| Nota del editor |
El escritor venezolano Ernesto Román Orozco publicó en 2003 este poemario,
inserto en la colección Los Pequeños Seres de El Árbol Editores. Román
Orozco coordina en San Cristóbal el Departamento de Literatura del Ateneo
del Táchira y fue uno de nuestros anfitriones en el reciente Encuentro
Colombo-Venezolano de Escritores, al que asistimos en noviembre pasado. Hoy
ofrecemos a nuestros lectores una selección de sus poemas.
|
pregunto por la vejez del tiempo
por la breve eternidad
que tiene el mar
para desamarrarse los cordones
de los barcos
o sentir miedo de partirse
como el suelo
cuando lo besa el Papa
lo grande
advierte lo pequeño
resulta inédito despertar
en la estatura del olvido
intentar no ser mago
ponernos solos
y encerrarnos en un caracol
abandono
mi cuerpo sobre la silla
quede mi boca
entonces
al borde de este vaso
el cielo
a la sombra del ciprés
oigo cantos gregorianos
en las piedras
de mi orín
plañideras vestidas
de aguas negras
con las uñas de los pies
oxidadas por el hongo
se persignan
un hombre reza
las ronchas crudas de su boca
sabe que debajo de las mesas
siempre es de madrugada
observa cómo el día se mece en dios
cuando tiembla la tierra
en estos vasos de cristal de sábila
pongo
un cerro a mi espalda
para torcer el sol
en los espejos
persigno esta melancolía
quebrada contra el negro mate
de mi voz tan gruesa
como un árbol
o el olvido
llegan días
vueltos cruces de cenizas
en la frente
es tiempo en que la brisa
cuelga voces extrañas
detrás de las puertas
tiempo del mendigo alucinante
que se poda las barbas
con un escorpión
destajo
los confines intrincados de la lucidez
pienso
en tu libro de sedas
delirantes
enciendo
tabacos antiguos del viento
recorro
ocasos con un cuervo al hombro
anuncio
en rauda voz a mis difuntos
desde un villorrio de escapularios
mal tejidos
cuyos ecos residen
en quejidos de clavos oxidados en las sillas
si vuelvo
envuelto en telas
de báratro
es porque me traigo
de una oreja
es porque en ti
me pierdo
entre esos cedros
moldeados
por las sombras
mis dientes
rastrillan la candela
el dios disímil de lo blanco
hierve sus senos
en plenitud
de esas guitarras
llenas de crepúsculos
se abren entonces
los tres primeros besos
de tu blusa
son burbujas
de fuego
en la punta de tu lengua
viajo desde tu mente
hacia el mar
sobre un trueno
añejado en los robles
de un cristo
de anís estrellado