El aceite en el fuego tararea algo en pequeños estallidos (chasquidos) y brinca, brinca y salpica
nostalgias.
Hemos dejado sazonar un beso durante tres minutos... y el aroma (y aún tus palabras) fluctúa papaloteando
por la cocina... en tu boca de ajonjolí y almendra.
Tres minutos antes de que comiencen los hervores.
—Y quieras meter tu cucharita.
Mirada de macho ofendido.
"Y tu cazuela...", desvío el pensamiento y evito decirte pinche por la ambigüedad de la
palabra y sólo te pregunto: ¿Me ayudas con los huevos?
Te tomo de la mano y te traduzco que ando de antojo.
Entre
ajos
cominos
ciruelas
perejil
y
pimientos
se
condimenta
tu temperamento.
Y exclamas: "¡Oye!".
Me elaboro un entremés:
Tu vientre untado con mantequilla y mermelada.
Con tus ojos de verde aceituna me pides que empanice tus caprichos favoritos y los acompañe de lechuga,
pepinos y poemas.
Agrego un poco de epazote a la sopa de estrellas fugaces y lunas de queso (miel si prefieres).
Y ya con el queso fundido hilvanamos corazones.
A la barbacoa aún le hacen falta especias y esa especie de gruñido onomatopéyico ofuscado tuyo.
—¿Cuál mi ejotito?
—¡Aggg!
—¿Aggg?
—Si mi florcita de calabaza.
—A ver, hazle otra vez...
—¡Aggg!
—¿Te fijaste que la carne fuera de borrego?
Con los efectos de la cebolla nos consolamos un poco y para pasar el trago amargo nos bebemos un abrazo
de piña colada.
De postre:
Caricias de fresa con crema, nubes de algodón de azúcar con trozos y trazos de chocolate, alma y
recuerdos...
Al final con un Alka-Seltzer mandamos a la vida a freír espárragos.