
"Si la vida es una jornada interminable, ¿dónde está su finalidad? Por doquier. Nos
hallamos en este palacio sin límites al que hemos llegado. Si lo exploramos, ampliaremos nuestra
comprensión del mismo, tornándolo más y más nuestro".
Rabindranath Tagore
A diferencia de la cordillera andina, donde elevaciones brotan de elevaciones, en Tamil Nadu, India, las
montañas surgen de improvisto, en soledad, desde un suelo totalmente plano. Mirarlas por primera vez es una
experiencia única: ellas dan la impresión de un grupo de gigantes, emergiendo inmóviles de la vasta
planicie, congregados y sin embargo extrañamente separados. Con sus pináculos azafranes o pardos, parecen
contemplar el cielo como esperando.
Entre esas montañas se levanta Arunachala, triángulo dorado e irregular emplazado sobre la tierra. Las
escrituras hindúes la consideran como la manifestación física —Iswara
swarupa
en sánscrito— de Shiva, quien junto con Brahma y Visnú forma la trinidad divina central al
hinduismo. Arunachala constituye un vórtice de devoción, lugar sagrado al que acuden millones de
peregrinos, donde el fervor es un omnipresente hecho de la vida diaria.
A primera vista, Arunachala parece ser tan sólo una montaña más. Sin embargo, luego de un primer
vistazo la mirada del viajero no puede abandonarla. Cuanto más se la observa, mayor es la dificultad de
obtener una imagen mental certera. Misterios reales no necesitan un velo de oscuridad para existir —florecen
a plena luz y medran allí donde todo el mundo puede observarlos. En Arunachala un curioso efecto visual
parece germinar de la combinación de luz y barro áureo: Sol y montaña se confunden en una imagen que
permanece más allá de la mirada.
Peregrinos de todo el mundo toman parte cada día en la caminata conocida como giripradakshina
—en sánscrito giri
, montaña, pradakshina
, circunvolución. Muchos lo hacen en las madrugadas, prefiriendo el recogimiento brindado por el silencio.
El trayecto se extiende por casi dieciocho kilómetros alrededor de Arunachala. A orillas del camino, se
encuentran múltiples lugares de reposo y de contemplación que van desde elaboradas capillas hasta
sencillísimos altares; es posible detenerse en los mismos y ofrecer una plegaria antes de continuar con el
recorrido.
Una parte de la ruta del giripradakshina
pasa por las calles de la ciudad de Tiruvanamalai, a los pies de Arunachala. En el centro de tal urbe se
halla Arunachaleswara, el segundo templo hindú más grande de la India, cuya arquitectura monumental está
marcada por trece siglos de continua reverencia. Sus altas murallas trazan un inmenso cuadrilátero de
granito en la falda oriental de la montaña. En cada uno de los costados del complejo se abren cuatro
puertas gigantescas —en sánscrito raja gopuras
, entradas principales— cuyos arcos están coronados por torres piramidales. Otras cinco puertas menores
—kuti gopurams
— de las mismas características se abren dentro del templo.
En el recinto así delimitado numerosos elementos arquitectónicos o naturales coexisten —seis
santuarios mayores, capillas, altares, fuentes, arboledas, jardines. Uno de los lugares más impresionantes
es la sala central —mandapam
en sánscrito—, sitio de recogimiento y de oración puntuado por mil pilares de granito. Los sacerdotes a
cargo del templo conducen diariamente cientos de ceremonias individuales llamadas pujas
, rituales en los que el devoto pide a la divinidad por su salud, vida y progreso. La fe de quienes
participan en los mismos es palpable: exactamente como en América Latina, gente sencilla y humilde invoca
la ayuda divina con total entrega y sin sombra de duda.
Cualquier persona puede visitar Arunachaleswara, desde sus dinteles hasta el sancto sanctorum
, sin importar su religión, raza u origen. La única exigencia expresa es hacerlo con pies descalzos; a sus
puertas se encuentra, como en todo espacio considerado sagrado en la India, un pequeño pabellón donde se
depositan sandalias y zapatos. Implícitamente, se espera también que el visitante se comporte con un
recato igual al que mantendría en los lugares religiosos de su propia patria. Cerca de la salida un gran
elefante prodiga con su trompa un gentil toque en la cabeza de los visitantes que lo deseen. Cada uno de los
así favorecidos paga unos cuantos centavos a cambio de esa bendición de la naturaleza, respetada y
celebrada de tal modo.
La tradición monástica de la India es milenaria, parte de la vida en sociedad y profundamente
respetada. En Tiruvannamalai, particularmente, multitud de asahramas
han sido instituidos a través de los siglos. La palabra asharama
en sánscrito tiene un doble significado. Ella alude a la tercera etapa de la vida del ser humano, aquella
que idealmente debería dedicarse a la contemplación religiosa. Adicionalmente y por extensión, el
término asharama
indica un monasterio creado bajo la inspiración o en homenaje a un santo hindú. Santos hindúes son
usualmente referidos con la palabra guru
que en sánscrito significa maestro, término que ha sido usado y abusado con fines comerciales fuera de la
India.
Dos monasterios católicos se han establecido en la ciudad, uno de benedictinos y otro de carmelitas. La
raigambre cristiana en Tiruvannamalai no se limita a tal presencia: En 1952, fray Henri Le Saux (1910-1973),
gran místico francés conocido en la India bajo el nombre de Swami Abishiktananda, vivió por algunos meses
como eremita en Arunachala. En las notas de su diario correspondientes a ese período, publicadas bajo el
título La Montée au Fond du Coeur —Ascensión a las cumbres del corazón—
se lee respecto de la montaña:
"Un misterio reside en Arunachala. ¿Qué misterio es éste? ¿Por qué tantas personas se
sienten atraídas por ella? [...]. Yo mismo he llegado hasta aquí atravesando océanos, fascinado.
