sin embargo, para convertir un pensamiento en acto delictivo tendría que pasar por cargarse de voluntad y tamizarse en acción. No dudó en llevarse a cabo. Llegó hasta donde la estridencia de la música la había conducido. Descubrió una fachada pintada de negro que contorneaba cientos de figuras apostadas, esperando entrar. Cuerpos frescos, rígidos, demandantes que, aún en estado de reposo, reaccionarían ante el más delgado de los estímulos. Los observó, uno a uno, hombres y mujeres. Reparó en bocas, en la frecuencia con que las lenguas humedecían los labios, en la serie de besos que entretenían la espera, en los "cómo".

Decidió utilizar la pared para apoyarse, y al cruzar la pierna para hacerlo, sintió cuán fuerte era la excitación. El deseo traspasó el límite de su perímetro corporal. Condensados en liquidez femenina, resbalaron los genitales contra la tela de la ropa interior, cosquilleando, embriagando, abandonando la razón.

Ahora era su turno. Lo resbaladizo de su intimidad no paró de hacerla reír, inclusive, hasta mucho después de haber entrado a la disco. Al principio le pareció extraño, jamás hubiera imaginado que la diversión se dispondría bajo esos códigos. O al menos, muy lejos estaban éstos de aquéllos tan a luz clara a los que —sus recuerdos— la tenían acostumbrada. Todo lo aceptaba, le gustaba, la atraía, hacia todos: los rincones, las miradas, los roces. Sonreía, caminaba trasladándose entre cosquillas, sin rumbo claro pero inmensamente ansiosa. Un olor, vago. La misma sensación que la invadiera en la casa llegaba hasta ella nuevamente, más cerca, invocándola. Lo buscó. Cerró los ojos y caminó. Entendió, por el calor que le llegaba, que estaría rodeada de mucha gente. Rozaba cuerpos y la rozaban, percibía temperaturas, intenciones. Se quedó quieta dejando que todo transcurriera. Sólo se movía de a pequeños saltos, comandada por las olas demandantes de su sexo. La inquietud la llevó al abandono. Demasiado agitado el corazón provocó ondulaciones en su pecho. Los senos como radares, los pezones tiesos, casi agrietados de calor. Cuando estaba por llevarse una mano a ellos, alguien capturó la intención, y la tomó. No necesitó abrir los ojos. Otra boca húmeda, fresca de alcohol le humedeció la boca, los labios con la punta de la lengua. La ansiosa agonía que experimentaba la llevó más cerca de esa anónima mano que leía sus deseos. No podía dejar de ocupar la lengua. Besó degustando, sin poder calmarse, a esa otra humedad que le ofrecía un constante contraimpulso. Sintió como la mano bajaba hasta la entrepierna, haciéndola caminar, hasta apoyarla contra una pared, colocándole sus manos tras la espalda, imposibilitándola de movimiento. Continuó con los ojos cerrados. Nuevamente, esas suaves caricias se apoderaron de su sexo, desparramando la humedad, rítmicamente. Se sintió una tostada: alguien la untaba en textura de clímax, derritiéndola.

Un espacio, una ráfaga. Un silencio en la ejecución la turbó. Cesaron los besos, los recorridos. No sentía esa peculiar respiración cerca, ni el olor. Respiró hondo y abrió los ojos. Percibió oscuridad y bullicio, figuras ajenas... No se movió. Quedó apoyada contra la pared, nuevamente con los ojos cerrados. Entrecruzó las piernas, provocándose reflejos de placer, llevándose, al máximo de ansiedad. Las piernas le fueron tomadas. Reconoció el calor, el olor, la irritación.

Una superficie suave, casi líquida bañaba ahora su sexo. De afuera hacia adentro. Lento, primero las paredes de los labios, siguiendo luego, en forma más traviesa, por las huellas de la liquidez. Relamiendo, una y otra vez, acompasadamente, marcando camino alrededor de su clítoris, dilatándolo. Enfrentándolo con tan hábil empeño que sólo pudo optar por erectarse, desbordándola.

Las manos, contra la pared, lograron soportarla durante las convulsiones orgásmicas que experimentó reiteradamente, casi hasta el espasmo. Permaneció exactamente en la misma posición pero sola, hasta que unos pocos quedaron dentro del lugar. No tuvo curiosidad por saber quién le había proporcionado tanto placer, le había sucedido. Tampoco sabía si algún otro día desearía volver. No por ahora. Muy despacio fue caminando hacia la salida. Afuera, el alba pincelaba de reflejos luminosos las cortezas de la ciudad. Recién en la calle pudo darse cuenta de todo el tiempo que había estado con los ojos cerrados.

La luz le molestaba. No quiso caminar y paró al primer taxi que se le cruzó. Casualmente, se trataba del mismo sujeto que la había recogido en su casa. Ni siquiera tuvo que molestarse en explicar el recorrido.


       


< AnteriorSiguiente >

Inicio de esta páginaContenido de la edición 26

Noticias culturalesLiteratura en InternetLas letras de la Tierra de LetrasEl buzón de la Tierra de Letras


Depósito Legal: pp199602AR26 • ISSN: 1856-7983