A las víctimas de esas excesivas casualidades
y sinrazones de la vida...
Y a Miriam.
Yo estaba a poco menos de tres kilómetros. Y tenía casi siete meses. Dormía en una cuna ajena, porque
todavía no habías conseguido devolver el préstamo al que habías recurrido tras la trágica ausencia de
aquel rostro de papá. Y mientras dormía, lo recuerdo, de repente estalló por los aires el mundo.
Milésimas de pedacitos de hierro salieron disparados hasta el techo del túnel, nadie gimió, todos
enmudecieron. Aquellos segmentos se quedaron flotando en suspiros dispersos y formaron círculos
concéntricos, congelaron su temperatura y se fugaron rumbo a la luna. Me han dicho que tu cuerpo también
se esparció aquel día por los laberintos abarrotados y las eternas escaleras que emergen a la ciudad, que
alguien oyó un estrépito de notas en llamas, que de ti sólo encontraron el arco y tus pechos de donde
todavía brotaba leche caliente y que hubo quien se apiadó de mí y anduvo recogiéndola para amamantar mi
último llanto. Me han contado muchas cosas acerca de aquella mañana, las ocho y cuarenta, un viernes,
entre una estación y otra, en el instante en que dirigías con tu mano la melodía de todos los bostezos
ásperos de la última jornada. Acababas de subir, eso no me lo han contado, pero yo lo sé, porque habías
corrido como siempre para alcanzar desde la escalera la cabeza del tren, y aunque te habías perfumado desde
mi sueño, yo fui capaz de seguir el rastro de tu fragancia umbilical. Habías desayunado rápidamente y
dejaste sobre la mesa media rebanada de pan con mermelada de arándanos y me untaste la mejilla con palabras
llenas de mantequilla. Y una taza de té con un precinto de carmín. En la calle, clavaste tus zapatos en la
nieve y tus huellas parece que no quisieron esfumarse hasta convencerse de tu inexistencia, y yo aún tuve
el tiempo suficiente de eternizar en ellas tu cuerpo de aire, tus senos y tu hombro con aroma a arce. Luego,
me prometo a mí mismo, tú volverás con todos los inviernos, cuando yo cincele tu golem con piedra, con
mármol, con granito y sobre todo con barro y con trapo. Vendrás para que yo infunda un hálito cálido a
través del alma de tu violín esculpido sobre tu pecho, vendrás y se escanciarán tus vibraciones hasta el
fondo de las esculturas, y contigo vendrán las imágenes de tus imprevistos compañeros de viaje,
abarrotados de la armonía que les negó la vida. Ahora, es cierto, millones de personas acuden a mis
exposiciones y me ruegan con los ojos entrecerrados que les cuente mi secreto, pero yo me quedo estático y
dejo que busquen la respuesta por sí mismos. Incluso el tipo aquel que aparecía en la pantalla dando el
pésame y arrojando amenazas contra las manos del comando asesino de la venganza. El mismo comando que
retuvo a cientos de personas y entre ellas a mi padre en aquel teatro de la muerte (el esperpéntico azar de
la realidad siempre superando a la ficción), y del cual salió henchido de ocultos gases y sin alma alguna
para sustentarle el cuerpo; el mismo comando que bastantes meses después se compadeció de ti al oírte
sollozar noche tras noche, gritando su nombre por encima de tu vientre en donde yo iba absorbiendo las
lágrimas de tu placenta. O al menos, yo así recuerdo tu muerte: una red de casualidades para reunirte con
él. Aunque de nuevo hubo otro error y se olvidaron de mí. Porque yo me quedé aquí y no lloraba. Nunca.
