Diez y seis
años, ni bella ni fea, rubia, cara redonda, cuerpo todavía algo desgarbado e
infantil. Pero... poseía aquel particular talento. A diferencia de cualquier
otro, pensaba. Era única.
Sin quererlo de manera consciente, su mano trazó algunas frases sobre una
hoja de papel: "Vivo en un mundo silencioso, en el cual nadie sabe entrar
ni amar. No existen cerraduras, ni puertas, ni llaves, solamente una selva
desierta en la cual puedo pasear y admirar los árboles, llorar y reír por
cada nube, percibir el sabor de la hierba y tocar el murmullo del
viento".
Patricia suspiró... Tomó la hoja de papel y la rompió lentamente,
dejando que los pequeños trozos cayesen flotando del escritorio.
Mañana calurosa. Las palabras escritas y el siguiente gesto, cumplido
inmediatamente después, eran típicos de Patricia.
Pero aquella mañana, después de diez y seis años de silencio... ¡La voz
llegó..! Ella no la había escuchado todavía.
Al llegar se dirigió hacia el último pupitre para ocuparlo... el
sempiterno pupitre de la última fila... abrió el cuaderno de tapa empastada,
y se preparó para observar las sombras de las palabras del profesor.
—Los simbolistas franceses —comenzó el profesor luciendo su bondadosa
sonrisa de plástico y porcelana— sabían descubrir una gran belleza en
lugares y personas aparentemente contradictorias. Da fe de esto, por ejemplo
"La carrogne" de Baudelaire...
Las palabras, carentes de todo significado, hacían ruido en los oídos de
Patricia. Entre sus dedos el bolígrafo trazaba garabatos al azar sobre el
cuaderno. "¡Vamos, arriba... concéntrate!", le sugería la mente.
La muchacha, aburrida, dejó que su cerebro la empujase a través de la
sofocante inmovilidad de la clase, para captar las corrientes de pensamientos
que se cruzaban debajo de las palabras del profesor.
sería conveniente que la morena de la primera fila cerrase las piernas y
se sentara de manera más recatada
Patricia retiró su sonda mental y apretó, de manera mecánica, las
rodillas. Notó el ligero roce sedoso de las piernas enfundadas en las medias,
y le pareció un trueno. Me estoy ruborizando, pensó contrariada, y, sin
embargo, sabía que no era ella la muchacha criticada mentalmente por el
profesor. Pero entonces... ¡aquella imagen en la cabeza de él..!
Diez y seis años, transcurridos escudriñando las mentes ajenas, cayeron
con todo su peso en las espaldas de Patricia. "No me acostumbraré jamás
a los sufrimientos que encuentro en sus mentes", pensaba. Con demasiada
frecuencia me han obligado a regresar tras mi escudo. Diez y seis años de
vida, y, desafortunadamente, Patricia no había jamás encontrado a persona
alguna dotada del mismo talento que ella poseía. Todas estas personas y...
tanta gente en el mundo que sólo habla a través de sus labios... y yo ¡sola
entre la multitud..!
hola, patricia
La voz estaba en su cabeza. Patricia miró hacia arriba asustada.
en mi cabeza
Las caras de sus compañeros de clases se habían vuelto lívidas por el
colectivo e idéntico aburrimiento.
no, patricia... no estoy en tu clase
Confundida, Patricia estaba sentada petrificada, el bolígrafo se escurrió
de sus manos sin que ella lo notase.
contrólate... cálmate... así... contrólate
Patricia se concentró, se esforzó en pensar de manera coherente.
pero tú... tú no me estás hablando... tú estás aquí en mi mente
por supuesto... soy un telépata como tú
¡no!
—¡No!
El muchacho sentado a su lado la miró. El profesor titubeó un momento,
luego siguió su clase.
no... no... no...
En la red de oscuros meandros de Patricia se oía el eco de manera
convulsa. Deslumbrada por el choque del encuentro, se sentía invadida por el
pánico. Alguien se estaba moviendo en campo abierto, más allá de su selva.
¡La estaba acechando!
alguien está tratando de llegar dentro de mí... no... salga, por favor...
salga de mi mente
cálmate... patricia... vamos... tranquila... no te asustes, querida... no
soy un invasor... sólo quiero comunicarme contigo... muy bien... muy bien...
ahora ya está mejor
El pánico se estaba disipando, dejando el lugar a un caos de sensaciones
confusas.
tengo ganas de llorar... de reír... de gritar... todo a la vez, ¿sabes?
El terror se fundía con una emoción desconocida, que poco a poco la
invadía. Incrédula Patricia la reconoció: ¡era la esperanza!
discúlpame... pero todavía no sé controlar esta cosa... dios, qué
angustia... mi soledad... temí ser la única...
lo sé
El pensamiento de Patricia era de arrepentimiento.
siento haber sentido miedo... no logro pensar... no logro concentrarme...
