Como una niña especial,
Ana quiere aprender,
comprender
el libro apretado,
hermético,
difuso.
Libro líquido,
quemante,
como cascada de acero,
como círculo cerrado
carente
de brazos
o de abrazos.
Corrientes subterráneas,
invisibles arrastran.
Afluencia,
confluencia de vínculos que investiga transportando sus miedos,
como barquito de papel,
su muchísimo miedo.
Y ante el torbellino
tiembla.
Se mantiene en estado de vacío,
de no sé,
des creo
des espero
des resisto
desertora de ella misma
guarda un mapa borroso del pasado
y otro en blanco,
una señal revuelta en días siguientes,
un retrato seccionado
de ella misma,
flechas varias con dirección a ni acasos ni fracasos.
La condenada marcha ciega hacia la muerte,
¿llegará al final con alma?
Se embaraza con papel y palabra repetida,
huele a tinta vieja,
a márgenes exactos,
a detrás de las ventanas con extremos.
Quiere acabar con la oxidada,
engendro condenado a la sumisión,
al duelo reprimido,
parirse niña de ojos nuevos,
darse forma,
formación
sin fallas
y puja,
clava uñas en palma abandonada,
grita,
grita gritos centenarios,
aullidos de perra encarcelada.
Pero,
¿dar a luz apagará el estremecimiento de vientre hueco e incierto?
La condenada se pregunta:
—¿Dónde andará mi rostro, el
mismo que
observó el espanto, el desalojo?
—Sabés,
responde Ana,
quizás ande a cielo abierto
licuado con el mío;
quizás llevemos máscaras de risa
para alentar a otras Anas
posteriores,
transgresoras,
condenadas,
para no asustarlas de esta vida,
para que no arranquen sus ojos en
todas las mañanas...
Porque los días se nos mueren
como engendros
del hambre,
la sonrisa es casi
dos labios
sedientos
Y...
¿De qué sirve entonces
llevar puesta la cara?
Todos hablan de un estado de madera incorruptible,
tronco y rama de quebracho,
todos hablan
y el que puede clava sus gubias filosas,
voraces,
caníbales,
sólo dejan
esta cáscara hueca de país tambaleándose,
desgranándose,
un apetito animal devora el corazón de la esperanza.
Desorientada,
desoccidentada,
desuniversada,
se miente un final de hadas
y sueña con fuerzas frescas,
la condenada.
La condenada no sabe de poesía social,
de modelos económicos,
de realidad,
crisis,
fraudes,
no aprende ni se cuelga del vaivén o movimientos de la bolsa,
no sabe del Fondo Monetario,
del default,
ignora vocablos extranjeros.
Acurrucada en una espina de su celda
insulta al poder,
odia la tiranía, no al hombre, pero...
¿existe la injusticia sin el hombre?,
se pregunta.
Temblor de algodón bajo el acero,
ella,
Ana pelo con pájaros,
Ana, la condenada, se hace en el poema,
se escurre en zona sin consumir por las contiendas,
se envuelve en papel de sangre seca
reciclado con sollozos
o retazos de abstinencia,
se adorna con moño,
con nudos hechos de venas del propio corazón.
La condenada es una poesía leve,
comprometida
nada más
con sentencia de tapiales.
Es tarde,
no ha limpiado las migas del almuerzo
ni errores cometidos
ni desperdicios varios.
La tarde es una vieja sorda,
marcha en silla de ruedas abolladas,
es la tarde de
muy tarde.
¿Y cuánto rodarán todavía las horas sobre su nombre extraño?,
Ana, la condenada,
estructura rebelde.
Ana, alas de mosca con capricho de cielo,
Ana de madera en cruz,
de limonero estéril.
Huella de pez sediento.
Rastro de gorrión descalzo.
Ana, de la escritura frágil
de la condena fuerte.
Un libro de Juana de Asbaje adormece a la condenada,
pierde sentido de rotación el mundo,
caen desorientados cuerpos sobre cuerpos,
estática liberada,
apariencias desconocidas cobran poderío.
Un verso de Sor Juana se le entierra en el pecho,
la hurga,
la sacude,
arroja sobre sus ojos entrecerrados
paradigmas, encrucijadas.
Tres esquinas de luz la fuerzan a deslizarse
por el hueco más estrecho de la fe,
considerar devociones, razones, atropellos,
oír con cautela las antiguas voces,
sagradas voces,
sabias voces...