¿Por qué este sentimiento insólito? ¿Por qué, a pesar de todas las inconveniencias de la vida en
este lugar, aquí me siento feliz y en paz como en ningún otro sitio? Esta es la fascinación que ha
atraído ascéticos por siglos".
Durante su primera visita a Tiruvannamalai en enero de 1949, Fray Le Saux tuvo la oportunidad de conocer
personalmente al gran santo hindú Sri Ramana Maharshi (1879-1950) conocido como el sabio de Arunachala. En
1896, luego de una crisis espiritual, Sri Ramana, en ese entonces un joven de dieciséis años, se sintió
impulsado a abandonar su pueblo natal y su familia en búsqueda de Arunachala. Luego de un viaje pleno de
incidencias, llegaría a la montaña donde, por más de cuarenta y seis años, viviría en profunda
comunión con lo divino. La base de su espiritualidad se encierra en una pregunta básica y paradójicamente
henchida de significado, con la que impulsaría a todo el mundo a autointerrogarse: "¿Quién soy
yo?".
Originalmente la solitaria contemplación espiritual y meditativa de Sri Ramana tomó lugar en la sala
central de los mil pilares en el templo de Arunachaleswara. Tal lugar fue reemplazado sucesivamente por
otros templos localizados en Tiruvannamalai y sus alrededores, campos abiertos, una cueva en Arunachala y
finalmente, un asharama
construido a los pies de la montaña. Inicialmente una humilde edificación de barro, Sri Ramana Asharama es
en nuestros días un complejo monástico de dimensiones, al que llegan no sólo peregrinos hindúes sino
también visitantes de toda latitud y religión. El ecumenismo de las sencillas y al mismo tiempo profundas
enseñanzas de Sri Ramana ha alcanzado en nuestros días el mundo entero.
La rutina monástica es idéntica a aquella de tiempos del sabio. Los religiosos residentes y los
huéspedes comparten tres comidas diarias. Los platos ofrecidos son aquellos típicos de la cocina del sur
de la India, la misma que, a pesar de compartir muchos ingredientes con la del norte del país, es
inconfundible por lo omnipresente del arroz como ingrediente. Una costumbre instituida por Sri Ramana
también continúa: cada día el asharama
brinda alimentos a cientos de personas de escasos recursos y a monjes itinerantes —sadhus
en sánscrito. Estos últimos son figuras omnipresentes en las calles de Tiruvannamalai, usualmente
envueltos en ropajes de tono naranja oscuro.
A diferencia de otros asharamas
en los que se imparten clases y conferencias, en Sri Ramana Asharama cada quien se dedica a la actividad
espiritual que desee: en prístinas salas, permanentemente abiertas, es posible observar personas meditando,
leyendo o recitando plegarias. Sacerdotes adscritos al asharama
cumplen con ritos y pujas
a horas establecidas o a pedido de visitantes y devotos. Sri Ramana mantenía una franciscana afinidad con
los animales, y, en consecuencia, los mismos son bienvenidos en el asharama
. En los jardines es común observar aves de todo tipo, incluyendo raros pavorreales albinos, cuyo abrupto y
penetrante canto se escucha a intervalos.
Desde la puerta posterior del asharama
es posible emprender el camino que conduce a Skandashrama, una de las cuevas que Sri Ramana ocupara en la
Arunachala. El camino se inicia con un graderío de piedra bruñida por décadas de uso y continúa con un
sendero también empedrado, bordeado de arbustos y vegetación variada. Luego de ascender por
aproximadamente una hora, se arriba a un promontorio desde el cual es posible observar Tiruvannamalai. El
templo de Arunachaleswara se divisa entonces como un enorme mapa tridimensional, la magnificencia de su
arquitectura y proporciones tornada aún más evidente por la perspectiva aérea.
El panorama de la planicie está marcado por incesante movimiento y sonido, perceptible aún desde lejos.
La montaña, por el contrario, proyecta un silencio inexplicable, preñado de energía. Estudios
contemporáneos sugieren que la placa tectónica en la que Arunachala reposa se halla entre las más
estables de la Tierra. Ello contrasta con la permanente llamada telúrica de los Andes, que se elevan
exactamente al otro lado del globo terrestre. A pesar de su serenidad geológica, la energía de Arunachala
no resulta totalmente desconocida para el viajero de origen andino: ella evoca la presencia de volcanes,
figuras tutelares en una región lejana, contrastante y sin embargo extrañamente similar.
En 1938 el escritor inglés W. Somerset Maugham visitó Sri Ramana Maharshi. Años después incorporaría
su experiencia en su novela El filo de la navaja,
donde, refiriendo un amanecer visto desde Arunachala, escribiría:
"Cuán magnificente era el panorama que se desplegaba frente a mí, mientras el día emergía
en esplendor... La belleza del mundo me abrumaba. Nunca antes había conocido una exaltación igual y
una felicidad tan trascendente".
Tal vez una experiencia de tal intensidad no sea dada a todo el mundo. Sin embargo, nadie que visite el
corazón de Tamil Nadu podrá permanecer impasible. En el palacio ilimitado del que hablaba Tagore,
Arunachala es uno de esos espacios en los que la jornada es interior por excelencia.