Letralia, Tierra de Letras
Año IX • Nº 109
24 de mayo de 2004
Cagua, Venezuela

Depósito Legal:
pp199602AR26
ISSN: 1856-7983

La revista de los escritores hispanoamericanos en Internet
Letras
Clasificados
Ana María Costa

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TE BUSCO, MUJER, TE BUSCO DIVERTIDA, INTELIGENTE, SEXY Y CON SENTIDO DEL HUMOR... PARA DECIRTE QUE MINAS HAY MUCHAS PERO DE ORO QUEDAN POCAS, Y TAMBIÉN PARA DECIRTE QUE SI ME ANIMARA A SECUESTRARTE, JAMÁS PEDIRÍA RESCATE...

Y Jose, ávida lectora del rubro BÚSQUEDA en los clasificados dominicales, se enamoró al instante del romántico capaz de publicar semejante deseo.

Lo primero que la impactó fue el doble sentido de la frase sobre las "minas", lo hacía mundano y sensible. Ni qué hablar lo del "secuestro"... Deliró con las aventuras de Don Juan, soñó con epopeyas de piratería e imaginó a Don Ernesto raptando a la célebre Matilde.

Cuando despertó de sus ensoñaciones, se pellizcó las mejillas y recordó la trillada sentencia de su padre cada vez que se enojaba con ella "si alguien se anima a secuestrarte alguna vez, ni loco pago el rescate". A veces suponía que le hablaba como en los últimos tiempos a su madre y se maldecía por no reaccionar como ella lo había hecho.

Se preguntó durante toda la tarde si sería divertida y tendría sentido del humor, hasta llamó a más de un amigo varón para interrogarlo sobre su parecer masculino al respecto. "Amigos son los amigos", se dijo después de oír a Rubén. "Mirá si tendrás chispa, que tu humor, por lo general ácido, no parece el de una mina", le dijo en tono de piropo.

Sin embargo, a Josefina no le sentó el halago. Quería saberse femenina y lo que acababa de escuchar parecía marcarle lo contrario.

Tan abstraída estaba que no advirtió, al principio, la inscripción que rezaba al pie del aviso. Dos días más tarde, releyendo aquel mensaje de amor cifrado, descubrió que había una casilla de correo donde escribir y una sigla que no alcanzaba a descifrar: J.C 1946, "adjuntando foto de cuerpo entero", concluía.

Dio vueltas toda la semana en medio de las más intrincadas dudas. ¿Sería una broma? ¿Cuántos años tendría el caballero? ¿Cómo saber si para él valdría oro su persona? Y al fin, ¿qué tal sería? Porque también era cierto que podía tratarse de un deforme o un enfermo en busca de lo que por otra vía le era inalcanzable.

Dada a éstas y otras mil preguntas, la encontró el domingo siguiente.

Aunque se había dormido tarde la noche anterior, la mañana comenzó temprano y agitada. Vaya a saber por qué razón su padre se había abocado antes que ella a la lectura del diario, y en cuanto le reclamó los clasificados aprovechó para una de sus tan despreciables ironías. "¿Quién va a necesitar un parásito como vos? Dejáte de joder y terminála con el arte si querés laburar en algo que te permita ganar guita", le preguntó y le recomendó antes de concluir con un broche de oro: "Pensándolo mejor, podrías sacarte esos anteojos y ese hábito que te ponés siempre, a ver si alguien te mira el culo, te engancha y hasta se casa con vos. A veces los hombres por un buen trasero somos capaces de mantener a una mina. Mirame a mí, sólo empecé a engañar a tu madre cuando se le cayó la estantería y necesité carne joven...". Iba a seguir pero a Jose el odio le encendió la mirada y la boca para responder con la escasa fuerza que su inseguridad le permitía: "¡Te odio, nunca sabrás cuánto..!".

Luego de almorzar, Josefina encontró el diario sobre el sillón donde su padre lo había abandonado para continuar el letargo del domingo en la cancha, o en un partido de bochas con sus amigos.

Allí, en el mismo sitio de la semana anterior, volvía a aparecer el aviso. Idéntico mensaje, pero, a más de la dirección, ahora se agregaba un conmovedor ruego: "Escribíme, por favor". Le sonó a pedido de auxilio.

