Un día no soportó más. Entonces, con inmensa furia y valor, se despegó de
aquellos terribles recuerdos de toda una vida. Con ese mismo valor decidió
tomar cada trauma, uno por uno, y doblarlos cuidadosamente para echarlos en
una bolsa. Continuó con sus frustraciones y anhelos desechados, ya lo
difícil había sido hecho, sólo los arrancó a tirones, salieron fácil, como
papel tapiz húmedo. Las falsas esperanzas fueron otra cosa, y como estaban
incrustadas en cada pliegue del alma, salieron con mucho esfuerzo. Finalizó
con un cepillo de alambre que liberó pequeñas angustias.
Sólo quedaba, en este hombre, el ansia por verse en un espejo. Se acercó a
éste. Como al verse se despejó el ansia, se despejó lo que quedaba de él y
desapareció por siempre ante su propia mirada.