Mi abuela, que nunca me perdonó que yo te sobreviviera, se empeñó en intentarlo de todas las formas
posibles. Me abría la ventana en plena nevisca, me arañaba, me sumergía en las profundidades de la
bañera, arrojaba la leche del biberón por el retrete, me pellizcaba y retorcía las nalgas... pero yo
nunca soltaba un gemido ni una sola lágrima. Por toda respuesta balbuceaba la sílaba mágica con que tú y
yo comunicábamos por aquel entonces. Además, te lo juré aquel mismo día, mientras tus átomos se
descomponían y se diseminaban en la ráfaga del tiempo. No llores, sobre todo no llores. Me lo habías
dicho antes de salir con tu sonrisa de confitura, con la prisa de los viernes y la esperanza del reposo del
fin de semana ya adherida en los talones. Saliste y te vi atravesar la calle, gritarle al conductor que te
había ignorado el verde peatón, te apartaste el pelo de la frente y soltaste aquel vaho de genios blancos
que a mí tanto me sorprendía, mientras te movías en dirección a la boca del lobo y tus caderas
ejecutaban el concierto para violín en mi mayor de Bach. Porque toda tu tristeza de los últimos meses se
desvanecía en la alegría de tu cuello tenso, de tus párpados arrastrándose hacia el arco de tu brazo
rígido, tu contorno erguido al trasluz de la mañana. Veo tu silueta y la puerta acaba de cerrarse y hay un
golpe seco y resuena todavía en los altavoces el nombre de la próxima parada que nunca llegará. Pero hay
más, mucho más que tal vez nadie sepa... porque los supervivientes olvidan para no sentir la muerte. Hay
una intuición repentina, una mirada de rebaño que se desboca entre apretujones de viernes hasta una
maleta, un bulto enorme y unos ojos fugaces que comparecen para cobrar una factura de almas perdidas. Un
solo segundo y tú tienes tiempo de agarrarte con fuerza al violín, de apretarlo contra la solidez cuajada
de tus pechos. Y de repente Bach está ahí sentado frente a ti, intentando explicarte el secreto de cómo
adaptar para un solo violín la fuga a varias voces, asomando su potente nariz entre abrigos y bolsos con
guantes, haciéndose un hueco para asomarse e instruirte con su mano. Durante ese mismo segundo el hombre de
la maleta transpira de una forma brutal, tanto que alguien le pasa un pañuelo por la cara. Bach detiene con
sus dedos el tiempo y son cientos los rostros que se vuelven hacia ti, que te acarician el pelo y los
hombros y que te ruegan que interpretes la alegría del concierto para violín en mi mayor, mientras en un
único segundo el vagón se va comprimiendo con más y más cuerpos. Son ellos, tú lo sabes de repente,
sabes que son hombres y mujeres del lado de allá, algunos demasiado jóvenes para haber sido ya torturados
y maltratados, demasiado jóvenes ellas para haber sido ya violadas y quebrantadas, con la consternación y
el desconsuelo de las redadas militares, en sus propias casas o en las fronteras, en los campos de
refugiados y en tierras vecinas donde el terror les seguirá acosando de por vida; demasiado pronto para no
entender por qué nosotros en este círculo vicioso, arrinconados y desacertados en el viernes de la muerte,
cuando de lo que se trata en el lado de aquí es de desdeñar los rumores, hay tanto que trabajar de lunes a
domingo, desde el alba hasta la cena, hay tanto todavía que resolver, las compras en el mercado donde el
pollo es más barato porque lo importan de China, los zapatos para la boda de mi hermana, el regalo de
cumpleaños para Katia, el deuvedé y las películas para el fin de semana... Los rumores corren, pero es
imposible, nuestro ejército es pobre, nuestros chicos son enviados allá y vuelven destrozados, es
inverosímil, son ellos quienes no supieron aprovechar su independencia, porque nosotros se la dimos y ellos
nos lo agradecieron sublevándose con las armas de los restos de nuestro imperio, me dice usted algo de
mujeres y niños desaparecidos, eso es inverosímil, o será que encubren a los rebeldes, sí, he dicho los
rebeldes... nuestro ejército no haría jamás algo así o es que usted no sabe lo que tuvimos que sufrir
durante la segunda guerra mundial o es que no sabe nada de la valentía de nuestros héroes, mire, estamos
cansados, ya basta de este tema, prefiero no hablar, qué le puedo decir, que nos matan a la vuelta de una
esquina y lo que hacemos es trabajar y trabajar en oficinas y estamos reventados y lo demás no me lo creo,
