Letralia, Tierra de Letras
Año VIII • Nº 105
19 de enero de 2004
Cagua, Venezuela

Depósito Legal:
pp199602AR26
ISSN: 1856-7983

La revista de los escritores hispanoamericanos en Internet
Letras
Dos relatos
Aymer Zuluaga

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Asunto genético

Me agaché a amarrarme el zapato, no porque estuviera desanudado el cordón; si no porque me gusta sentir apretados los nudos de los zapatos; estaba allí en la repetitiva tarea cuando la vi por primera vez, era pequeña pero su aparición llenó de inmediato el salón, le di una mirada de reconocimiento y luego la ignoré, tanto que al terminar mi tarea autoimpuesta había olvidado por completo su aparición.

Seguí allí en la sala de espera del consultorio, sentado en el sofá confiando en pronto ser atendido, mirando las paredes y los cuadros, cuando recordé a la intrusa y la busqué con la mirada pero ya no estaba en su sitio; seguí recorriendo visualmente cada espacio del frío salón de recepción y reparé en la secretaria que desde mi llegada hizo señas para que me sentara, pero no había soltado por un momento el teléfono; era joven y tenía un rostro cansado, usaba los anteojos para cogerse el cabello arriba de la frente, y por el espacio de abajo del escritorio se podía ver que tenía un pie calzado sobre el piso mientras que, con el otro en el aire, jugaba con calzarse y descalzarse el zapato usando sólo los dedos de los pies. El zapato se balanceaba como para caerse.

Se abre la puerta del consultorio psiquiátrico y me levanto con la intención de entrar pero un gesto de la secretaria me detiene, se levanta, deja el teléfono aún descolgado sobre el escritorio y se termina de poner el zapato con el que jugaba mientras entra al consultorio diciéndole no sé qué cosas al doctor. Se cierra la puerta tras ellos y de nuevo me siento solo; me agacho para tomar una de esas revistas con las hojas de las portadas desbaratadas que siempre hay en los consultorios médicos, pero ninguna me llama la atención; así que doy otra mirada al salón de espera y la veo de nuevo, plantada en la mitad del salón, toda desorientada, sin saber para dónde coger, me mira y se queda quieta, yo la miro y me quedo quieto también.

Tras la puerta veo el mullido diván tantas veces usado y noto cómo la secretaria sale sonriendo, me distraigo mirando la puerta que sigue abierta y cuando vuelvo la mirada al centro del salón, ya no está. Me dirijo a la puerta pero la secretaria la cierra y me dice que debo esperar otro momento, que el doctor está ocupado, que si quiero puedo leer alguna revista, y señala el revistero que yo ya había explorado y una silla al lado de su escritorio, mientras coge de nuevo el teléfono y sigue su interrumpida conversación. Me levanto hasta la silla y tomo de allí una revista, gran sorpresa me llevo al comprobar que no sólo su portada está intacta sino que el número es reciente, así que me entran ganas de leer algún artículo o al menos leer los títulos.

El primer título que leo me envuelve y cautiva entre sus letras, se trata del asunto ese del genoma, que tanta alharaca ha causado en los últimos días, hay unos gráficos como hélices, otros como cintas enlazadas y algunas tablas comparativas, dice allí que compartimos muchos genes con otras especies animales. Por el rabillo del ojo la alcanzo a ver de nuevo, esta vez cerca de la silla de donde tomé la revista, la secretaria en su ocupación telefónica no ha reparado aún en ella; sigue jugueteando con el zapato hasta que éste cae al suelo. Miro el zapato caído, vuelvo los ojos hacia la silla y ya no está ella.

Me sumerjo de nuevo en la lectura y no sólo me asombra y decepciona saber que los humanos sólo tenemos cerca de 30.000 genes, sino que esta cifra es apenas dos o tres veces superior a los 13.000 genes de la mosca drosófila y una vez y medio más que los 20.000 genes de un gusano como el nematodos. No sé de moscas ni de gusanos con apellidos extranjeros, pero pienso que una mosca es una mosca sea de la familia que sea y un gusano es un gusano provenga de donde provenga.

