Letralia, Tierra de Letras
Año VIII • Nº 105
19 de enero de 2004
Cagua, Venezuela

Depósito Legal:
pp199602AR26
ISSN: 1856-7983

La revista de los escritores hispanoamericanos en Internet
Sala de ensayo
Qué significa el pensar conmemorativo
Oscar Portela

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El arte ha pretendido siempre hacer de la Tierra un lugar no sólo pasajeramente habitable para los hombres, sino segura morada para el espíritu. A fines del segundo milenio de la era cristiana, y sus secuelas actuales que no son sino detritus letales, debemos aceptar que entre el habitar pasajero y el morar serenamente existe un abismo de violencia que no puede ser vencido. Acaso el mismo precipicio a que nos conmina el misterio del espíritu.

Por un lado, el habitar ha sido asegurado mediante el dominio y control de todo ente, asegurados por el pensar calculador y planificador, que asegura, y nos asegura, la ilusión de que con el mero uso de nuestras facultades, incluido el lenguaje, con el solo uso de la razón y la buena voluntad, habremos desterrado el fantasma de lo provisional. Escuchemos a nuestros hombres de ciencia o a los representantes del espíritu positivo, y escucharemos a las sirenas que sedujeron a Ulises. Nunca el hombre dispuso de un cuantum de libertad, incluso de libertad creadora, y de rendimientos del pensar racional, como hoy.

Por el otro, y desde hace más de un siglo, escucharemos los lamentos que hablan del eclipse del espíritu, del vaciamiento del centro, el centro alude a la razón o Dios, y del crepúsculo y la huida de lo divino, y la impotencia del pensar como única vía de acceso a algo más profundo que el mero instalar del mundo técnico, esto es el fundar, que permite el morar serenamente del espíritu sobre la Tierra.

Morar serenamente no es morar idílicamente. Es morar en la celebración conmemorativa. La celebración conmemorativa permite pensar conmemorando, esto es, pensando en y con aquello que no es mero presente y que puede ser descontado por el ejercicio calculador de nuestras facultades, incluida la del lenguaje.

La celebración conmemorativa evita la estéril repetición porque es una celebración pensante. Y Heidegger nos dice que "La falta de pensamiento es un huésped inquietante en el mundo de hoy entra y sale de todas partes". Y agrega: "Las celebraciones conmemorativas son cada vez más pobres de pensamiento. Celebración conmemorativa y falta de pensamiento se encuentran y concuerdan perfectamente".

Pero Heidegger nos habla acá sólo del pensar conmemorativo y no del pensar técnico, que pone en orden, planifica y descuenta.

En cuanto a nosotros, escritores doblemente marginales en una época a la que Blanchot denominó "del desastre de la escritura", de la escritura como grama, como huella, como posibilidad de memoria, estamos obligados a rendir cuentas ante el tribunal de un pensar que rememora, esto es, que piensa por intermedio de la celebración. La celebración es el tributo del pensar como celebración conmemorativa y no el mero hacerse presente de un pasado transcurrido o concluido.

El pasado es para nosotros entonces lo que no deja de venir a nosotros en la celebración y a conminarnos a pensar para hacer posible la promesa de un morar serenamente en esta Tierra.

Ningún verdadero escritor escribe al azar, arbitrariamente o sólo como exaltación de un nombre. La escritura que es laberinto, pasadizo, misterio, es el día de un diálogo inconcluso. El de un lector que espera ver reproducida su imagen en el espejo infinito de una escritura, que sólo cumple parcialmente su destino en el inquietante desciframiento de una lectura, que es y será el fundamento de todo diálogo, la posibilidad de todo prójimo, el hoy de toda diferencia, el fundamento de todo pensar conmemorativo y de toda celebración pensante.

En una época oscura por demasiado clara, en una época donde la claridad de la razón puede ofuscar la visión y enceguecer el pensamiento, la literatura debe ser el día de una tarea anónima, toda verdadera escritura lo es, sencilla y humilde a la vez, en la cual hoy como hace siglos el hombre, y en él el espíritu, busca hacer de la Tierra una morada de paz para la especie.

Este fin de milenio conmina pues no sólo a una escritura complaciente desde el punto de vista de la estética o de los mercados que pueden reducir todo a lo neutro, a lo trivial, sino a una escritura pensante. Esto es conmemorativa, celebrativa, y no sólo militante o combativa. Este no es sólo un día en que se magnifica una tarea, o una misión. Este es un día en que se reconoce y se acepta una tarea. Y con ello todos sus peligros. La confusión de los demás, la ignorancia, la indiferencia o, lo que es más peligroso aun y es el abismo que nos pertenece, la posibilidad de desaparición de la escritura como forma o fundamento de nuestra percepción de lo real, de nuestras cosmovisiones del mundo, de nuestras cosmogonías pasadas o futuras.

En este lugar debe velar el escritor. No hay tumbas pero tampoco hay cunas. Es un lugar de transición, un anochecer, un alba, una confusión del animo. Es tal vez por primera vez una nueva forma de ser llamados por la escritura y su terrible pasado. Es tal vez el único modo de conservar el pasado a través de la destrucción creadora, para fundar, en la celebración conmemorativa del pensar, algo más que un estar reunidos transitoriamente; esto es, para que pensemos y escuchemos, unos con otros, unos junto a otros, la voz de aquello que constituye la esencia de la memoria, la escritura, y que no deja en la hora de mayor peligro de venir a nosotros, porque es apelación, porque es gracia que requiere de nosotros algo más que un pasajero deleite, un apretón de manos transitorio o una promesa de futuro instalada sobre la utopía de un paraíso realizado a través de la planificación y el cálculo.

La escritura es noche y no poder, pero es también humildad y recogimiento y es combate sin sosiego. A las medidas del no poder, de la humildad, del recogimiento de la celebración conmemorativa, debemos nosotros, escritores, encomendar el destino del mundo. La globalización totalizadora y homogeneizadora es la otra cara de la fragmentación y el extrañamiento. Ambos son la plenitud, la carencia, el nihilismo pleno en cuanto obstructor y no destructor. Y allí donde crece lo obstructor nada puede construirse. Mientras el azar de la escritura como guerra y destrucción de lo pasado, como recepción del porvenir, permanezcan a nuestro lado, en el peligro, "como peligro mismo", crecerá también la posibilidad de salvación.

En este sentido, este diálogo que es todo y nada es también el símbolo de una voluntad que clama en el desierto para fundar oasis, con la sola certidumbre de que la voluntad no basta si no estamos protegidos por la gracia poética, el solo amparo que nos permitirá continuar una obra destinada al olvido de la historia o a la recepción multiplicadora de un futuro creador de otros mundos y otros horizontes.


       

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Creada el 20 de mayo de 1996 • Próxima edición: 2 de febrero de 2004 • Circula el primer y tercer lunes de cada mes