La condenada no entiende,
su incógnita es una esencia sin soportes...
Regresa desconsolada a la noche de la cruz,
noche de todas sus noches.
Lee a Teillier,
fugaz conexión de letras,
traslación, asociación en la memoria.
Una imagen atascada en su guarida reclama poesía,
no puede escribirla, es cierto,
nunca pudo,
apenas una descarga arrastrando hojas muertas,
regresándola al camino absurdo
de intentos abollados,
de versos inconclusos.
Es cierto,
se lo han dicho,
las palabras no son nada,
apenas procuran débiles bocetos,
proyecciones y fracasos,
apenas despabilan la nostalgia,
el reclamo de un milagro
que no ha sido,
que jamás ha de ser
en este cautiverio
y desamparo.
Lo malo es que la palabra significa, Rilke,
dice la condenada
como si hablara con su vecina.
La palabra significa,
uno no puede usarla así como si nada,
hay que sostener un continente,
una certeza,
una fundición de mente y alma;
hay que subirse al embrollo con el ojo abismal,
exhaustivo,
minucioso y
desde ese lugar lanzar el grito.
Lo malo es que la palabra significa,
Rilke,
uno
a veces,
desde adentro de las rejas invasoras,
aturde a la poesía con miserias cotidianas
y pretende torpemente enlazar lo inalcanzable.
La condenada
empuña su visión de frontera abierta,
mientras anda la avenida de las grietas.
Hacia atrás,
superficies de adoquín,
arenas movedizas.
Intenta conectarse con la zona del asombro,
habitar otra orilla
horizontal
y blanca.
Pero
vuelve
húmeda la mirada
hacia el pozo de viejas realidades,
deja huellas del empeño
antes de marcar la pisada.
La condenada se dice
y se repite
que en el amplio territorio de los sueños
cabe íntegra su alma,
pero,
¿en qué punto del tiempo se unen las tajadas de uno
mismo?
A veces
siente el peso del pensar más tarde,
entonces
pone freno a la amplitud de la mirada,
se engaña,
juega con lo intrascendente de los objetos,
dice que el valor debiera estar en la despensa,
la fortaleza en los estantes,
la confianza en un tarro taponado,
clausurado,
rotulado: NO TOCAR, inocencia congelada.
A veces, ella le sonríe a la materia
prefiere abreviar el infinito
en un vaso barato
descartable.
Urgente necesita
un ojo de sapo debajo de la almohada,
un murciélago,
un espectro,
siete conjuros eficaces contra satán,
algún rito sacro,
algún rito inquebrantable,
un exorcismo,
algo/
rápido/
ya/
algo/
un poco/
cualquier cosa que alivie esta sentencia de privación y abandono,
esta sentencia colgada,
salpicada,
estrepitada en cada una de las excesivas mitades de ella misma.
De la suerte de los dioses es profana,
se levanta sola,
terca,
de su sitio chato,
se levanta a golpe de mirada,
a filo de poemas.
La historia universal
es otra cosa,
no discrepa buscando la palabra,
no erige el silencio como escudo,
no contempla el pánico de dormir temblando bajo el mundo,
la historia universal
es otra historia y la condenada
va al revés,
desparramada,
como un mamarracho gris, no concluido.
Una imagen nula, separada en partes
hechas para el olvido.
Una vez fue niña de brazos con hiedra,
de mirada verde,
cabía en un árbol,
en una semilla.
Con cien pies feroces
recorrió el verano,
fabricó su nido de gorrión, muy alto,
practicó la astucia de soltar los ojos,
derramar mirada sobre embrujo y cielo.
Ay, también fue joven, de pelo con pájaros,
peluca de alondras, ay,
joven, libre, torpe como todo joven
hizo con su tiempo risas, campanarios,
y miles de rayas se pintó en la piel...
escuchó a Piazzola,
trepó a las ternuras,
quiso tanto a un hombre,
piantao lo quiso
y bailó y voló
y voló y voló,
lo quiso piantao,
loca, loca, loca.
Corrió en las cornisas...
y cayó la joven, se estrelló la niña,
Ana, pies de golpes,
peluca sin vuelos,
gorrión detenido,
intenta locuras, trágicas locuras,
pero no reviven espejos,
reflejos,
venganza del tiempo,
éste que anochece en penumbras largas,
condena sin causa,
condena sin juicio,
en su celda encierra,
Ana, la rebelde, en su celda entierra poema y trombón.