¿quién eres..? ¿cómo me encontraste?
despacio... ten calma... una cosa a la vez... entiendo que es impactante...
hubiese debido ser más cauto... no hubiese debido agredirte de ese modo
cuando capté aquel grito tuyo de soledad... pero no pude contenerme... eres
la primera... ¿comprendes?
pero me alegro... sí... sí... ¡me alegro mucho!
La barrera de hielo, instalada desde tanto tiempo en la mente de Patricia,
había comenzado a derretirse.
me llamo javier
La mente de Patricia exultó.
javier... javier... ¡es un nombre bellísimo!
El sonido del timbre llegó para interrumpirles. Siguió una confusión de
movimientos, mientras los estudiantes recogían sus libros, cuadernos,
lápices, y se amontonaban hacia la puerta de salida. Casi de inmediato
Patricia se encontró de nuevo sola en el aula de clase.
así que la clase ya terminó
Javier captó su pensamiento.
¿entonces qué hacemos, Patricia... quieres que nos encontremos?
sí... ¡oh, dios..! ¡sí, sí, no más soledad, por favor!
La pausa se alargó de manera insoportable. Luego, Javier contestó a sus
pensamientos en tono más sumiso.
por supuesto, patricia... espero que así será
¿donde puedo encontrarte?
en el parque... en la parte norte... estaré sentado bajo el samán... no
te enfades si te espero aquí y dejo que seas tú la que deba caminar... pero
el trayecto no es muy largo y la verdad es que quería que el encuentro
tuviese lugar en un sitio bonito... y este es muy bonito
no me molesta... la mañana es maravillosa... además el trayecto no es
largo en absoluto
Los alumnos del siguiente turno ya comenzaban a llenar el aula mientras
Patricia cerraba el cuaderno y colocaba de nuevo el bolígrafo en la cartera.
Ya varios estudiantes se habían sentado y un larguirucho pelirrojo estaba
parado al comienzo de la fila de Patricia y esperaba tímidamente,
posiblemente ocupaba el pupitre de Patricia y no sabía cómo afrontar aquel
cambio inesperado de su rutina cotidiana. Con los libros bajo el brazo,
Patricia se levantó y le dedicó una amable sonrisa al rojo larguirucho. Él
devolvió la sonrisa y siempre tímidamente bajó la mirada. Patricia captó
sus pensamientos.
graciosa esta muchacha, lástima que no está en mi curso
Patricia le sonrió de nuevo al pasar delante de él, y se dirigió a la
puerta de salida. El tráfico de estudiantes había concluido. Patricia se
abrió camino en medio de los últimos rezagados y de los otros estudiantes
que se dirigían hacia todas partes.
patricia... ¿tú de dónde eres?
Era Javier.
nací en macuto... soy litoralense... era una ciudad muy linda antes del
desastre... ¿tú también eres del litoral?
no... creo que tú me definirías como guaro, soy de la ciudad de los
crepúsculos... la hermosa barquisimeto
sin embargo no pareces guaro
y tú no pareces una belleza costanera... al oírte... es... extraño cómo
el acento desaparece de los pensamientos... y... las imágenes se presentan
etéreas y difuminadas... es la representación borrosa de nuestro prototipo
ideal... creo... es totalmente diferente... al ver... o al oír las palabras
¡claro..! pero para mí es mejor así
—¡Epa, Patricia... espérame, cosa linda!
Ella se paró y miró hacia atrás. Era Roberto, alto y fanfarrón con su
franela a rayas y sus zapatos tenis, quien la miraba sonriente.
—Vamos —dijo Patricia complaciente y siguió caminando. Él se le puso
al lado.
—Quiero hablar contigo.
—¿Sí?
—Quiero pedirte disculpas por lo de la otra noche. Fui un patán.
—Para serte sincera... sí.
Patricia no tenía ninguna gana de darle entrada a Roberto, pero le habían
enseñado a comportarse educadamente y cumplía con ello.
javier... ¿te molesta?
en absoluto
—Sabes no soy tan grosero. Había bebido un poco. Quizás demasiado.
Evidentemente estaba algo acelerado.
Patricia asintió.
—En fin, no era yo realmente.
Patricia miraba al suelo
—Lo que quería decirte —continuó Roberto— es exactamente eso... que
me disculpes. Quiero hacer las paces. Mira, ¿qué te parece si vamos al cine
el sábado y luego a tomar algo y echar un pie? —las palabras le salían a
borbotones—. No será como la otra vez, cuenta con ello.
Patricia miró la cara seria de Roberto y luego, ex profeso, hurgó en la
superficie de sus pensamientos.
por supuesto que no será como la otra vez... el sábado espero que esta
sifrina necia afloje... de lo contrario llevará lo suyo... no voy a seguir
botando mis centavos en cine y caña sólo por la chimba satisfacción de
darnos unos besitos frente a la puerta de su casa
Patricia apretó los labios en una sonrisa. Roberto devolvió la sonrisa
con expresión gentil y afectuosa.
