De aquí y hasta un poco más allá no se ve nada. No se logra ver lo mismo que acá. Yo pienso: Es cierto
que el cielo ya tocó tierra. En seguida me entra el sentimiento de querer ver la tierra, ésta que no es la
mía. Hemos venido caminando desde más antes. Si no fuera por la niebla, vería muy bien mis pies. Mas al
rato, para cuando oscurezca, ya no podré siquiera ver la niebla, pues la linterna apenas si logrará
alumbrarme los pasos. No sé cuántos vienen detrás mío. De por sí como que ya me olvidé de cómo contar,
y es que ya hace mucho que aprendí. No sé cuántos vienen detrás de mis pasos. Ahora ya no siento al frío.
Camino sin voltear a verlos, pues eso me dijeron: No voltees, síguete derecho. Yo sólo camino, no me fijo ya
en qué camino agarrar. Sigo queriendo ver la tierra; entonces oigo otra vez su rechinido de dientes de
Cándido. Cándido ha mudado ya algunos dientes, por eso no es tanto el ruido como el que hace Reinaldo, que
intenta hablar con toda esa boruca dentro, que no deja que le oiga bien lo que dice. Mis otros hijos no
vienen. No los busco ni con la mirada. Si lo hiciera, entonces buena cuenta me diera de que más allá no hay
nada más; y es que la niebla nos acorta mucho el camino y la vista. Nada más oigo voces. Me dicen que siga.
Y yo sigo, sin decir nada. Para cuando lleguemos, nuestros pies sentirán que siguen andando en ese pedazo de
cielo que cayó con el aguacero que hizo que el río se desparramara. Por eso nos vamos. Allá ya no nos queda
nada, ni animales ni maíz ni casa. Cándido ya no hace ese ruido con los dientes. Las pisadas no se oyen.
Reinaldo me dice que ha visto ya sus pies. Me detengo. Es cierto. También se logra ver el lodo con la poca
luz del amanecer. Hacía rato que había dejado de ver al suelo porque le venía inventando muchos rumbos y
nada más tropezaba con mis propios pasos. Por eso miraba al frente. Pero ahora veo los pies descalzos de
Cándido y de Reinaldo. Cándido me dice que ya no tiene frío. Eso de por sí también es cierto. Ellos y
otros más se sientan en el lodo que está un poco más seco. Reinaldo me hace un gesto. No entiendo. Entonces
me dice: Baje ya al becerro. Me olvidé del becerro que se ahogó y que todavía traigo de carga, pero que
igual me lo traje por si no he de encontrar algo para mis hijos y los otros niños que detrás nuestro vienen.
Yo los veo a todos; están todos los niños. Han de ser como veinte. Los padres me dijeron que los llevara
conmigo; ninguno quiso acompañarnos porque quisieron quedarse para ver si se había de salvar alguna gallina
o algún costal lleno de frijol. Dijeron que habían de seguir nuestras huellas. Pero por allá la niebla no
deja ver nada. No alcanzo a ver a mis otros hijos. La niebla no deja ver nada. No sé si llegarán junto con
los hombres y las mujeres que quedaron atrás desde hace tanto. Pero sé que nos alcanzarán. Y para cuando
lleguemos, nos prestarán una casa en donde entre la noche, pero no la niebla. Encenderé la vela para buscar
con la mirada a mis otros hijos. Mientras lleguemos, quiero ver la tierra, ésta que no es la nuestra.