| Nota del editor |
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En febrero de 2003 el escritor uruguayo Jorge Majfud publicó en un periódico español este trabajo, en el que analiza el fenómeno del auge del Islam frente a las acciones militares de Estados Unidos como parte de un fenómeno mayor en el que las sociedades experimentarán lo que él llama una "revolución del individuo". Por su carácter profético y sus planteamientos, hoy lo reproducimos aquí para nuestros lectores.
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Esta vieja Europa que encuentro después de tan pocos años, ha cambiado tal vez de forma invisible, pero
profética.
He sido amablemente invitado por el gobierno de Tenerife para presentar mi último libro en España y
para participar en varios debates en vivo. Sobre todo, he escuchado y leído todo lo que he podido y, en
cualquier caso, he sentido la misma preocupación por la guerra —o, para ser más exactos, por el
bombardeo— y por la inmigración de los pobres al centro del mundo. La ruptura de occidente es menos
evidente.
Sobre estos problemas no voy a agregar mucho más. Además, de ellos ya se han encargado las mentes más
lúcidas, y de poco y nada ha servido hasta el momento. Del otro lado, hemos escuchado y leído discursos
que, si no tuviesen consecuencias tan trágicas serían, por lo menos, cómicos, travesuras más propias de
estudiantes que de los servicios de inteligencia más poderosos del planeta, de los cuales depende la vida o
la muerte de millones de personas.
Si se me permite el atrevimiento, quisiera ir a un problema que considero más de fondo, no sin antes una
breve introducción.
Estoy leyendo en El País
de Madrid un documento salido de la oficina de Condolezza Rice, el cual fue ratificado por el Congreso
norteamericano. Dice: "Existe un único modelo sostenible de éxito nacional —el de Estados Unidos—
que es justo para toda persona en toda sociedad". Dejo los comentarios a los lectores que, a diferencia
del filósofo que escribió estas líneas, siempre presumo inteligentes. Y si, además, son cultos,
seguramente recordarán el esquema de pensamiento europeísta que imperaba en el siglo XVIII, o versiones
más dictatoriales, fanáticas y mesiánicas del Islam moderno. A esta altura de la historia, daría toda la
impresión de que algunas personas no pueden comprender que una gran democracia nacional puede ser, al mismo
tiempo, una gran dictadura mundial. Y lo digo con pesar, porque admiro la cultura y la belleza de ese gran
país del norte, donde tengo tantos amigos.
Pero vayamos más a fondo. Desconcentrémonos por un momento de la coyuntura actual de esta guerra y
veremos esos cambios invisibles que, inexorablemente, están ocurriendo en todo el mundo.
Lo que hoy llamamos "globalización" no es otra cosa que el ensayo, conflictivo y con
frecuencia criminal, de un cambio a mayor escala. Y, por el contrario a lo que se afirma casi unánimemente,
a mi juicio es el inicio crítico de tiempos mejores para la paz mundial. No ciertamente por la victoria de
ningún imperio policíaco, sino todo lo contrario.
Nuestro tiempo es crítico porque es el tiempo en que el mundo se ha cerrado, dejando dentro de su unidad
física una pluralidad contradictoria y a veces incompatible de intereses. Paradójica y suicida. Desde los
primeros globalizadores —los fenicios— el comercio había sido también una actividad cultural. Desde
entonces, junto con las cedas y los condimentos, viajaron culturas enteras, costumbres, artes, religiones y
conocimiento científico. Hoy el comercio significa, lisa y llanamente, la destrucción de las culturas que
no le son rentables, al mismo tiempo que la vulgarización de aquellas otras de las cuales se sirve. Es un
proceso de barbarización que se confunde con el progreso de los medios. Pero, entonces ¿cuál es la
próxima etapa de esta globalización?