—Anda a que te den por el culo —dijo Patricia siempre sonriendo. Y
levantando la mano le propinó un par de bofetadas con todas sus fuerzas.
Luego se alejó dejándolo todo atontado, con expresión estupefacta e...
idiota.
Comprensión y risa amable dominaban en los pensamientos de Javier.
bien hecho, linda... quizás te faltó darle un rodillazo por donde tú
sabes para que aprendiera... de verdad que se lo merecía
¡bah!, no es peor que los otros después de todo.... miel en los labios
mientras sus pensamientos gritan odio
no siempre es así... la gente tiene de vez en cuando buenos
pensamientos... a veces olvidan su egoísmo y dejan de mentir
como tú
El pensamiento de él llegó como flotando sobre una ola de buen humor.
no soy un candidato a la beatificación... sin embargo me esfuerzo por
tratar a la gente como quisiera que me tratasen... quizás sea una filosofía
primaria, pero no está mal como deseo... ¿por qué no desear..?, lo que pasa
es que cuando deseo no estoy jamás en paz conmigo mismo
El pensamiento de Javier retumbaba como una letanía en la mente de
Patricia. Ella estaba todavía degustándolo cuando le llegó el siguiente.
nunca he estado realmente en paz... ni conmigo mismo ni con ningún otro...
recuerdo que odiaba a todos porque eran lo que eran... porque no tenían las
condiciones para comunicarse conmigo y... me detestaba porque los odiaba
¿y ahora?
no lo sé
Algo tembló frente a la cara de Patricia. Ella abrió los ojos y la vio.
Una mariposa amarilla, con las alas luminosas y era tan hermosa y tan frágil.
javier, siento como si siempre hubiese estado ciega y de pronto... haber
recuperado la visión
Patricia se paró en la acera, giró sobre si misma, y abrazó con la
mirada los verdes y hermosos jardines, el césped, las flores rojas, la hiedra
que se adhería obstinadamente a las paredes y más allá el blanco horizonte
de Caracas.
ahora es todo diferente, javier... ya nada es como antes
Giraba sobre sí misma, estática y sedienta, abrevándose con el panorama,
con los sonidos, con los olores y con todas las sensaciones en su exterior,
que en el pasado casi no advertía. Le llegó, suave y confidente, el
pensamiento de Javier.
lindo, ¿verdad?
Patricia veía la belleza del mundo y sentía su visión fundirse con la
mente de Javier en una infinidad de detalles. Recibía el entusiasmo de él,
lo agigantaba, e imaginaba ser un velero cargado de amor por la vida, de
sensibilidad y de la dulzura de Javier.
tranquila, linda... ten cuidado... no creo que hayas realmente contemplado
al mundo... sólo te estás emborrachando de realidad
eres hermoso
sigo repitiéndote que sólo soy un individuo sencillo... con una
filosofía de vida muy simplificada que, sin embargo, sirve para hacerme
relativamente feliz
entonces quiero que sea así también para mí
a veces es fácil... no tienes que hacer otra cosa que abrirte al mundo...
eso es todo
Ella advirtió algo tajante... categórico, pero no le prestó atención
¿sabes? creo que te amo
cálmate patricia... ni siquiera me has visto
sí... nos hemos visto de la manera más importante... la etérea...
¿crees que nuestros hijos heredarán nuestro talento?
la verdad es que todavía no había pensado en eso
yo sí... en el preciso momento en que me di cuenta de que la soledad
comenzaba a diluirse
patricia
¿sí?
nada... nada
ya casi llego
Frente a ella se abría la hermosa extensión del parque en donde Javier la
estaba esperando.
Patricia llego al samán y se paró. Miró a su alrededor. La tarde era
aún joven y por los alrededores había muy poca gente... algunos estudiantes,
unas tres o cuatro personas trotando y más allá algunas sombras completando
el decorado. Un muchacho negro estaba sentado en un banco, a su izquierda,
detrás de una montaña de libros de texto algo deteriorados, vio a otro joven
sentado en otro banco... y con el hombro apoyado al samán, con actitud
desenfadada, un joven de figura atlética la miraba fijamente a través de un
par de lentes oscuros.
—¿Javier? —se atrevió a llamar indecisa.
javier
patricia, por aquí
—Patricia.
La voz provenía de su izquierda. Patricia volteó.
—Hola, Patricia.
Su voz poseía un tono bajo y agradable. Por un instante increíblemente
largo, Patricia miró fijamente los abultados labios de los cuales habían
salido las palabras, los grandes ojos negros, la ancha nariz el pelo
ensortijado y la piel muy oscura. Él abrió sus manos mostrando las palmas
color sepia.
¿importa?
no... no... por... supuesto... que no...
Pero sí importaba.