Letralia, Tierra de Letras
Año IX • Nº 109
24 de mayo de 2004
Cagua, Venezuela

Depósito Legal:
pp199602AR26
ISSN: 1856-7983

La revista de los escritores hispanoamericanos en Internet
Artículos y reportajes
Francisco Madariaga*
en el recuerdo

Oscar Portela

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Francisco Madariaga

Rehén de la colina

1
Oh candoroso embriagado entre loros,
entre isletas subiendo hasta el nivel de la
colina,
canta en tu boca el canto ardiente de otra boca,
y cuando la sangre sube hasta tus ojos es
porque están quebradas todas las fulguraciones
del sollozo en tu pecho.
Canta, viejo rehén de la colina.
Arde, candoroso de alcohol negro, que con palmas
salvajes tienen hijos que retornan al viento,
al gemido del clima en el olor áspero y cruel
de las arañas del estero,
en aquel paisaje de cristal desprendido del fuego.

2
Asombra al mundo en un paisaje de enero,
oh demente,
oh luz de la humedad.
Ah colgado sediento de unos ojos,
duerme, duerme bajo la luz del padre al otro
extremo del poder y la delicadeza.
En tus ojos la berlina del viaje amarillo arde
helada.
Beso tras beso el pasajero toca la raya de ácido
caliente del retorno.
Sé piadoso con el otro límite de tu fragilidad,
padre aletargado por el sol,
presión de la locura de una tierra suspendida en
la tela del agua y del fuego.

El riesgo de la verdad
Caes en mí como una brusca levedad del clima,
del agua,
de una oblicua y desterrada colina,
castigo delicado de un paisaje solamente hollado
por su propia demencia.
Mi desnudez asume así tu cálido cristal
y se destina más al fondo del celo
con piel sonriente candente de tu herida.
Adorada mía tapizada de rayos,
con tu colina bajando todas las aguas de la
locura.
Niña mía, con la boca cargada del esplendor del
plátano, alguien, alguien tiene que depender
del canto.

Si apuraran una definición mía sobre la sombra que proyecta el anti-discurso poético de Madariaga sobre la literatura argentina, contestaría que me recuerda el frenesí de los primeros profetas —fundamentalmente a Juan El Bautista— por que todo su ethos se encuentra del lado del furor profético de quien se siente liberado y encadenado a un mensaje y por el otro, detrás del advenimiento de la buena nueva de ese mismo mensaje.

Madariaga es un pagano que intenta desesperadamente entrar al "cielo", ante el cual se inquieta al igual que quienes nacieran antes del advenimiento de la encarnación del nuevo "cielo" en la tierra liberada.

Por eso, para mí, Resplandor de mis bárbaras * es una colección de poemas del cual sólo el tiempo se encargará de hacer un balance y a la vez notar cómo la onda que mueve a que su decir sea poético, se repliega cada vez más sobre sí, cuanto más lejos alcanza a pronunciarse aquello que pregna la destinación de su palabra, liberando al mismo tiempo las fuerzas que lo atan a su cautiverio poético.

En la página 52 exclama coherente con aquello que constituye el peculiar ersatz de su visión de lo poético: "¿La poesía? ¿A veces una imagen de narración para aquello contra lo que se cometió algún tipo de pecado?". Se trata una vez mas de una alusión a lo que el poeta ha llamado con insistencia "el delito natal" —título de una de sus principales obras.

Madariaga, el pagano que ardía bajo la sombra del paraje criollo, sollozando por lo reparable en una quemazón irreparable, ha confesado más de una vez de qué manera fue mortalmente herido —he aquí la violación y el pecado de su caída, irreparable en las coyunturas del azar de la vida, irreparable en la constitución aceptada de su mandato poético— por la imagen del mundo proporcionada por la reflexión poética del mundo, que le adviene de su contacto con las "armas modernas", que le proporciona la poesía moderna.

