"...eso es lo que somos.
La aproximación a una certeza universal,
la impunidad de representar al mundo con altivo desparpajo".
José Ignacio Cabrujas
Un oso inmenso y peludo inunda nuestra televisión y la mayoría de las
salas de cine comerciales del país. Un animal amable, guapachoso, un tanto
burlón y hasta morboso, es la imagen de la bebida alcohólica nacional: la
cerveza, en este caso la marca Cervezas Polar. Marca reconocida dentro y fuera
del país, no sólo por la típica imagen del oso polar montado en un trozo de
hielo en medio de algún gélido lugar, sino porque este producto se ha
caracterizado siempre por una exitosa táctica de mercadeo y publicidad.
Lograr que todo venezolano se tome una polarcita bien fría, una
"birrita" es el fin único y exclusivo. Vender y vender, convertir a
todo un país en consumidores acérrimos de ese milagroso brebaje de cebada.
La productiva estrategia de mercadeo se logra primero buscando hermosas
mujeres, modelos de la farándula nacional, para ser abrazadas e idolatradas
por el gran oso peludo, convirtiéndolas en diosas, en objetos de deseo que
deben acompañar a toda cervecita polar. Segundo, intenta reconstruir,
deconstruir y hasta reflejar todo un imaginario de lo que somos los
venezolanos, a través de la imagen de un oso polar importado desde otras
latitudes.
El oso polar es un animal primero que nada carnívoro, su menú predilecto
es la foca, a la cual mata de un sólo zarpazo aplastándole el cráneo, y
comiéndose sólo la grasa y la piel de ésta, dejando la carne propiamente
dicha. Esta predilección hacia la grasa y la piel, se debe al alto nivel de
proteína y calorías que éstas contienen y que le permite al oso crear
reservas alimenticias y energéticas para los duros meses de la hibernación.
El macho es un animal solitario, que se acerca a la hembra y vive en pareja
sólo cuando está en celo. Los lazos que se establecen entre la hembra y sus
crías son muy fuertes, porque los oseznos nacen muy indefensos, siendo la
madre osa la encargada de velar por su supervivencia en el frío espacio donde
conviven.
Esta descripción pareciera ser incomparable con la del venezolano, sería
injusto decir que somos una incongruencia peluda que come piel y grasa en vez
de carne para poder sobrevivir a los tiempos difíciles. Pero precisamente lo
que hace a este animal y más concretamente a la imagen del oso de la campaña
de Cervezas Polar es el imaginario que recrea del venezolano como una
divagación en ese universo gélido de polos extremos. ¿No somos acaso unos
osos polares, imágenes de poder inmenso, sumergidos y a la deriva en un
espacio desolado y hostil como lo es el polo norte y miserable llamado
Venezuela? Lo somos, "Sí hay" hombres y mujeres peludos,
amarillentos, bonachones y rumberos que terminan siendo ícono, mito, imagen y
semejanza de una valla, de un comercial, de una lata azul o botella
transparente. Sí lo somos, lastimosa y felizmente, lo somos.
Nos podemos reducir a marca, a comercial en blanco y negro, a cuña grabada
cada treinta minutos, a un panfleto de vida que busca cada vez más, algo que
lo identifique como venezolano, como americano, llámese arepa, hallaca, La
Chinita, el guayoyito, la bala fría, el carrito por puesto, o la popular
cervecita fría, y pare de contar. Necesitamos crear símbolos culturales que
nos representen, y nos reconozcan como lo que somos. Esta verdad molesta y
mucho. No es fácil reconocerse en un oso peludo y feo y en una modelo
bellísima, y darse cuenta de que ese reconocimiento explica nuestra propia
miseria, nuestros defectos y carencias como hombres, mujeres y como pueblo.
El hombre venezolano se puede reducir a eso, y por eso se identifica con
ese monstruo peludo. Un ciudadano grande en espesor, en ideales, en grasa y
piel y con poca carne, buena gente (el oso polar es un animal inofensivo,
sólo es agresivo cuando es atacado), "bebedor de caña", echador de
vaina, y muy, pero muy pana, patria o muerte. Alto pana para rumbear, para
tomar las birritas y controlarse el mejor culo de la noche y
"coronar" como se diría en el habla ya popular de cualquier
adolescente. Pero eso sí, coronar en el mejor sentido de la palabra, con lo
mejor del panorama, la mejor calidad expuesta en los trescientos sesenta
grados alcohólicos. El oso corona y la osa cría, ella gesta sus hijos, los
pare y deambula, la mayoría de las veces sola por este suelo de hielo, en
busca no sólo de focas, sino de algas y cuanto pájaro mal puesto exista.
El macho venezolano representa un poder, una imagen de poder, aplaudida y
cedida, casi gentilmente, por la mujer, por la hembra que cría montones de
oseznos sin saber siquiera para qué los trae a este mundo. Somos eso, esa
incongruencia de natalidad y existencia carnívora, que insiste tercamente en
seguir aplaudiendo cada vez que nos restriegan en la cara lo que somos.
Aplaudir a nuestro inconsciente por reconocerse en una publicidad de cerveza,
bien pensada, con toda la intención del mundo de darnos donde nos duele y
gusta. Y es tanta la excitación en nuestro reconocimiento que terminamos por
tomarnos todas las latas de osos polares posibles, cada quince y último, para
empaparnos aun más de lo que realmente somos y de lo que nos cuesta tanto
reconocer.
Sí hay gente, hombres y mujeres paridos por esta tierra de Dios
benevolente, rica en oro, petróleo, playa, yuca y plátano, mujeres diosas y
hombres feos y sabrosos como el oso. Sí hay seres humanos, trabajadores,
jodedores y bochincheros, buenos y malos padres, madres abnegadas, ciudadanos
cultos y miserables. Lo que no hay es mucha carne, por eso seguiremos comiendo
grasa y piel, para poder sobrevivir, como diría Octavio Paz citando a Marx,
"...en las aguas heladas del cálculo egoísta".