Así que somos parientes lejanos de las moscas y primos de los gusanos, me digo, y sonrío mientras levanto la cabeza por encima de la revista y veo a la secretaria colgar el teléfono mientras suspira y empuja con los dedos de los pies el zapato, éste va a caer de nuevo, pero en un intento por atraparlo con su extremidad inferior resulta pateándolo; el zapato vuela y rueda hasta llegar a la mitad de la sala, la secretaria se sonroja y trata de sonreír, yo dejo a un lado la revista y me agacho a tomar el zapato. Estaba en eso cuando la vi de nuevo allí cerca del revistero. Insinuante, como provocándome para que actuara, no me lo pienso dos veces y avanzo hacia ella, llevo el zapato de la secretaria en la mano y zuassssssss... intento golpearla pero es muy lista y ha girado haciendo que falle el golpe; la secretaria se asusta al verme en ese plan, me pregunta ¿qué pasa? mientras me mira como creyéndome loco. Yo sigo tratando de darle alcance y la acorralo entre la silla y el escritorio, le tiro el zapato, la secretaria grita y su rostro ahora está pálido (el de la secretaria, por supuesto)... ahora también la ha visto y me señala dónde está. Recojo el zapato, avanzo con firmeza pero ella, en vez de huir, se detiene, nos mira con desprecio, como sólo se mira a un semejante... y se esfuma por entre un hueco de la pared. Hermana cucaracha.


Laberinto

Allí en la cuarta fila, en la séptima silla a la derecha, estaba sentado Jairo con aire de senador romano, la seguridad de ser el elegido le había dotado de esa sensación de sentirse observado a cada instante; su actitud, por tanto, sólo era la que debía tener el ganador antes de que se revelara su nombre. Ese "ya lo sabemos: soy yo" en su cara le daba motivos para permanecer en estado pensativo, dando la impresión de que una gran idea está siendo rumiada cuando en realidad su preocupación ahora era acerca de si le fallaría su voz o si algunas partes del cuerpo le temblarían al caminar hasta el escenario para recibir, de manos del jurado, el merecido premio. Quedaban a su izquierda cinco de las seis sillas que lo separaban del pasillo más cercano, delante de él estaba sentado alguien con una figura gruesa, por lo que se le dificultaba observar directamente la mesa dispuesta para la ocasión. Había llegado temprano, quizás veinte minutos antes de la hora estipulada por los organizadores del evento, primero se había paseado un rato por los corredores de la vieja casona observando su decorado, cada pieza armonizaba de una manera tan perfecta que era más irreal que esas casas que aparecían en los catálogos de las revistas que normalmente miraba en las salas a la espera de ser atendido para una entrevista de trabajo. Le quedó tiempo incluso de leer los avisos que colgaban en los dos pizarrones en forma de cartelera que, ubicados alrededor del patio con la fuente de agua, le daban a la casona un aire a colegio atendido por monjes benedictinos; las notas allí expuestas sólo interesaban a quienes trabajaban en aquella "Casa de la Cultura", pero Jairo las leyó como si fuese el editor encargado de hacer la selección para publicarlas.

Cuando abrieron la puerta del inclinado salón, fue el primero en reaccionar pero con su estudiado caminar y con su aire de perdonavidas dejó pasar delante algunos escritores noveles y sus acompañantes que se dispusieron a buscar asiento. La visión desde la puerta del salón le llegó nítida, la mesa tendida con mantel blanco, con las dos jarras de agua y los cinco vasos vacíos, apenas si daba espacio para colocar las sillas del otro lado; cuatro estaban del lado de allá, pero una de ellas estaba a un lado de la mesa (a la izquierda de Jairo), mostrando completamente su perfil y dando la impresión de ser una huérfana a la espera de un padre adoptante.

Se adelantó a los acontecimientos y se vio allí caminando frente a la mesa hasta llegar a la silla desamparada, estrechando las manos de los integrantes del jurado; con la carta, el pergamino o el diploma en su poder, apretando esa insignia que le aseguraba los quince minutos de fama a que tenía derecho. La clara visión se vio interrumpida para darle paso al grupo de seis jóvenes que se adelantaron para sentarse en la primera fila. Su pausado caminar y la inclinación del pasillo del centro lo llevaban hacia el atrayente escenario, los ruidos de las sillas al moverse y la algarabía del grupo de jóvenes lo obligó a despertar de su ensueño y a dejar dos filas de distancia entre los revoltosos y él. Giró a su derecha y se sentó en la primera silla, pero con un rápido movimiento se levantó de nuevo pues quería darle más espectacularidad a su salida. Se sentaría un poco más adentro, para tener que recorrer, entre aplausos y la incomodidad propia de salir hacia el pasillo, el camino hasta la mesa. Desde su nueva posición tendría que vencer varias sillas ocupadas por sorprendidos espectadores, que hasta se atreverían a felicitarlo mientras le estorbaban su llegada al objetivo.

