
Rehén de la colina
1
Oh candoroso embriagado entre loros,
entre isletas subiendo hasta el nivel de la
colina,
canta en tu boca el canto ardiente de otra boca,
y cuando la sangre sube hasta tus ojos es
porque están quebradas todas las fulguraciones
del sollozo en tu pecho.
Canta, viejo rehén de la colina.
Arde, candoroso de alcohol negro, que con palmas
salvajes tienen hijos que retornan al viento,
al gemido del clima en el olor áspero y cruel
de las arañas del estero,
en aquel paisaje de cristal desprendido del fuego.
2
Asombra al mundo en un paisaje de enero,
oh demente,
oh luz de la humedad.
Ah colgado sediento de unos ojos,
duerme, duerme bajo la luz del padre al otro
extremo del poder y la delicadeza.
En tus ojos la berlina del viaje amarillo arde
helada.
Beso tras beso el pasajero toca la raya de ácido
caliente del retorno.
Sé piadoso con el otro límite de tu fragilidad,
padre aletargado por el sol,
presión de la locura de una tierra suspendida en
la tela del agua y del fuego.
El riesgo de la verdad
Caes en mí como una brusca levedad del clima,
del agua,
de una oblicua y desterrada colina,
castigo delicado de un paisaje solamente hollado
por su propia demencia.
Mi desnudez asume así tu cálido cristal
y se destina más al fondo del celo
con piel sonriente candente de tu herida.
Adorada mía tapizada de rayos,
con tu colina bajando todas las aguas de la
locura.
Niña mía, con la boca cargada del esplendor del
plátano, alguien, alguien tiene que depender
del canto.
Si apuraran una definición mía sobre la sombra que proyecta el anti-discurso poético de Madariaga
sobre la literatura argentina, contestaría que me recuerda el frenesí de los primeros profetas —fundamentalmente
a Juan El Bautista— por que todo su ethos
se encuentra del lado del furor profético de quien se siente liberado y encadenado a un mensaje y por el
otro, detrás del advenimiento de la buena nueva de ese mismo mensaje.
Madariaga es un pagano que intenta desesperadamente entrar al "cielo", ante el cual se inquieta
al igual que quienes nacieran antes del advenimiento de la encarnación del nuevo "cielo" en la
tierra liberada.
Por eso, para mí, Resplandor de mis bárbaras
* es una colección de poemas del cual sólo el tiempo se encargará de hacer un balance y a la vez notar
cómo la onda que mueve a que su decir sea poético, se repliega cada vez más sobre sí, cuanto más lejos
alcanza a pronunciarse aquello que pregna la destinación de su palabra, liberando al mismo tiempo las
fuerzas que lo atan a su cautiverio poético.
En la página 52 exclama coherente con aquello que constituye el peculiar ersatz
de su visión de lo poético: "¿La poesía? ¿A veces una imagen de narración para aquello contra lo
que se cometió algún tipo de pecado?". Se trata una vez mas de una alusión a lo que el poeta ha
llamado con insistencia "el delito natal" —título de una de sus principales obras.
Madariaga, el pagano que ardía bajo la sombra del paraje criollo, sollozando por lo reparable en una
quemazón irreparable, ha confesado más de una vez de qué manera fue mortalmente herido —he aquí la
violación y el pecado de su caída, irreparable en las coyunturas del azar de la vida, irreparable en la
constitución aceptada de su mandato poético— por la imagen del mundo proporcionada por la reflexión
poética del mundo, que le adviene de su contacto con las "armas modernas", que le proporciona la
poesía moderna.
Y hasta el momento sus esfuerzos titánicos han consistido en reintegrar aquellas imágenes prenatales
del mundo, a las otras —las otras aguas—, las natales, que de algún modo lo convertirían en un
hechizado y en un paria, en un exiliado del paraíso perdido de la condición pre-adánica.
Madariaga, el cautivo, cree por lo tanto en el pecado y por consiguiente en la salvación. Y su poesía
es el tránsito, el pasaje de la imposible lucha de los opuestos que tensan su discurso hasta el hermetismo
de claves límpidamente cifradas, hacia el final equilibrio de la luz, enunciada finalmente en el
advenimiento de una nueva aurora del Ser; de una nueva epocalidad y espacialidad del habitar poético, ante
la cual el poeta —el expuesto por excelencia— no puede relegarse.
Su locución es eyaculación, emisión, expurgación, de lo que el poeta llama pre-actual, es decir de lo
Natal, pero también de lo Pre-Natal y de una geografía en movimiento, considerada en sus más profundos
estratos ontológicos como lugar de destinación y alumbramiento de una nueva experiencia de lo
político-universal: comarca de país, dadora de poesía, País Natal hecho de fuego y agua. Madariaga se
mueve entre arquetipos de la imaginación y al mismo tiempo mueve arquetipos de la palabra, del Ser: cifras
de lo Poético. Lo que tal vez el poeta ignore, en este caso, es que el acto de creación y elocución
poética consiste en la permanente actualización de lo inactual en su insondable poder de transmutación y
repetición de lo mismo, no de lo igual: la constante presencia de lo Presente en su invisibilidad
manifiesta.
De ahí que el titulo con el cual se abre el primer capítulo del libro al que aludimos, como su libro
clave: Confusos sueños natales.
Al ingresar a la zona del puro onirismo donde lo prenatal toma forma y se eleva a la toma de conciencia de
un ethos
y de una estática, los sueños se harán mas claros: los colores de Gauguin reemplazarán a los cardenos de
Van Gogh, de modo de ingresar a la superficie de la inocencia, aunque el poeta cante aún en las
inmediaciones del mediodía que perturba la visión de la medida, en la desmesura del sueño Natal que el
poeta no logra aún controlar. Es posible también que por ello el ciego vea mejor ("Rey Edipo tiene un
ojo de más": Hölderlin) aquello que lo evidente oculta a la videncia del sueño poético.
A partir de esta introducción, la lectura permite —entre líneas— evidenciar los puntos de fuga y
encuentro de una poesía que intenta liberarse de los terrores de la suerte (otro de sus títulos
importantes) por el dominio de lo que el poeta denomina hechizos del azar, merced al dominio de los poderes
naturales, con la boleadora del instinto poético a través de un estado sonambúlico certero, en la que el
creador, "peón" del Universo, controla los terrores y temblores de la suerte: las pulsiones de
Muerte y las percepciones de un estado de Poder y de Gracia genesíacos. El término ras insinúa el rastro
primigenio del azar de lo maravilloso, que es también la amenaza del extravío y el delito natal, a cuyos
azares la misma materia se ve sometida en sus diversos estadios cosmológicos. Es casi como si la Poesía
precediera el destino cosmológico de seres y de cosas: su estatuto mismo. (Ver poema sobre Aldo
Pellegrini).
Como en sus libros anteriores, Madariaga busca el camino de la liberación a través del exorcismo de las
aguas que también han hechizado (bautizado) al vidente. Madariaga —ya lo hemos insinuado en otras
oportunidades— es un poeta del fuego en las aguas, modernísimo animista, y ateo que teme los poderes
diabólicos, aunque crea que Dios es el único ser que no necesita existir para reinar.
* Junto a Aimé Césaire, Francisco Madariaga —el argentino correntino— es uno de los más poderosos
poetas de la poesía moderna. Este homenaje a pocos años de su muerte. Regresar.
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