Letralia, Tierra de Letras
Año IX • Nº 110
26 de julio de 2004
Cagua, Venezuela

Depósito Legal:
pp199602AR26
ISSN: 1856-7983

La revista de los escritores hispanoamericanos en Internet
Letras
La niebla
Daniela Ivonne Gregorio Neria

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De aquí y hasta un poco más allá no se ve nada. No se logra ver lo mismo que acá. Yo pienso: Es cierto que el cielo ya tocó tierra. En seguida me entra el sentimiento de querer ver la tierra, ésta que no es la mía. Hemos venido caminando desde más antes. Si no fuera por la niebla, vería muy bien mis pies. Mas al rato, para cuando oscurezca, ya no podré siquiera ver la niebla, pues la linterna apenas si logrará alumbrarme los pasos. No sé cuántos vienen detrás mío. De por sí como que ya me olvidé de cómo contar, y es que ya hace mucho que aprendí. No sé cuántos vienen detrás de mis pasos. Ahora ya no siento al frío. Camino sin voltear a verlos, pues eso me dijeron: No voltees, síguete derecho. Yo sólo camino, no me fijo ya en qué camino agarrar. Sigo queriendo ver la tierra; entonces oigo otra vez su rechinido de dientes de Cándido. Cándido ha mudado ya algunos dientes, por eso no es tanto el ruido como el que hace Reinaldo, que intenta hablar con toda esa boruca dentro, que no deja que le oiga bien lo que dice. Mis otros hijos no vienen. No los busco ni con la mirada. Si lo hiciera, entonces buena cuenta me diera de que más allá no hay nada más; y es que la niebla nos acorta mucho el camino y la vista. Nada más oigo voces. Me dicen que siga. Y yo sigo, sin decir nada. Para cuando lleguemos, nuestros pies sentirán que siguen andando en ese pedazo de cielo que cayó con el aguacero que hizo que el río se desparramara. Por eso nos vamos. Allá ya no nos queda nada, ni animales ni maíz ni casa. Cándido ya no hace ese ruido con los dientes. Las pisadas no se oyen. Reinaldo me dice que ha visto ya sus pies. Me detengo. Es cierto. También se logra ver el lodo con la poca luz del amanecer. Hacía rato que había dejado de ver al suelo porque le venía inventando muchos rumbos y nada más tropezaba con mis propios pasos. Por eso miraba al frente. Pero ahora veo los pies descalzos de Cándido y de Reinaldo. Cándido me dice que ya no tiene frío. Eso de por sí también es cierto. Ellos y otros más se sientan en el lodo que está un poco más seco. Reinaldo me hace un gesto. No entiendo. Entonces me dice: Baje ya al becerro. Me olvidé del becerro que se ahogó y que todavía traigo de carga, pero que igual me lo traje por si no he de encontrar algo para mis hijos y los otros niños que detrás nuestro vienen. Yo los veo a todos; están todos los niños. Han de ser como veinte. Los padres me dijeron que los llevara conmigo; ninguno quiso acompañarnos porque quisieron quedarse para ver si se había de salvar alguna gallina o algún costal lleno de frijol. Dijeron que habían de seguir nuestras huellas. Pero por allá la niebla no deja ver nada. No alcanzo a ver a mis otros hijos. La niebla no deja ver nada. No sé si llegarán junto con los hombres y las mujeres que quedaron atrás desde hace tanto. Pero sé que nos alcanzarán. Y para cuando lleguemos, nos prestarán una casa en donde entre la noche, pero no la niebla. Encenderé la vela para buscar con la mirada a mis otros hijos. Mientras lleguemos, quiero ver la tierra, ésta que no es la nuestra.


       

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Creada el 20 de mayo de 1996 • Próxima edición: 2 de agosto de 2004 • Circula el primer y tercer lunes de cada mes