entiende, no me lo creo... Escuchas sus monólogos y entiendes que los que van a morir hablan consigo mismos
dirigiéndose a un dios ya demasiado inexistente, ellos que no saben que ya están muertos y que miran a los
que ya agonizaron; tú lo comprendes a través de sus ojos, son miles las voces de mujeres y niñas que en
ese instante despiertan en tu violín, vulneradas, atormentadas y arrojadas a vertederos, son cientos, pero
tienen rostros y cada cuerpo huele diferente y ha sido abrazado y ha tenido miedo o la ilusión de
levantarse y respirar, de acariciar a sus amados y de sentir los latidos de la vida en su vientre. Pero en
el metro todos duermen o se tapan los oídos, porque hay tanto que organizar para el fin de semana y menos
mal que ya es viernes, las ocho cuarenta, correr por los pasillos de la telaraña subterránea, seguir los
senderos del hormiguero y llegar al trabajo. Es viernes. Nadie quiere escuchar a Bach, el profundo dolor que
arrancas desde el arco, porque el concierto para violín en mí mayor se te ha ido descomponiendo y ahora
rasgas el alma de todos aquellos que van ocupando el vagón de la muerte, que en un simple segundo de
repente explosiona en ese instante mismo en que acabas de percibir a tu marido sentado junto a ti con su
guiño de siempre, protegiéndote con su abrazo y con unos pulmones que de nuevo exhalan dióxido de
carbono. Y yo estaba a poco menos de tres kilómetros. Y tenía casi siete meses. Dormía en mi cuna y supe
que nunca jamás lloraría para cumplir mi promesa, supe que con mis manos crearía de por vida cuerpos
ajenos, que les infundiría el alma perdida, el alma errante de los del lado de allá y de los del lado de
acá, de los sordos y de los mudos, de quienes no quisieron oír y de quienes no pudieron hablar, el alma de
cientos, de miles de pedacitos de carne que siempre ignora qué demonios hace su cuerpo ahí, a esa hora, en
un metro o en un teatro o en un concierto o en un control de civiles camino de Ingushetia, en eso que llaman
incursiones de limpieza, sí, lo recuerdo, lo dijo una de ellas, mientras le secaba el sudor de la frente al
hombre de la maleta y añadió una letanía de preguntas, por qué mi cuerpo aquí ahora, por qué yo, por
qué mi hija, por qué... Mientras, el tipo de la pantalla sigue alzando la voz contra el comando de la
venganza. Por qué ellos, siempre ellos, ahí, nunca en el preciso lugar, siempre ahí tras la pantalla, ya
tan desconocedores de las enmarañadas razones del conflicto... Y anochece y tú no vuelves y yo asomo mis
ojos a través de las barras de la cuna y pronuncio la sílaba mágica y Bach entra de puntillas en el
dormitorio y me tararea la melodía con que tanto te sonreía... Y me repite: no lo olvides, los de aquí y
los de allá siempre en el preciso instante. Y te veo de nuevo a ti cruzando el paso de peatones, tu
cabellera al aire, con el violín en la mano y los pechos llenos de leche, mientras en la exposición de
esta galería, en mi ya vieja composición de la Disipación de las Almas,
los visitantes cruzan El vagón de la muerte
y os ven a Bach y a ti intentando ejecutar una melodía para alegrar esos rostros estáticos demasiado
ultrajados y vejados en el lado de allá, los cabeceos del viernes y el estudiante que memoriza los
irregulares de inglés que ya nunca pronunciará. Todos en el lado de aquí y el hombre de la maleta
transpira y alguien le seca el sudor de la frente. Lo traspasan y tal vez no comprendan, no entiendan,
ignoren mi vómito de vida, porque todavía no se han hallado en el preciso instante; aunque tú siempre te
ocuparás de confundirlos y en el último segundo le arrancarás a tu violín una melodía y los visitantes
me mirarán consternados y me preguntarán con los ojos entornados cuál es el secreto de mis composiciones
humanas, se acercarán empapados de inquietud a mi cuerpo rígido, a mi último autorretrato de barro y
trapo, erigido frente al vagón, y me inquirirán año tras año por qué a veces intuyen a sus espaldas una
sonrisa destensándose, unas gotas de sudor corriendo, un ronquido de metro y hasta una melodía... ¿no era
Bach? Y acelerarán el paso y la prisa y me observarán de reojo antes de salir. Al atardecer cerrarán la
galería y nos quedaremos mudos, casi cercanos, tú en el segundo vagón, y yo frente a las puertas por
donde se fuga para siempre el eco de la próxima parada que nunca llegará... Milésimas de pedazos de
arcilla y tela rasgada, carne de trapo por los siglos de los siglos...
Moscú, febrero de 2004