Selva roja, Feliciano Carvallo
XIX

Miro esta hoja
y no puedo dejarla vacía
aunque para muchos
lo que en ella deje
no sea poesía.
Siento ganas de escribir
y escribo
el eco de cada latido de mi corazón,
acompañado de los suspiros del alma
y de las estrofas
de los cantos de la vida
que son a veces tristes,
a veces no,
que son melancólicos
y a la vez gozosos;
que son mis cantos
en los que tú
también eres parte de la letra.
Hoy nace de nuevo la poesía
como nació ayer
y morirá
como lo hizo ayer;
mañana será lo mismo.


XX

La espuma
saca de la arena
el agua que baña mis pies
y la despedaza
en pequeños fragmentos
que lanza a las nubes,
las olas
se estrellan contra las estrellas
y llegan a mojar las rocas
de su orilla.
No entiendo qué es esto
pero no suena mal,
me distrae,
me evita pensar,
sin lograrlo,
en el dolor que me provoca
la fría punta
que se clava en mí
despedazando mi alma.
Dónde está la fuerza de la tierra
que una vez
surcó por mis venas,
dónde está
para evitar los gritos de mi alma
que callan los gritos de mi alma,
para secar las lágrimas
que llenan mi garganta
y ahogan mi corazón
hasta no dejarlo gritar más.
Dónde está el sol
que no quiero ver esta mañana,
donde está la noche,
la oscura noche,
que quiero que se vaya,
que me deje gritar en paz,
que me deje llorar otra vez,
que me deje ser espuma,
ser ola
y reventar contra las estrellas
y mandar a las nubes
pequeños miles de fragmentos
de la roca de mi corazón.


XXI

No sé qué escribí ayer,
no sé siquiera si lo hice;
espero que esto sea distinto,
que sea distinto
de lo que no escribí ayer.
Quiero encontrar
el Unicornio de Silvio
y dárselo de cualquier forma,
quiero encontrar mi Unicornio
antes que el suyo;
porque es mío,
lo dejé ir y no quiero que se vaya
para siempre,
como se han ido las olas,
como se han ido los versos que escribí,
como se ha ido mi alma
no sé a qué lugar.
Dice que se fue
a un lugar fantástico
donde realmente está ella,
donde se pudo encontrar;
ojalá vuelva por mí
y no sean dos a quienes perdí.


XXII

Azul profundo,
profundo cielo;
el calor de tus labios,
la fuerza de tus ojos,
toda tu piel,
me estremecen,
me hacen temblar
hasta caer sobre tu vientre
en paz,
calmo,
como el latir de tu corazón
dentro del mío.


XXIII

Hoy desperté
buscando el sol en mis manos
y me encontré junto a ti.
Te había buscado en sueños,
despierto;
fui hasta el sol
y cuando desperté
estabas junto a mí,
entre mis brazos,
y yo junto a ti.
Hoy desperté
con el sol entre mis manos,
eras tú.


XXIV

Salió por la tarde
entre la luz tenue del eterno ocaso
y la espuma,
siempre en mi rostro,
de las olas del mar.
Entre la niebla
lo vi alejarse
confundiéndose entre las olas
y el cielo;
su cuerpo quedó en la orilla
y él...
partió a navegar.
Aún recuerdo entre barbas
su sonrisa
y la luz del sol
que salía de su salado rostro
mientras me alejaba.
Ahí está el Capitán,
sé que ahí está
porque yo soy el Capitán.