En la particular situación que vive Venezuela en los actuales momentos, donde dos facciones políticas
se han enfrentado con preocupantes consecuencias para el país, y cada una tiene sus razones para desconfiar
de la otra —a nuestro juicio razones valederas la mayoría—, el anuncio del presidente Hugo Chávez de
crear próximamente un ministerio de cultura ha de ser, en lugar de motivo de apresuradas congratulaciones,
el punto de partida para una profunda reflexión sobre el papel que un ente de esta naturaleza debe
desempeñar en el desarrollo cultural local.
Durante los últimos tiempos la gestión cultural ha estado a cargo del Consejo Nacional de la Cultura,
ente gubernamental que cada año convoca a los grupos e instituciones culturales a que presenten sus
proyectos para el año siguiente, de manera de aprobar los subsidios correspondientes. Históricamente estos
subsidios son cancelados con retrasos y los beneficiarios deben hacer del ingenio un arma para el combate
diario.
Las agrupaciones del interior del país enfrentan los mayores problemas en este panorama. Si bien es
cierto que, aunque tarde, los recursos siempre llegaron, el grueso del presupuesto anual que el gobierno
venezolano destina para cultura se queda en la capital del país, como reflejo de la tradición centralista
que tanto debate ha generado en nuestra sociedad desde los años 80 hasta el momento actual.
En un artículo del año pasado, el escritor Carlos Yusti hacía este retrato de lo que ha devenido el
trabajo del Consejo Nacional de la Cultura: "El peseteo del Conac para impulsar la cultura la ha matado
de manera sistemática, aparte de crear unos paquidermos institucionales (llámeseles fundaciones,
asociaciones civiles, etc.) preocupados en la cultura como sarao de misoginia política y acracia light. La
cultura aquí, con revolución o sin ella, es sólo un culebrón de maricocracia cursi y bostezante" (Escáner
Cultural, Nº 52, julio de 2003, http://www.escaner.cl/escaner52/yusti.htm).
Hace años se viene planteando la necesidad de crear un ministerio de cultura que tenga participación
activa en la delineación de las políticas del sector mediante su concurso en el consejo de ministros, bajo
la suposición de que este solo hecho garantizará una mejor gestión cultural. Lo cierto es que sin una
idea clara de la dirección que se desea imprimir al desarrollo de la cultura venezolana, dudamos que la
creación de un ministerio sea suficiente para conducir a buen puerto las iniciativas del sector.
El gobierno actual parece dar prioridad a lo que entiende como cultura popular, lo cual nos parece muy
bien salvo por la inclusión del factor político en el trazado de las iniciativas de apoyo al sector.
Erróneamente se difunde en ciertos círculos la falacia de que sólo el "arte social" —por
llamar de alguna manera a las expresiones artísticas enfocadas en la exaltación de la lucha de clases—
merece el respaldo y los recursos que deban destinarse a la cultura.
Por otro lado, se ha llegado al extremo de desconocer el trabajo de muchas de las personas e
instituciones que en el pasado aportaron lo mejor de sí para construir el aparato cultural tal como lo
conocemos hoy en día, sólo porque han expresado su abierta oposición a la gestión gubernamental. Así,
la cultura se ha involucrado en el proceso de resquebrajamiento social al que asiste el país. Y lo ha hecho
no pocas veces de manera festiva, como si fuera algo absolutamente normal y hasta plausible.
Si tuviéramos posibilidad de asistir a la utopía de que el futuro ministerio de cultura de Venezuela
será un ente para el desarrollo del sector, y no para la satisfacción política del gobierno y sus
intereses promocionales, este momento sería crucial para la cultura venezolana. Pesimistas por naturaleza
cuando observamos el comportamiento del ser político, sugerimos distancia y ojo crítico, que son dos de
las cualidades de los mejores gestores culturales.
| Post-Scriptum |
"La poesía cruza la tierra sola, / apoya su voz en el dolor del mundo / y nada pide / —ni siquiera palabras".
Eugenio Montejo, "La poesía".
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