Hace unas décadas, el científico británico J. Lovelock concibió la teoría de Gaia, es decir la
teoría según la cual se entendía nuestro planeta como un ser vivo. En un ensayo de 1997 quise
complementar esta idea de la siguiente forma: si el cuerpo de Gea es la biosfera, su mente ha de ser la
estratosfera —esa nueva corteza pensante— y cada habitante del planeta sería, así, como una neurona,
unida a otras neuronas por dentritas vinculantes —ondas de radio, Internet, etc. Inmediatamente supuse que
nuestro planeta sufría de autismo o de una crónica descoordinación, y que si los ecologistas se habían
ocupado de su cuerpo, nadie lo había hecho hasta ahora con su mente. Si la contaminación ambiental es su
cáncer, la geopolítica es su esquizofrenia. Sin embargo, hoy creo que esa conducta no es producto sólo de
una fobia —como lo fue la Segunda Guerra— sino que es propia de un recién nacido que mueve sus manos
sin advertir aún su individuación.
Y creo que esta es la próxima etapa de la globalización. Con la movilidad de los individuos aumentará
la conciencia de nuestra soledad cósmica. Después de una profunda crisis del antiguo modelo internacional,
basado en el egoísmo y en la fuerza, seguirá un tiempo donde no habrá lugar para un imperio basado en una
única nación. Una mayor conciencia de nuestra soledad cósmica será, al mismo tiempo, la mayor conciencia
de nuestra humanidad, y los rígidos límites nacionales se ablandarán hasta disolverse en la historia.
Tendremos, entonces, límites y regiones culturales, pero no políticas ni militares. El mismo fenómeno de
los zapatistas de Marcos, en México, se explica por este fenómeno que no aspira al triunfo de la fuerza
sino de la opinión del mundo. Aunque hoy parezca utópico, creo que cada vez importará más lo que piensen
los pueblos.
La paz será, entonces, más probable en la segunda mitad del siglo XXI que en todo el siglo pasado. Su
mejor garantía no será la imposición de un gobierno supranacional, como quiso serlo el proyecto fracasado
de la ONU: la mayor garantía será la conciencia individual, la fuerza de los sin-poder. Está claro que no
todos aceptarán al mismo tiempo este mestizaje racial y cultural, pero el proceso será irreversible.
Incluso la actual inmigración de los musulmanes a los países occidentales es positiva y un preámbulo de
este nuevo "dialogo de culturas". Es la forma más efectiva de que ellos nos conozcan mejor y vean
que también nosotros podemos ser hombres y mujeres de valores morales sin pertenecer a su religión ni a su
cultura. Lamentablemente, aún no se da la relación inversa, si entendemos que el turismo no es más que la
deformación del conocimiento, la vulgarización del antiguo viajero. Pero tarde o temprano el cruce se
producirá, dejando lugar al mestizaje nos salvará del "tribalismo planetario" en el que estamos
inmersos hoy.
Entonces surgirá el "ciudadano del mundo" con una característica psicológica y cultural que
hoy cuesta mucho comprender, dado el tiempo de crisis que estamos viviendo, la que no se debe a este cambio
que se está produciendo sino a la profundización del antiguo modelo.
El nuevo ciudadano será mucho más exigente y mucho menos obediente que cualquiera de nosotros lo es
hoy. La desobediencia es una virtud que el poder siempre se ha encargado de presentar como un defecto, ya
sea éste el poder paterno, religioso, económico o estatal. Y si bien la obediencia al padre es útil en la
infancia, luego, en su propia continuidad, deja de serlo y se convierte en un vasallaje que ignora el logro
de la madurez, de la responsabilidad individual del nuevo adulto. Es, en este sentido, que una persona
verdaderamente libre es desobediente. Ésta, la desobediencia del habitante Tierra, será quizá la mayor
revolución del siglo XXI. La democracia representativa dejará lugar a la democracia directa, para
convertirse con el tiempo en una antigüedad, base de los caprichos personales del líder de turno que hace
que la posición geopolítica de un país como España, con respecto a la guerra, se base exclusivamente en
el criterio de un solo hombre, elegido algunos años antes, e ignorando deliberadamente la voluntad del
noventa por ciento de la población que se ha manifestado categóricamente en contra. Los gobernantes se
justifican de incumplir sus promesas preelectorales o de tomar decisiones contra la voluntad de la mayoría
poselectoral argumentando que la realidad es cambiante. Pero no aceptan ese mismo argumento cuando esa
mayoría lo contradice o pide la revocación de una decisión o de sus ministros.
