| Nota del editor |
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Este trabajo del ensayista argentino Manuel Lozano fue publicado en la
edición especial de Eccus (Madrid, mayo de 2002), y distribuida en las
universidades y centros académicos de España y otros países europeos. Hoy
lo reproducimos aquí gracias a su autor.
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"—Todo esto es un milagro —alcanzó a decir—
y lo milagroso da miedo".
Jorge Luis Borges, El libro de arena.
I. Transfiguraciones de una apariencia
¿Cuál es el rasgo determinante de la alegoría que tradicionalmente se ha
dado en llamar "las edades del hombre"? ¿La muerte inmanente,
acechando en cada resquicio, o acaso esperando, que también es una forma del
asedio? ¿El hambre y la avaricia de los años y los detritus que dejan bajo
un mismo, aparente sol? ¿La mera perplejidad ante los ambiguos enigmas de
toda vida? ¿O sólo el espacio que dibuja ese enigma insoluble sobre las
rotaciones del tiempo?
Dentro de esa alegoría, la juventud ha simulado siempre —al menos, en
Occidente— un espacio epifánico tramposamente seguro y triunfante, por más
que se omitiesen, en ciertos períodos, sus rasgos más notorios. Aun con sus
temeridades y el siempre sospechado pathos, el joven Prometeo simula
vida frente al ataque del buitre. Dionysos, portador de la primavera, conoce
de antemano su ciclicidad. Cristo (de muchas maneras, un nuevo Dionysos y un
Prometeo transfigurado) muere a los treinta y tres años, legando a sus
seguidores una promesa eternal exudante de parábolas fervorosas. ¿Cómo
entender al Paraíso si no como el arquetipo platónico de la juventud?
¿Leerlo como la perpetua sombra de un Paraíso Perdido jamás reencontrado?
Dilatada en los siglos, entretejida por la apología o el rechazo —momentos
extremos de las redes del poder según Michel Foucault—, la juventud obstina
vida. Desnuda vida. Desordena vida. Se sumerge en la sed de un mar de sangre.
Allí reside la transfiguración de su tragedia: su máxima aspiración.
II. ¿Infiernos de una hermosura perdurable?
Oscar Wilde redescubrió los misterios irisados del infierno en la
amenazadora belleza de Dorian Gray. "Ahora bien: la belleza de Dorian era
de ese género cuya seducción proviene del color y de la expresión (...).
Pertenecía a esa clase de jóvenes que hacen que el mundo parezca jovial
aunque sople el infortunio. La bondad y la dicha irradiaban de él
visiblemente; la habitación más sombría parecía iluminarse suavemente y
animarse cuando él entraba", aclara Basil Hallward, uno de tres espejos
arúspices del irlandés, del mismo modo que el esplendente Lord Henry, o el
amargado Gray en el prefacio del artista, para rematar inmediatamente:
"Lástima que un ser tan magnífico deba envejecer algún día —suspiró
Wilde".
La esfinge calla y se precipita al abismo.
III. Inutilidades del yo
La juventud resultaría, entonces, un larguísimo concepto en su tribu
inquieta de significantes. Un coup de des, para parafrasear a
Mallarmé, pero vindicando la etimología árabe de dado: azar. También
parecería lamer en las márgenes de su propia alteridad, de los
"desechos" de un yo inasible, furiosamente mutable, para
descomponerse luego en un doble extrañamiento que la revele ilusión de
integridad y memorial sísmico. Porque si todas "las edades del
hombre" son posesas de un hambre que las nutre o las desquicia por igual,
dentro de ellas la juventud se erige en espejo azogado de esta obsesión:
alienante rebeldía adorada por el mismo sujeto que la padece, busca de verdad
a pleno sol de los deslumbramientos, conjunción tanática y orgásmica
danzando por encima de un panteón de dioses falibles cada vez, crasa e
incompleta cuando explora —sobre todo, navega— la fresca piel criminal de
la especie. Yo es tú, nos recuerda quien precisamente abjuraría de sus
preocupaciones juveniles: Arthur Rimbaud.
IV. Inutilidad de una agonía
Tan inútil como una niebla clara alrededor de un bosque. Así se me
presenta la agonía de la juventud: la música de su éxtasis, y luego el
golpe en la piel.
V. Un territorio de contraluces extremas
"No es posible al fin que el milagro no estalle".
Antonin Artaud, Otros poemas
Quiero acercarme a la emboscada. La escritura de la juventud —las
variaciones de la idea— dibuja un archipiélago donde las sombras se igualan
con el día. El archipiélago puede simular una mazmorra. ¿Por qué esta
sociedad post-industrial cotiza tanto una muerte joven? ¿Por qué los mitos
jóvenes demoran en borrarse del imaginario colectivo? Vemos sus increíbles
mutaciones. Las escuchamos. Nos rozan. ¡Qué patético desamparo el de un
James Dean, de 24 años, bajo una lápida pisoteada por las muchedumbres!
¡Cuánta Silvia Plath oculta bajo almibaradas e incontables páginas!
VI. In signo balbus
Los equívocos diccionarios vienen definiendo la juventud (entiéndase a la
definición en tanto otra falacia) como aquella "etapa entre la niñez y
la edad viril". Luego, no agregan sino unos torpes ejemplos del tipo
"la flor de la juventud". Si viril vale por varonil o lo propio del
género masculino, ¿qué no-espacio se reserva a las mujeres? ¿Una niña
daría, por ejemplo, un salto abrupto hacia la vejez? ¿O simplemente
remplazaría ese "período" por dosis más largas de infancia y
vejestud?
En pleno siglo V un monje de Suiza le envía una carta a otro de Alemania,
diciéndole "te escribo in signo balbus", es decir con los
signos del balbuceo. Los bárbaros estaban a las puertas de una Roma
incendiada, se esperaba un seguro apocalipsis. Hoy asistimos desasosegados a
las múltiples invasiones de ese Leviathán llamado globalización. La
globalización vomita estadísticas económicas y balbucea. Los diccionarios
también.
VII. Juvencia*
Aunque lo hacen a pleno sol, parecen "sombras talladas por un
relámpago negro" (como aquellas damas del Breton de Nadja). Son varias
las que cruzan la fuente de la juventud en el cuadro de Lucas Cranach. Viejos
caballeros armados las esperan en la otra orilla con la casi seguridad del
contagio. Ellas son, a la vez, sacrificadas y poseedoras: autómatas
desatinadas.
Dicen que el rey Salomón se rodeaba también de numerosas adolescentes en
busca del contagio, de ese emigrar hacia lo prematuro.
VIII. Transcronologías
Por eso el simulante y joven Tom de El zoo de cristal, excediendo
los meros usos y costumbres de su época, dará con la feliz metáfora del
arcoiris roto, los delicados fragmentos que hacen al cuerpo y al alma de esta
insaciable peregrina. La que nunca se cansa. La que apuñala muerte con todo
su temblor. Con las heridas del grito.
*El apartado VII fue agregado a posteriori.