Y hasta el momento sus esfuerzos titánicos han consistido en reintegrar aquellas imágenes prenatales del mundo, a las otras —las otras aguas—, las natales, que de algún modo lo convertirían en un hechizado y en un paria, en un exiliado del paraíso perdido de la condición pre-adánica.

Madariaga, el cautivo, cree por lo tanto en el pecado y por consiguiente en la salvación. Y su poesía es el tránsito, el pasaje de la imposible lucha de los opuestos que tensan su discurso hasta el hermetismo de claves límpidamente cifradas, hacia el final equilibrio de la luz, enunciada finalmente en el advenimiento de una nueva aurora del Ser; de una nueva epocalidad y espacialidad del habitar poético, ante la cual el poeta —el expuesto por excelencia— no puede relegarse.

Su locución es eyaculación, emisión, expurgación, de lo que el poeta llama pre-actual, es decir de lo Natal, pero también de lo Pre-Natal y de una geografía en movimiento, considerada en sus más profundos estratos ontológicos como lugar de destinación y alumbramiento de una nueva experiencia de lo político-universal: comarca de país, dadora de poesía, País Natal hecho de fuego y agua. Madariaga se mueve entre arquetipos de la imaginación y al mismo tiempo mueve arquetipos de la palabra, del Ser: cifras de lo Poético. Lo que tal vez el poeta ignore, en este caso, es que el acto de creación y elocución poética consiste en la permanente actualización de lo inactual en su insondable poder de transmutación y repetición de lo mismo, no de lo igual: la constante presencia de lo Presente en su invisibilidad manifiesta.

De ahí que el titulo con el cual se abre el primer capítulo del libro al que aludimos, como su libro clave: Confusos sueños natales. Al ingresar a la zona del puro onirismo donde lo prenatal toma forma y se eleva a la toma de conciencia de un ethos y de una estática, los sueños se harán mas claros: los colores de Gauguin reemplazarán a los cardenos de Van Gogh, de modo de ingresar a la superficie de la inocencia, aunque el poeta cante aún en las inmediaciones del mediodía que perturba la visión de la medida, en la desmesura del sueño Natal que el poeta no logra aún controlar. Es posible también que por ello el ciego vea mejor ("Rey Edipo tiene un ojo de más": Hölderlin) aquello que lo evidente oculta a la videncia del sueño poético.

A partir de esta introducción, la lectura permite —entre líneas— evidenciar los puntos de fuga y encuentro de una poesía que intenta liberarse de los terrores de la suerte (otro de sus títulos importantes) por el dominio de lo que el poeta denomina hechizos del azar, merced al dominio de los poderes naturales, con la boleadora del instinto poético a través de un estado sonambúlico certero, en la que el creador, "peón" del Universo, controla los terrores y temblores de la suerte: las pulsiones de Muerte y las percepciones de un estado de Poder y de Gracia genesíacos. El término ras insinúa el rastro primigenio del azar de lo maravilloso, que es también la amenaza del extravío y el delito natal, a cuyos azares la misma materia se ve sometida en sus diversos estadios cosmológicos. Es casi como si la Poesía precediera el destino cosmológico de seres y de cosas: su estatuto mismo. (Ver poema sobre Aldo Pellegrini).

Como en sus libros anteriores, Madariaga busca el camino de la liberación a través del exorcismo de las aguas que también han hechizado (bautizado) al vidente. Madariaga —ya lo hemos insinuado en otras oportunidades— es un poeta del fuego en las aguas, modernísimo animista, y ateo que teme los poderes diabólicos, aunque crea que Dios es el único ser que no necesita existir para reinar.

* Junto a Aimé Césaire, Francisco Madariaga —el argentino correntino— es uno de los más poderosos poetas de la poesía moderna. Este homenaje a pocos años de su muerte. Regresar.


       

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Creada el 20 de mayo de 1996 • Próxima edición: 7 de junio de 2004 • Circula el primer y tercer lunes de cada mes