Sólo respondiendo develaría el misterio. Y no le costó hacerlo, estaba acostumbrada a expresarse por escrito. Era parte de eso que su padre llamaba "fracaso" y tal vez por esa razón ella se empeñara más en ejercitarlo.

 

Estimado y misterioso desconocido:

Muchas son las razones que me mueven a esta carta. En primer lugar, la curiosidad. No puedo evitarlo aunque sea una característica femenina detestable para la mayoría de los hombres. Sin embargo podría afirmar que de no ser por mi insaciable necesidad de saber, poco o nada conocería sobre el misterio del cosmos, las cotizaciones en Wall Street, la mitología griega, la egipcia y la insondable psicología del alma humana.

No me atrevo a suponer cuál es tu búsqueda porque tu aviso encierra varios aspectos desde los que merece ser analizado. Pero sí voy a contarte que me llamo Nuria Ramírez, me dedico a la música (soy concertista de violín) y en algunos ratos que le robo al instrumento y a la lectura, escribo, especialmente poemas. Durante los años que duró mi matrimonio, el hombre que me eligió como esposa me soportó, supe con el tiempo, porque mi figura era fuerte, tentadora. Mi pasión innata por todo lo hermoso embellecía también nuestros encuentros sexuales, con lo cual se hizo adicto a mi cuerpo. Cuando el tiempo transcurrió y la ley de gravedad no pasó por alto mi figura, él comenzó a alejarse hasta que finalmente cada fin de semana tenía un festín con alguna jovencita diferente. También mi pasión llegó hasta allí, y una noche, cuando colocó su llave en la cerradura, no pudo abrir.

Como soy intuitiva, deduzco por los símbolos con que das apenas algún dato tuyo, que tu edad es cercana a la mía, así que te envío mi foto tal como lo solicitás, de cuerpo entero. Verás, los años han hecho su labor, pero como también lo habrán hecho sobre vos, estarás aceptando que el tiempo pasa implacable.

Ah, olvidé contarte que tengo una hija de veinticinco años, encantadora pero con una personalidad algo tibia. La pobrecita, entre el despotismo de su padre y el torbellino de su madre, eligió la sumisión de vivir bajo su yugo y su crítica, tal vez porque le garantizan una comodidad presente que a mi lado no tendría. Últimamente discuten, según me cuenta Josefina (así se llama), y hasta ha llegado a manifestarle cuánto lo odia. Supongo que en cualquier momento despertará en ella el incendio que lleva agazapado (también es artista, pero escritora) y lo abandonará en pos de una vida mejor.

La segunda razón por la que te escribo es porque deseo contactarme con un hombre que valore las virtudes o condiciones que supongo tener y ya te anticipé. Deduzco que si acierto con tus años y la interpretación de tu aviso, tal vez ambos encontremos un tiempo todavía posible.

Si en todo caso fueras un joven en busca de aventuras o simplemente estás gastando bromas a ingenuas como yo, olvidá responder. Preferiré creer que el correo funciona mal.

A la espera de tu respuesta, te saludo con el afecto que espero algún día sentir. Tuya. NURIA.

 

Por primera vez en su vida Josefina Castellanos se animó a mentir en busca de un misterio. Era curiosa pero no al punto de revelar su identidad. Colocó en un sobre la foto de su madre, majestuosa, con esa belleza contundente que despliegan las mujeres maduras, orgullosas de sí mismas. Cerró el sobre sin olvidar que el remitente también sería falso. Ya lo había combinado con Catalina, su amiga del alma.

 

En la oficina de correos, un hombre abre su casilla y se alegra porque al fin recibe una carta que no tiene apariencia de factura. Sólo se acuerdan de él los acreedores, en los últimos tiempos.

Con ansiedad, rompe el sobre, mira la foto y, estupefacto, no evita leer la carta.

Joaquín Castellanos, el hombre mundano, sólo sensible para seducir mujeres ajenas, a los cincuenta y cuatro años sabe que jamás volverá a recibir correspondencia personal. Aun más, está al borde de perder a su última víctima, ésa que hasta ayer le permitió vivir convencido de que el tiempo se había congelado.


       

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Creada el 20 de mayo de 1996 • Próxima edición: 7 de junio de 2004 • Circula el primer y tercer lunes de cada mes