Japonés
Dos cuentos de Kenji Miyazawa
El cuento del zashiki warashi

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El cuento del zashiki warashi (Zashiki warashi no hanashi) (座敷童子のはなし)fue publicado originalmente en 1926 en la revista Getsuyo (月曜). Esta traducción está basada en una versión moderna de la Biblioteca Digital de Internet, Aozora Bunko.

Es el cuento del zashiki-bokko, el niño del “zashiki”, una historia de mi tierra.

Un medio día con mucha luz, cuando todos se habían ido a trabajar a la montaña, dos niños estaban jugando en el jardín. Como no había nadie en la casona, ese lugar estaba en silencio. Sin embargo, desde unos de los “zashikis”, cuartos con “tatami” comenzaron a sonar los sonidos de una escoba: dzawa, dzawa.

Los dos niños fueron sigilosamente tomándose mutua y firmemente de los hombros, pero en ninguno de los “zashiki” había nadie. La caja de las espadas estaba en sosiego. El ciprés de la cerca se veía tan verde, No había nadie.

Dzawa, Dzawa. Se escuchaba el sonido de una escoba.

¿Serán los chillidos de un alcaudón bucéfalo? ¿Será el sonido del descenso del río Kitakami? ¿Será el sonido de las semillas aventadas a una cesta? Los dos pensaron mientras escuchaban, pero al fin y al cabo resultó no ser ninguna cosa.

Era claro. En algún lugar se escuchaba el sonido de una escoba: dzawa dzawa.

Volvieron a ver otra vez sigilosamente los cuartos, pero en ningún “zashiki” había alguien. Solamente, estaba lloviendo luminosamente la luz del hermano sol en todo ese lugar.

Esto es un zashiki bokko.

―¡Abran paso! ¡Estamos caminando!

Gritaban con todas sus fuerzas, justamente diez niños con las manos agarradas dando vueltas, vueltas, vueltas dentro de los cuartos. Todos y cada uno de los niños habían sido invitados al banquete de esa casa.

Jugaban a dar vueltas y vueltas y más vueltas.

De pronto, eran ya once niños.

Todos se conocían, no había caras parecidas, pero contándolos eran once. Los adultos dijeron que era el zashiki bokko, quien se había colado.

Sin embargo, no sabían quién había aumentado. Todos decía que no eran el zashiki bokko y abrían con mucho esfuerzo los ojos, estaban bien sentados.

Esto es un zashiki bokko.

También cuentan lo siguiente:

En una gran casa donde vivía la cabeza principal de una gran familia, durante la Festividad de Niyorai-sama, se solía invitar a los niños de los familiares, los primeros días de cada agosto del viejo calendario. Sin embargo, un año, uno de esos niños enfermó de sarampión.

—¡Quiero ir a la Festividad de Niyorai-sama! ¡Quiero ir a la Festividad de Niyorai-sama! —dijo en cama ese niño. Lo decía diario a diario.

—Vamos a posponer la Festividad, pero tienes que mejorar —dijo acariciándole su cabeza, la abuelita de la familia principal, quien lo había venido a ver.

Ese niño mejoró de salud en septiembre.

Todos estaban felices, menos los otros niños, pues les habían pospuesto la Festividad. Estaban tan furiosos que quería llevarle hasta un conejo de plomo de presente a ese niño.

—Gracias a ése, nos ha ido muy mal. Aunque hoy venga, nadie va a jugar con él. ¿De acuerdo? —prometieron todos.

—Miren. ¡Vino! ¡Vino! —gritó de pronto uno cuando todos estaban jugando.

—¡Escondámonos!

Todos corrieron hacia el pequeño cuarto contiguo.

En ese momento, en medio del “zashiki”, el niño que finalmente había llegado; aquel niño que le había dado sarampión, estaba pálido y flaco. Sentado bien con su nuevo oso de juguete, su cara estaba a punto de chillar.

—¡Zashiki bokko! —gritó uno de los niños y huyó. Todos gritaron y huyeron. El zashiki bokko lloró.

Esto es un zashiki bokko.

Por cierto, un día el lanchero, quien está en la orilla del río Kitakami, ahí en el Templo Romyo-ji, me dijo:

—La noche del 17 de agosto del calendario viejo, tomé sake y me fui a dormir temprano, pero alguien me comenzó a llamar: “Oye, oye”. Me desperté y salí de mi choza, la luna estaba justamente en lo alto. Saqué mi lancha y fui de inmediato a la otra orilla, cuando llegué había un precioso niño vestido con su montsuki y su hakama con una espada. Estaba solo. Tenía unas chanclas blancas. Le pregunté que si quería cruzar. Me dijo que sí. El niño se subió. Cuando la lancha llegó a la mitad del camino, yo lo miré como si no lo mirara. Estaba sentado muy bien. Tenía puestas las manos en sus rodillas mientras veía el cielo. Le pregunté: “¿De dónde vienes?”. El niño con una voz tierna dijo: “Estuve un buen rato en la casa de los Sasada pero ya me aburrí. Voy a otro lugar”. Le pregunté por qué se había aburrido. El niño rió callado. Le pregunté ahora dónde iba. Me dijo: “Con los Saito en Saraki”. Cuando llegamos a la orilla, el niño ya no estaba. Me senté en la entrada de mi choza. No sé si era un sueño pero fue verdad. Después de eso, los Sasada se han vuelto pobres y en la casa de los Saito de Saraki, ahí se han curado las enfermedades, su hijo se graduó de la universidad, ya es todo un hombre de bien.

Esto es un zashiki bokko.