Hoy todas las relaciones internacionales están basadas en las relaciones personales, como en los
antiguos sistemas monárquicos. (José María Aznar: "Hay una corriente de simpatía entre Bush y
yo", "Nos entendimos desde el primer día que nos vimos"). Así, el destino de millones de
personas sigue dependiendo del ánimo y de las relaciones amorosas entre dos o tres caballeros.
Más al Sur, vemos cómo los gobiernos "democráticos" de los países periféricos ya no tienen
poder de decisión sobre sus propias políticas económicas, sociales e impositivas. Dependen de sus
acreedores, de las directivas de los Centros Financieros Internacionales, como el FMI. Sin embargo, éstos
Centros dependen, a su vez, de los débiles gobiernos de la periferia, ya que son ellos los vasos
comunicantes que se relacionan "legítimamente" (o legitimados) con sus poblaciones. Son ellos los
recaudadores de impuestos que, en suma, irán a financiar al Poder Central, es decir, al poder económico y
militar que decide el destino de los pueblos. Y si estos gobiernos son demasiado pobres, por lo menos sirven
para controlar la desobediencia.
Pero cuando los líderes imperiales, y los grandes centros financieros pierdan su poder, el individuo
tendrá menos posibilidades de ser manipulado en su opinión y en sus sentimientos.
No habrá otra salida a la actual psicopatología mundial que no sea el mestizaje. Mestizaje de razas y
de culturas, el cual no pondrá en peligro la diversidad, como sí lo está haciendo la uniformización
cultural de las superpotencias. La ruptura de las fronteras y la libre circulación de los individuos hará
prácticamente imposible la manipulación de los pueblos.
Por otra parte, los poderes legitimados se encuentran enredados en una lucha contra el terrorismo. Pero
este terror también es una consecuencia de su entorno, no sólo de su propia cultura política sino de las
políticas ajenas —la crisis de la globalización naciente. El terrorismo no es el mero producto de la
naturaleza humana sino de su historia. Tanto acción como reacción son, en este caso, productos
simultáneos de un determinado Orden mundial. Reestructurada la actual relación mundial del poder, también
declinarán los fenómenos terroristas de nuestro tiempo. Sería tonto pensar que el auge del Islam en la
segunda mitad del siglo XX es independiente del creciente poder político y militar de occidente
capitalista.
Pero antes de la gran revolución civil habrá una profundización de la crisis de este orden obsoleto.
Esta crisis será en casi todos los ámbitos, desde el orden político hasta el económico, pasando por el
militar. La Superpotencia es actualmente muy frágil debido a su recurso militar, con el cual ha minado el
arma más estratégica de la antigua diplomacia. De hecho, ha inaugurado la antidiplomacia: mañana, si
Estados Unidos no derroca a Sadam Hussein, terminará por fortalecerlo, ante su pueblo y ante el mundo. Es
decir, no hay salida a su poco inteligente estrategia. Por otra parte, no podrá resistir un contexto
crecientemente hostil porque su economía, base de su poderío militar, se debilitará en proporción
inversa. Hoy está en condiciones de ganar cualquier guerra, con o sin aliados, pero los sucesivos triunfos
no podrán salvarla de un progresivo desgaste. El resultado inmediato será una gran inseguridad mundial,
aunque ésta se superará con la revolución civil. En este momento de quiebre, Occidente se debatirá entre
un mayor control militar o en la desobediencia civil, la cual será silenciosa y anónima, sin líderes ni
caudillos, sin masacres. Será la primera revolución del individuo de la historia que se opondrá al
individualismo, así como la libertad se opondrá al liberalismo.
Los pueblos nunca le declararon la guerra a nadie. Las guerras siempre las promovieron y provocaron
individuos que se arroparon con todo el poder de un pueblo al que, de una forma u otra, sometieron, ya sea
de forma dictatorial o "democrática", en el sentido actual y antiguo del término. Las guerras
surgen con las civilizaciones, no con la humanidad. Y si bien es cierto que con la humanidad surgió la
violencia —ya que ésta es inherente a toda forma de vida, inclusive la vegetal—, también es cierto que
tal vez la misión más noble de nuestra especie en su evolución espiritual sea aprender a dominar esa
violencia, como alguna vez lo hicimos con el fuego, para convertirla en creación y no en destrucción, en
vida y no en muerte.