Cuando por fin se sentó, cruzó sus piernas como se había cuidado de no hacerlo en las docenas de entrevistas de trabajo a las que había asistido sin éxito, apoyó su mano derecha en su rodilla izquierda y reclinó su mejilla en su delgada mano. Miraba cómo adelante cuchicheaban entre sí los jóvenes, escuchaba cómo se llenaban las sillas a su derecha por las gentes que bajaban por el otro pasillo, se incomodó para darle paso a la pareja que entró como él por el pasillo del centro pero que decidió sentarse en las dos únicas sillas disponibles más allá; mientras dejaban vacías las seis anteriores. Hizo fuerza para que el grueso personaje que decidió sentarse en la fila de adelante se moviera para otra silla distinta a la que ahora ocupaba, pues le obstruía la directa visión al escenario.

"De no encontrar trabajo tendré que irme de la capital y regresar al pueblo de mis padres, de donde salí siendo un don nadie y a donde regresaré siendo un don ¿quién?", pensaba mientras su pose de intelectual atareado se diluía. Cuando por fin alguien se sentó a su derecha en uno de los seis asientos vacíos y le miró con intención de saludarlo, con renovada fuerza asumió su pose y saludó compadecido al tipo vestido de negro, con boina, sandalias y con esa mochila de lana que le cruzaba el pecho como bolso "manos libres" de moda. Aunque luego del saludo Jairo siguió mirando al escenario, tenía al recién llegado en su campo de visión y lo catalogó: ése es un joven de la generación del setenta que se viste como yo lo hacía en los sesenta para parecer que es un pensador de los noventa. Empezó a rezar un padrenuestro por él.

"...Caer en la tentación", fueron las últimas palabras que pensó antes de enfocarse de nuevo en el escenario, pues la ceremonia empezó con la entrada abrupta de los cinco jurados. Cuatro de ellos se sentaron tras la mesa y el otro se mantuvo de pie con el micrófono en la mano dando lectura al acta mientras la silla que mostraba su perfil permanecía fría.

Todo transcurrió muy rápido, palabras del uno, del otro, lectura de un poema, de otro, agradecimientos a los unos, a los otros y una luz tenue para dar reseña al autor ganador sin aún dar su nombre. Queremos invitar a un gran escritor que nos acompaña en la sala para que pase a recibir los honores que merece, dice el orador desde el micrófono señalando la silla vacía. "Antes de entregar el premio, quiero decir que considero a Jorge Arcadio el mejor escritor que he conocido en la década que llevo dirigiendo esta Casa de la Cultura", continuó el presentador.

Cuando el robusto escritor que estaba delante de él afectando su campo de visión salió a recibir el honor de sentarse entre el jurado; Jairo sintió vergüenza de no haberlo reconocido antes de escuchar su nombre; pero placer al saborear que su premio sería recibido nada más y nada menos que de las manos del excelente y admirado escritor. Giró el rostro a su izquierda para hacerle señas al oscuro personaje, pero estaba ocupado aplaudiendo; volteó en busca de la pareja de su derecha, y los vio sonrientes y sorprendidos. Los jóvenes de adelante gritaban cosas y se pusieron de pie aplaudiendo al paso de Jorge Arcadio, obligando a los demás a hacer lo mismo.

Cuando Jorge Arcadio salió a recibir el homenaje de sentarse con el jurado, se le entregó además un pergamino enrollado. Fue entonces cuando el homenajeado escritor dijo que nunca había soñado siquiera con recibir un premio como "el mejor escritor de la década en la Casa de la Cultura", y sacó una lista de personas a las que les expresó su agradecimiento, entre ellas a su madre. "Durante mi niñez en el Colegio Benedictino, que ahora es sede de esta Casa de Cultura, si alguien me hubiera dicho que, por mi trabajo literario, me iban a dar el premio de mejor escritor de la década, yo no lo hubiera creído", dijo emocionado Arcadio.

"En realidad, no hubo tal galardón", informó en las carteleras de la Casa de la Cultura, una nota escueta del director y presentador de la ceremonia. "La invitación a sentarse junto al jurado y el pergamino eran un obsequio para celebrar el cumpleaños de Jorge Arcadio, que coincidió con la fecha de la ceremonia. Nuestro querido escritor ha recibido tantos premios durante su carrera, que al parecer se confundió cuando recibió entre aplausos el anuncio de subir al escenario y creyó que se trataba de un premio al escritor de la década. Para evitar un molesto incidente se le hicieron a él los honores reservados para el ganador de la convocatoria, al cual le solicitamos se presente para reclamar su premio en ceremonia privada", decía la nota que Jairo nunca leyó.


       

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Creada el 20 de mayo de 1996 • Próxima edición: 2 de febrero de 2004 • Circula el primer y tercer lunes de cada mes