El caos del Sr. Corioli
Si tu cabeza está llena de ratas
Y te compraste todos los números
de esta farsa, y el tiempo no para...
Yo veo al futuro repetir el pasado
y veo un futuro de grandes novedades,
y el tiempo no para. No para...
Bersuitvergarabat (1983)
Tan simple como tirar la cadena o apretar el botón, si lo vemos de un
punto de vista más moderno.
Todo lo que allí hay desaparece por un agujero, que siempre se traga todo.
Como nosotros.
Siguiendo el orden de las fuerzas universales gira lentamente en nuestro
cerebro, pero ese giro depende del hemisferio. La dirección depende del
hemisferio. Más rápido, más rápidamente, más endemoniadamente helicoidal,
hasta confluir en el punto por donde todo se va por el caño de un revólver.
Estas fuerzas parecen ordenadamente regulares pero son caóticamente
cíclicas, determinadas.
Cualquier fluido o un elemento que avanza por él se desvía naturalmente
hacia la derecha en el hemisferio norte y pasa lo contrario en el sur. A favor
del reloj (un invento suizo) en el norte y como deteniendo el tiempo acá en
el sur; como debe ser arriba y en contra pero naturalmente abajo.
Así las balas, los misiles, las tormentas, las ondas de radio y los
remolinos (como el que se forma en el inodoro) se desvía imperceptiblemente
para la diestra de la fisíca; dejándonos abajo del ecuador la siniestra
razón de que los inodoros importados de Europa no se limpian bien.
El orden viene del norte, el ordenamiento, la razón y el equilibrio. La
democracia y la monarquía. El capitalismo y el comunismo fueron desarrollados
allí pero utilizaron a todo el mundo para su pelea económica; no importa
para qué lado lo lleve a uno la fuerza que descubriera el señor Corioli.
Malthus y Darwin. La esclavitud. Las guerras santas, las cruzadas
svásticas, espáticas, grandes y primarias son boreales. Las vacunas y las
pestes, los bancos y las deudas, los fondos y los usureros se inventaron en un
mundo que no consideraba la existencia de otro más caótico hasta que
descubrió los esclavos, el oro, toda la plata, las vacas, los R estrategas y
los indígenas anárquicos que recibían a sus enemigos con flores y les
prestaban sus limpias mujeres.
La masacres y la inquisición fueron creadas para los infieles de abajo del
ecuador. El calor, el petróleo, los bere-bere, los zulúes, los incas y los
polinesios son del sur.
El desorden del orden vive aquí, por estos lares.
El caos, el infierno esta abajo del polo antártico, según dicen y Dios
vive en algún monte mas allá del Peloponeso a la deriva de todo lo que hay
en el universo, que al fin es un fluido...
Un líquido turbulento como la sangre, el mar, un río descontrolado y el
amor.
Nuestra búsqueda nos lleva quizás por el mismo camino, pero giramos
diferente y por lo visto hasta hoy jamás nos podremos unir y a lo sumo
estaremos enfrentados.
Será hora ya de crecer y tomar nuestro camino, nuestro tiempo; tal vez
crear hasta nuestros propios relojes, que giren al derecho según se va al
cielo...
El legitimo hijo del viento
Cuenta la leyenda y está escrito en la memoria de cualquier futbolero que
se precie: que el Defensores de Villa Mitre jugaba siempre con el viento a
favor, o por lo menos eso parecía.
De local, de visitante o en cualquier entrenamiento, el equipo contaba: con
unos backs pesados, un mediocampo pachorriento y de tres cuartos de cancha
para arriba, una tormenta imparable que lo mantuvo por años al tope de la
tabla.
No había rebote del arquero contrario, aun el más pequeño y azaroso, que
no fuera recogido por un Simún caliente, que llenaba la boca de un gol con
gusto a oasis. Cualquier pifia en el área era barrida por un Zonda demoledor
y secante, que metía inexorablemente el balón en las mallas infladas a
reventar como un globo aerostático. Una pelota al vacío, en un contraataque
fulminante, siempre cambiaba de rumbo en el último segundo, como un papel que
una brisa arremolinadamente caprichosa hacía bailar. La redonda entraba con
el último suspiro, muriendo al termino de su maratón.
Los centros bajaban de golpe y cambiaban de rumbo angularmente; como
movidos por los chorros de un ciclón con nombre de mujer y terminando siempre
en goles antológicos. A veces, sólo a veces, alguna pelota que había pasado
a todos era salvada milagrosamente sobre la línea. Cuando Eolo disponía que
su primogénito debía bajar para ayudar en la defensa.
El Villa Mitre formaba con un extraño 4-3-2 y siempre parecía que faltaba
uno, aunque fuera conocimiento de todos que por la punta derecha algo pasaba.
Un invierno crudo, frío y de sudestada perpetua, la epidemia de gripe
china tenía a mal traer a todos los equipos de la liga, que formaban con
mayoría de suplentes. El partido comenzó, la primera pelota al vacío
siguió de largo y se perdió en las pajas bravas del fondo de la canchita. El
peligroso centro clavado por el gordito de la diez fue a dar contra el
alambrado del costado, y un rebote largo que dio el arquero contrario originó
un contraataque que terminó en gol.
Un viejito que miraba bajo de un paraguas enorme, hincha a muerte del Defe,
gritó preocupado:
—¡DT, ponga el cambio! ¿no ve que de win no hay nadie?
Y comentó amargamente: —Pá’ mí que al hombre lo mató la gripe...
Y así fue, entró el número 13, un tal Díaz que hasta hizo un gol.
Del Eufemio A. Lucero nunca más se supo... A veces, sólo a veces, cuando
sopla esa brisa de verano a eso de las siete, esa que se lleva los mosquitos.
Como viniendo del lado de la tribuna local, puede olerse aún un gol con gusto
a oasis.